"El motivo es el poema"
Alberto GIRRI
Hola amigos abro este nuevo espacio en mi blog, que lleva como título la frase célebre de Alberto GIRRI, para darles a conocer mis poemas. Espero que sirvan para discutir la esencia de la poesía y tal vez generar espacios de debate-taller sobre lo que es o consideramos poesía.
De la Antología "ELLAS 2" Edit. ATHAL abril 2019 . San Nicolás Buenos Aires les dejo este poema.
La Señora de los
sueños
Ahora
en esta
hora inocente
yo y la que fui nos
sentamos
en el
umbral de mi mirada
Alejandra PIZARNIK
Lapidada estás entre los marcos
de fotos amarillas del cuartel
donde acunaste en misógino prontuario,
los gritos del 98, la huida del
55,
los dolores del 76 , las ausencias del 82.
Desde encajes baratos del turco
callejero
hasta el percal indomable en polleras de molde,
desde la psicodelia de Minujin hasta los caretas del under
la tediosa fajina de los cuerpos
calmó en regocijo de carne fresca
tu inquietud tras las puertas de
honorables baldaquinos,
tú, la promiscua,
atesoras secretos de aliados y rebeldes,
doctores, indigentes, sacerdotes y
maestros.
La señora de los cuerpos
La dueña de las almas,
quien regurgita cicatrices de esquina, la misma de siempre.
Donde la miseria
regala medias de red
y el perfume barato ahoga, en cada turno,
lo que dicen que sos.
Ignacio Villanueva
Esa palabra
Esa palabra
Hace mella en mi
vergüenza
Tu aquelarre, siempre
el mismo,
encierra en lo posible,
el hueco de sonidos
que zigzaguean en la
arena
que caen entre los cristales ,
que se agitan con el
golpe del yunque de Vulcano
que lamentan,
que estrangulan la
doliente mirada de un infierno visitado
mil veces.
Ese absurdo bullicio de
tu palabra
atrapante,
encarceladora,
humillante
goza, desde aquí, la
arrogante orgía de mi silencio.
Ignacio Villanueva
A Ramses.
Yo no tengo la edad que
tengo
Tengo muchos más años
en los meridianos de tu nombre y
en la boca sugerente de cada mañana
Tengo ancestrales gajos
de vida olvidados en los vórtices de Keops cuando se disgustó
con Micerino
Tengo aliterado en
capas de siemprevivas, aquel beso en el
jardín de tu inocencia
Y
Acurruco en las mesetas
de tu vientre
La suficiente algarabía
Para conceder la
entrega
No tengo cabellos de
hielo ni quejumbrosos ayes de viejos.
Sólo algunas miradas
grises que deambulan en silencio.
No quiero hablar de lo
que falta ni de las vendas que rozan mi cuerpo, no quiero ceder
un tramo de este
andar corcovado que mira las migajas porque se cansó de los cielos
Ni siquiera sostengo la
amargura
De verme en cuadros y
hojas sueltos como un faraón maltrecho por los cepillos y
escalpelos de truanes
de cualquier imperio
Yo quiero la vida que
me dieron aquellos que fueron
Y no la muerte en
sombras como olvidado por los vientos
Denme una sepultura de
aire que fluya en ríos polvorientos y una hogaza de vida
eterna para saber que no he muerto.
Ignacio Villanueva
Como un lapislázuli
He abierto los ojos
esta mañana.
Absorto, frente a mí,
una mirada de hombre
joven
bien parecido,
intuye
conocerme.
Giro en busca de
indicios
que remuevan mi modorra
de domingo
atolondrado de
insomnio.
Nada.
Nadie.
El hombre sigue allí
Estatua florentina
pálida de esperanza.
Sus pupilas
sonríen en rocío de
encuentro
y descubro el hoyuelo
típico de mi padre.
Es casi parecido
a mi padre
y a mi hijo.
Si es que tuviera hijos
Pero serían así.
Opaco vuelvo al catre
Donde habitan mis ayes
He abiertos los ojos
Y he visto un hombre
que me observa
Traje azul
Sonríe
Como lo hacía mi padre.
Monta una fogata el sol
en mi ventana
y la figura
azul
ya se ha ido.
Ignacio VILLANUEVA
Jazmines del bautismo
Observo caer el último de los círculos concéntricos
del jazmín,
deja su insolente
estela de blanco sobre la tardecita de otoño,
se deshace en la membrana
que cubre la piedra bautismal de la
mañana.
El bronce danza un salmo
desde el ángulo derecho del campanario
descascarado en pecados.
A las ocho, el bendecido,
el hijo de alguien
que ya no será el mismo,
serpentea entre los crisantemos
La misma leve sombra
Que huye en espera.
Ignacio VILLANUEVA
Umbra
Apenas
se desdibuja el poniente
Y
El
olvido cae,
Desde
lo opaco
De
tu nombre.
Ignacio VILLANUEVA
Madroños
en sepia
Una
canasta debajo de un árbol
Una
canasta sola
abandonada
espera
el retorno de amantes
atrevidos.
Los tilos
fuera
de compostura
cantan
una melódica bourrée
Lejos
una
rosa blanca
desfolla
el capullo
en
ardores estivales
y la canasta pierde su encanto
en invasión alegórica
de
una reina y sus obreras.
Ácaros, enhebran los sarcillos
y entre enaguas
desvanecidas de sol
corren
la noche desde el fondo
Ya
son otros
los
amantes
ya
son otros.
Ignacio VILLANUEVA
PIEDRA DESNUDA
Este viento,
enojo que viene del
Norte,
desnuda de agua la
cuenca
infértil.
Desesperados brillos
reducen el sol hasta la última gota
y las piedras del
fondo,
que todos desconocían,
saltan las orillas para
cubrir sus genitales
húmedos de antiguas
crecientes.
No hay agua
No hay río
No hay vida que
serpentee entre los surcos
donde antes ahogaba el
camalote su
danza de cisne
Las piedras desnudas
del fondo
huyen
en islotes de barro.
Lejos llora una
chicharra
en estertores, su ahogo
en humo
y la esperanza bañada
en salmos
de todos los
campanarios,
viene escondida en un
trueno.
Ignacio VILLANUEVA
Desde el Pacífico
Y acá estoy
con los versos de Pablo
cuando gritaba sacudiendo el Pacífico.
Y el vino
Y la locura
Y la incipiente maldad de sus tiranos
que lo ahogaban
en sangre andina
hasta que no quedaran
más que sus versos
y su luna negra
en la casa isla
Y aquí estoy rogando
desde la espera
que alguien escriba
plegarias
para calmar su amor
de amada en silencio
Mujer olvidada,
cenizas de amantes,
con oropeles de rangos
Hombre poema
Hombre palabra
Hombre cegado
por tristes versos
en una noche sin olvido.
Ignacio VILLANUEVA

Aunque el aire no alcance…
¿Cómo digo que te quiero
en este estado de mutismo
obligatorio?
Las voces mueren
en la tela,
y el murmullo de gorjeos
que quiso enamorarte
se detiene
en su trayecto
entre tus almendras dibujadas de ojos
y los abetos de la plaza,
donde contabas historias
de hospitales.
Y el aire que no llega…no alcanza.
Y las filas interminables de suspiros
Y de miedos
entre esta poesía que no puedo declamar
sin que los fuelles de Vulcano
aviven el vuelo
de colibríes negros,
aunque no lleguen
a los agapantos
y azucenas que estiran sus cuellos
y gritan sus deseos
de vida
con las bocas abiertas ¿Quién pudiera?
Entre el óxido de tu lágrima,
tal vez última,
en espera,
develo el insostenible
grito de este amordazado espanto:
decirte que te quiero a pesar de las telas
y los ahogos,
que exigen este tiempo mío.
Ignacio VILLANUEVA.
COMO LA CALESITA
Un ojo entre las ramas
agita el viento
y pasa esta vida mía
como calesita
aturdida
de esperanza .
Entre tangos de D´Arienzo,
Y una vuelta con
John Lennon
Y una vuelta con Carlitos Balá,
glorietas del pueblo
donde los infantes octogenarios
escuchan sus recuerdos ente frituras
de viejas grabaciones.
Y allí estabas
en medio del aguacero de llantos secos
de tantas arrugas saludando a tus nietos,
Y volví a mirar
entre incógnitas mudas,
entre caballos
descascarados
y el cisne amarillo donde paseábamos alguna tarde
de domingo,
con las risas perfumadas de promesas
Y quise preguntarte con mis negros ojos de siempre
¿Dónde quedó la que fuiste?
Y me respondiste
con tus idilios
verdes entre postizos que cortaban el
viento del este,
¡Donde dejaste olvidada tu palabra de siempre ¡
Giramos con nuestros nietos tantas rondas ajenas
como pudieron los reproches en miradas,
o hasta que Palito Ortega pidiera una pausa entre tanta
“Felicidad”
vestida de mentiras.
En la santa bruma
A la noche
cuando las
estrellas
nadan en los
charcos
nuestros padres
bajan a darnos
las buenas
noches,
para abrigarnos
en alcanfor
tibio
acunando
en “La”
menor
tres notas
sostenidas
en tintineo
de cascabeles
Y hacemos
bollitos de algodón
en sábanas
de nostalgias
Y
entre nuestras
arrugas
inesperadas de
los vientos
del este
se llevan
en andas
dolores del
alma.
Ignacio VILLANUEVA.
Con cierto toque sensual
Qué rara
costumbre
la de querer
sacar poesía del viento.
Y sacuden
sus melenas desgreñadas
y arquean
sus dorsales
exorcizando
al trueno
que jacta
desde lejos
su poder
previsor.
Deambulan
eróticas,
se golpean
se insultan
quiebran
cinturas
hasta que el
macho viento del Norte
las doblega
hasta el límite
y ellas
desesperadas
de amor
lloran locas
de deseo
su réquiem
en fa menor.
Se detiene
la vida,
pueblito
costeño,
rosarios
discurren murmullos entre arrugas
de zafra.
Lejos,
la catedral
de cañas grita, en tubos de chala
como un
órgano sin clavijas
muda
y abarrotada
de miedo,
el éxtasis
de un poema
robado al
infierno.
Llueve en
síncopa.
Goza la
serenidad lujurias contenidas.
La
naturaleza, ensortijada
en placeres
ancestrales,
nos ha dado
nuevamente
poesía.