domingo, 26 de abril de 2020

Hep Şiir Yazacak Değil Ya! | Odak Dergisi


Carta a Marcelo
                                                   
                                           San Nicolás, abril de 2015


                                 Te escribo esta carta en formato papel, a pesar de estar en épocas del Homo Digitalis, primero para no olvidar que, en el fondo, seguimos siendo un homo sapiens y segundo para recordar nuestra infancia y pre adolescencia de papel, tinta, correo y estampillas.

                               Hace tanto que no nos vemos. Sé que es difícil por el momento, pero cuesta creer que dejamos de encontrarnos como antes. El otro día encontré una foto absolutamente vetusta y risueña donde posábamos en el potrero de Salta y Morteo.  Los muchachos destruidos por un partido feroz, sin botines adidas ni camisetas conocidas. Vos al costado, enojado por el resultado. La foto quedó amarilla. Eran épocas de blanco y negro ya que las de color eran imposibles para el sueldo de mi viejo. Teníamos esa parada de campeones de potreros. Éramos de potreros. No se nos ocurría pensar en un césped sintético, ni de un gatorade para  hidratarnos. Corríamos al tapialito del kiosco de la esquina y nos prendíamos a la canilla. En ese mismo terreno, después de la leche y ver Piluso por canal 3 de Rosario y si la antena no se movía, salíamos a jugar a Combate. Te enojabas porque te elegíamos como un alemán y tenías que morir. Siempre los alemanes tenían que morir. Para no pelear, rotábamos los puestos. Y cada vez que te tocaba ser el Coronel…aparecía tu vieja por la calle de tierra con los brazos en la cintura, haciendo el efecto jarrón y te gritaba  marceeelooooo…!!! Y a vos que te gustaba el insulto fácil, salías morado de odio pateando tierra y soportando los rezongos de tu madre. El resto de las madres empezaban a los gritos y los silbidos de los viejos nos indicaban que era la triste, desagradable y tormentosa hora del baño.

                            Nadie se hacía el sota ni justificaba la tardanza porque no había señal o se había quedado el celular sin carga. Nadie osaba retobarse a los padres y jamás, por el motivo que fuese, se le faltaba el respeto a un adulto. Tal vez haya sido eso que nos perturbó. Te acordás cómo mirábamos a los viejos cuando nos hablaban?. Eran Dios!. Y así hacia arriba nos manejábamos igual. Siempre igual. Y eso que vos eras nuestro “Atila”. Te calentabas con una facilidad envidiable y siempre te echaban de la cancha por boca sucia y calentón. Te ibas, no sin antes bendecir a la abuela del que manejaba el silbato.

                   La vida, ese camino largo que se vuelve corto cuando menos lo esperás, nos fue separando. Esa trama intrincada y maravillosa nos mostró infinitas puertas por donde entramos como vaca pal matadero. Y así nos golpeamos tanto que en un instante, el ínfimo, el microinstante de la vida que notamos que teníamos bellos debajo de los brazos y barba y una fuerza iracunda entre toda la sangre revuelta pensamos, equivocadamente, que éramos hombres. Y salimos a ser hombres como pudimos.


  
                 El secundario me tomó por sorpresa. Los militares nos inundaron como  creciente del Paraná. Y nos separaron del todo. La vida, la primera novia, las decisiones fundamentales se fueron adentrando en nuestras vidas y se  borraron la sonrisa y la alegría del potrero.

               Mi viejo compró a crédito, como siempre, un televisor blanco y negro, de caja cuadrada, grande, con una base pesadísima  y un sistema intrincado de lámparas dentro de la caja. Era un Panasonic! Lo colocaron en una mesa de televisor con rueditas y se enchufó a una antena que era un cable negro, doble, con unos alambrecitos diminutos, que había que cuidar porque se pelaban fácilmente. Lo acomodaron en la cocina que era el centro de reunión familiar. Por supuesto que era el único en toda la casa. Veíamos “Feliz domingo”, los noticieros de Canal 3 y 5 de Rosario y mi vieja lloraba con “Rosa de Lejos”. Te acordás? Seguramente tu vieja haría lo mismo.

               Pero un día, al volver del colegio, mi vieja desesperada me contó a borbotones lo que había pasado. Íbamos a la guerra. Yo pensé que la pobre había perdido la razón con tanto Rosa de Lejos, pero no fue así.

             A partir de ese momento no nos despegábamos del Panasonic. Escuchamos tantas estupideces, de un pueblo que, ignorante de todo, pensaba que lo que se decía en la pantalla era absoluta verdad. Me comía las uñas pensando que llamarían a los nuevos reclutas. Y yo recién cumpliría los 17 en abril. Comíamos en silencio y con los ojos desorbitados en la pantalla. En cada comunicado del estado mayor conjunto se me paralizaba el corazón.  (Y pensar que fuiste, por lejos, mucho más valiente que yo!)

            En aquella época no había transmisión las 24 hs, asique teníamos que esperar hasta el mediodía para la información. Las radios repetían hasta el cansancio los mismos comunicados de la noche anterior. Y así fue como nos enteramos. Tristemente nos enteramos.

            Me di cuenta que la muerte podría acercarse a nosotros en cualquier momento y de diversas maneras. Te fuiste lejos. Muy lejos. En el fondo de los recuerdos  me vienen a la memoria el orgullo de tu madre en la verdulería de doña Jacinta cuando contó lo del Crucero. Te ibas de crucero y volverías hecho un Almirante!!.  Y retumbó en mi cabeza, el interminable insulto de niño cuando no te dejábamos ser el Coronel de la serie Combate.

             Querido amigo hace más de treinta años que recuerdo cada momento. Y que comienzo una carta como esta. En el fondo lamento haber sido un cobarde escondido detrás del Panasonic, rezando para que no me nombren, mientras vos manoteabas la vida en cada aguijón que te daba el agua helada del sur.


            Hoy. Como cada abril, volví a ver la foto amarilla. Cada vez más amarilla. Ulises con un  diente roto, Javi con el orgullo de ser el dueño de la pelota, Daniel con los rulos explotados, Ángel con la sonrisa de pícaro, el negro con la camiseta de boca, Marianito en el triciclo, yo con las patas de tero y las rodillas peladas. Vos, enojado como siempre, te apoyaste en el arco de paraíso de un potrero, que sólo quedó en la foto.

              Todos estamos vivos Marcelo. Escondiendo la cara. Vos en el mar de los héroes, lejos, muy lejos soñando una gorra de Almirante.



                                                                    A Marcelo Velázquez.
                                        Cadete del Crucero Gral. Belgrano
                                       Mi viejo vecino y amigo del potrero.

Recorrido de esta carta....

*El presente relato fue  escrito para un acto escolar en el colegio Laura Vicuña en abril de 2015
*Publicado en la antología de docentes nicoleños ADNIII.2016 Editorial ATHAL
*Se publicó  en la Sección Cultural del diario EL NORTE en abril de 2017
*El escritor tuvo contacto con los familiares de Marcelo ese mismo año que fue publicado. Vecinos que, por cuestiones del destino, se habían desencontrado por muchos años.
*Fue leído por en el programa "PARA ENCONTRARNOS" de la FM. 95.5 "La 5 de San Nicolás" por el Señor Locutor Rubén Yulió en abril de 2019.
*Este autor se sigue emocionando cada vez que la lee.
                                                                               

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