UNA LARGA NOCHE DE INSOMNIO
Ignacio Villanueva
1
Ocho horas.
Como era de esperar aquella noche no podría dormir. Y en muchas ocasiones le sucedería lo mismo. Desde el debut como mujer de Francisco, las noches serían interminables, monótonas y peligrosas.
Había llegado el invierno y, como siempre, tendría que calentar el agua hasta el borde de la pava para completar las dos bolsas de agua caliente. Debía tener cuidado porque la maestra de Jeremías tuvo que pedir licencia cuando se destapó una de las bolsas y, en el Pirovano, la tuvieron veinte días en observaciones por las quemaduras de tercer grado en la pierna derecha. Al rojo crudo y espantoso dolor le siguieron las fulgurantes puntadas en la rodilla y la entrepierna. La gangrena se llevó la pierna de Emilce, una maestra joven que, a los dieciocho, había sido la reina de la primavera en Burzaco. Las peleas nocturnas con su marido, entonces, la llevaron a colocar las bolsas de agua caliente dentro de dos estuches que había hecho su madre. Así, segura y calentita, se disponía desde mayo a setiembre a observar, mudo testigo insomne, las horas de descanso de toda la familia, custodiándola en aquellos momentos de vulnerabilidad como granadero celoso, como patovica insobornable protegiendo al jefe. En fantasmal trance, deambulando, filosofando en silencios de corcheas y esperando la gracia divina del sueño.
A lo lejos un perro arañaba la luna con sus lamentos y las lechuzas cruzaban el parquecito del centro de manzana chistándolo para que haga silencio. Un grillo en la cocina desafinaba un do sostenido y la tapa del tanque golpeteaba con el viento. Todas las noches la misma cantinela. Tres meses con pastillas, ejercicios de respiración y yoga, no pudieron con el insomnio. Caminaba sonámbula cobijando sueños, controlaba las estufas, perillas de gas, apagando veladores de los hijos y , como todas las noches, miraba por el ventiluz. La calle aún sin grandes peligros, abandonada, libre. Creyó ver el viento juguetear por los cestos de basura de los vecinos y retorcerse en los tilos de la plazoleta. Una pareja caminaba despacio. Acurrucada en su hombre, ella despedía una leve sonrisita nerviosa. Nada los apuraba para tener, seguramente la madrugada más feliz de los últimos días. Debajo de la luz se detuvieron y, después de un largo beso, se miraron un buen rato. Murmuraban, tal vez, sueños. Los mismos que ella tuvo, hace muchos años, cuando conoció a Francisco Guzmán. En camisón de matelassé celeste y helada, retornó a la habitación. Entró, el pobre hombre dio un salto inesperado. Refunfuñó unos insultos acordes al momento y volvió al lugar innegociable de la cama. Se mantuvo quieta un buen rato, esperando que su hombre nuevamente volviera al acompasado resoplo de descanso. Giró hacia la izquierda y allí se detuvo unas cuantas horas.
El perfil raro de aquel hombre lo marcaba a manera de presentación. El rulo sobre el frontis caía desprolijo, igual que cuando bajó del ómnibus a los veinte años. El color tostado base la había enloquecido en su momento. Su nariz quebrada a la altura del puente, después del encuentro con Williams Heart, en Montevideo. Aquella fue una gran pelea. Había llorado de dolor en su platea, al escuchar los golpes sobre el ring. Nunca había presenciado una pelea de amateurs y ese encuentro la marcó para siempre. Quince días después del encuentro se casaron con alegría de todos y el llanto desesperado de don Alfredo, su padre.
En la oscuridad de la interminable noche, notó que su marido había engordado. La papada debajo del mentón se notaba, inclusive en la penumbra. Resoplaba como para una trompeta. Llevaba el compás entre aspiración y expiración, y amenizaba con algún gorjeo iracundo. Así todas las noches desde las diez hasta las seis de la mañana, cuando sonaba el despertador. Lo miró de cerca, como no lo había visto en más de veinticinco años. Los pequeños pelos que sobresalían de la nariz, la pelusa de la oreja derecha, suponiendo que sucedía lo mismo en la izquierda, los rulos castaños del pecho sin afeitar desde el último round, el estado de nervios constantes hasta cuando dormía, lo presentaban como un hombre al fin. Su espalda giró y la dejó absolutamente sola. Boca arriba pensó en las interminables noches de placer y dolor que había tenido con ese hombre, la necesidad imperiosa de otorgarle placer y descanso, el agobio de cada noche al llegar a la cama. El apetito matrimonial la había llevado a enfermarse varias veces en el mes para descansar de su acoso. El médico le había dicho que tal vez se debía a los complejos vitamínicos que tomaba para los encuentros de box, la actividad física que lo mantenía saludable, la obligación del encuentro en la cama o una genética beneficiosa para cualquier mujer, menos para ella. Después del segundo hijo, decidió operarse, sobre la pelea histérica y los agravios que perpetuó su marido a los cuatro costados de la casa. Tal vez fue eso lo que lo opacó. Tal vez el agobio del crédito, la caída del valor comercial de su negocio, el dolor físico que no ayudaba a mantenerse en los primeros puestos del score de los boxeadores, la vida; lo llevaron a no querer irrumpir más en los largos caminos del sexo y el amor que tanto agobiaban a su mujer. Al inicio fue saludable y luego de un tiempo preocupante. Lo miró nuevamente. Vio su espalda enorme, con varios trofeos de guerra en la piel y entró, en la oscuridad de la noche, en un terreno que no quería incursionar: pensar en un engaño.
Francisco había comenzado a llegar después de las diez, con la excusa del gimnasio. Ella había accedido porque entendía que un hombre atado a las polleras se rebelaría en cualquier momento. Lo dejó hacer. Lo midió en cada llegada tarde, su voz y sus ojos no le indicaban engaño. Lo conocía, aunque la tía Clarita, insistía en que no hay hombre fiel. No quería revisar sus pertenencias, no miraba su billetera, a ella no le faltaba nada. Una tarde abrió el placard y cayó, inesperadamente, una cinta rosada de la campera de cuero. Ella no usaba cintas y mucho menos rosa. Era un color que le provocaba idea de niñez estúpida. Recogió la cinta, hizo un ovillo y la guardó en el cajón de la cómoda. Esperó. Varios días esperó. Era una cinta de bebé, rosada y de seda. Alguien con alma de niña, aniñada, o…..¡un bebé! Al llegar Semana Santa, surgió la preocupación de tener que preguntar o moriría de dolor en el alma. Recordaba las noches de histeria en la cama, cuando pensaba en una hija con otra mujer, en la infidelidad. El dolor la penetraba desde la garganta hasta los pulmones, la presión alta y las jaquecas la tenían estúpida durante todo el día. Hablaron. No era su campera. Una confusión hizo que Francisco tomara la ropa del vestuario de su profesor de boxeo. Muchos años después siguió pensando en una estrategia de ambos, para zafar de aquel descuido. La acusación era grave y en ningún momento se miraron a la cara. Todo lo sellaron con una cena en una parrilla cerca de su casa y una noche de inescrupuloso sensualismo para que no le quedaran dudas que él era fiel. Francisco giró hacia la derecha y enfrentaron sus rostros en plena madrugada. Era su hombre aunque haya incursionado en otros lugares. Lo miró en silencio. Él respiraba su aliento de oso en la cara. Lo tenía tan cerca y tan alejado de sus necesidades. Nunca la había entendido. Sabía que no era preocupación de los hombres entender a sus esposas. Se lo había dicho en varias oportunidades, pero ella seguía en la dulce espera del reencuentro definitivo, de esa comunión necesaria entre la pareja, de esa dominación total que necesita toda mujer de saber o creer saber que ese hombre era sólo de ella.
Esther, en esta larga noche de insomnio, reflexionó sobre su pasado, y avisoró un futuro de estragos desde un presente insostenible, hasta que decidió acabar con el tedio: Debía eliminar a Francisco.
+Fe de erratas.: Donde dice " Don Almirón se acercó despacio hasta la vereda y habló con Francisco con vos de hombre" Debe decir "..y habló con voz de hombre".
2
La humilde Esther
Esther
Altolaguirre salió del edificio de la Escuela Normal de impecable delantal
blanco, como se acostumbraba en los 70. Ahogada con un cuello palomita y
zapatos negros con medias azules hasta las rodillas, caminó hacia la esquina y
esperó a su papá que la pasara a buscar en el Renault 12. Aunque era gris y con
problemas en el burro de arranque, ella amaba ese auto porque significaba el
avance social de sus padres. Alfredo era metalúrgico y Sofía, como
correspondía, ama de casa. La lucha y el sacrificio caracterizaron a esta
familia que vivía aún en una calle sin pavimento y con motor –bomba para el
agua del tanque. Esther era feliz. Su familia era feliz, con esa felicidad
sencilla y armoniosa de quienes saben sus limitaciones aunque se aspiraba, con
trabajo y dedicación, al bienestar de la niña. Cuando terminó el secundario, se
inscribió en el Magisterio, sueño de mamá Sofía, pero no de Esther. Para evitar
discusiones donde nunca las hubo, estudió magisterio con el denuedo y
responsabilidad que había mamado en su hogar.
Cuatro años después
ya estaba en una escuela de provincia. Salía a las cuatro de la mañana,
caminaba hasta la parada del 307 y esperaba a sus compañeras para viajar una
hora cuarenta minutos hasta la estación del tren, cincuenta minutos en un vagón
de segunda y luego, setecientos metros de pedregullo molido hasta llegar al
alambrado de la Escuela “Gregoria Matorras de San Martín”. Allí, en medio de la
humildad de los que no conocen ni siquiera qué es ser humilde, dictaba sus
clases de letras, números y geografía como si estuviera en La Sorbona. Tuvo que
desasnar a varios alumnos y familias que sostenían que la señora de la foto,
“Doña Gregoria Matorras”, era la fundadora de la Escuela y aseveraban que algunos la habían visto el día
de la inauguración. Calentaba el mate cocido cerca de las nueve de la mañana
antes que comenzaran a desmayarse de hambre, les cortaba el pan de ayer y,
guitarra en mano, les cantaba “La vestido celeste” de Pedro R. De Ciervi. Enseñaba,
cuidaba, educaba y amaba su trabajo como lo hacían las docentes de vocación,
aunque en su caso fuese por imposición familiar. Los primeros sueldos los
guardó en una libreta de ahorro del Banco de la Nación Argentina, compró unas
chucherías para la casa y el resto para vestirse y comprar revistas de moda. En
una de ellas encontró un reportaje a Monzón con Susana Giménez y soñó con esa
vida de fama, dinero y poder. No se hubiera imaginado que dos años después
vería bajar del 307 a un rubio con un rulo en medio de la frente, dientes de
nácar y espaldas para quedarse a dormir hasta la eternidad. Fue un flechazo. Se
encontraron de repente entre empujones y el típico envión que llevaba él cuando
debía tirarse del colectivo.
-¡Epa!- dijo e intentó evitar
atropellarla- Perdone- sostuvo luego y quedó sin aliento. El perfume de
violetas de Los Alpes, lo descolocó.
-No se haga problemas- respondió dulcemente, luego de ver cómo peligraba
su vida si esa mole de carne se le caía encima. Notó que su aliento era una mixtura
de agua de colonia y media hora en un colectivo porteño.
Ella subió al 307 y giró para volver a
mirarlo en la vereda. No lo encontró, él había vuelto a subir.
El día que lo presentó en
su casa, la madre retocó varias veces el maquillaje y Don Alfredo se encerró en
el galpón del fondo a llorar las desdichas de su niña. ¿Por qué no un obrero metalúrgico?¿Por qué no
un doctor, un empleado público o al menos un docente? Se lloraron las penas en
cada sobremesa de domingo, hasta que Esther, con sutil y amable voz, se hizo
escuchar.
Cuando el padre
salió del sanatorio luego del primer
susto cardiológico de la familia, ya estaban las tarjetas hechas, el turno en
el Registro Civil de la zona, la Capilla del Sagrado Corazón y la torta de
manos de la tía Clarita. La fiesta fue muy heterogénea, se presentaron los
padres, futuros consuegros, tíos, tías, sobrinos, cada familia aportó un tío
postizo solterón, que no pudieron juntar, y una abuela que dictaminó, con cara
de Domingo Faustino Sarmiento, que la niña sería infeliz.
A las doce de la
noche llegaron los amigos del novio. La mitad eran boxeadores y la otra una
especie in crecendo de seres humanos de difícil clasificación, jeans muy
ajustados, cabellos largos, uñas pintadas y dando grandes risotadas histéricas
cada vez que el tío solterón gritaba ¡Vivan los novios! Vals, fotos en fila y
separados en dos bandos familiares, regalos, torta, y despedida con los tradicionales
tarritos atados en el paragolpes trasero
del querido Renault 12 gris. Sofía lloró por su niña hecha mujer y con grandes alaridos le deseaba
felicidad en su vida matrimonial. Todo el barrio salió, como era de esperarse,
a la calle en varias oportunidades, cuando salió la novia para la iglesia,
cuando volvió a la casa y cuando se los
despidió para la Luna de Miel. Estaban todos, los invitados y los de ruleros y
camisetas, los que deseaban muchísima suerte y los de comentarios ácidos sobre
el apuro en la boda. Las cuatro viudas de la esquina sentenciaron que algo
pasaba. Nadie se casa sin un noviazgo legal de, al menos, tres años de visitas.
El apuro sería tema de conversación en las cuatro esquinas, hasta mucho tiempo
después de los casi veinte meses de casados, sin hijos.
Cerca de Lobos se descompuso el Renault 12 y
en medio de la madrugada nadie los auxilió. Él dispuso que no aguantaría hasta
Mar de Ajo y comenzaron la Luna de Miel en la banquina de la antigua ruta dos,
sin brindis y con mucho dolor.
Amaneció. Sentada
sobre la conservadora cuadrillé, donde los sándwich de milanesas flotaban en el
hielo derretido, con el rímel corrido hasta la comisura de los labios y en el
rayo del sol, Esther comenzó a darse cuenta que, la abuela, tendría razón.
Arreglaron el auto y
llegaron un día después al Hotel de los Metalúrgicos. Su padre había hecho
contactos con algunos compañeros para que trataran a su hija como una princesa.
Esther rogó al conserje que no alertara a su papá sobre lo sucedido, pidió
urgente un baño y se desmayó a llorar en absoluto silencio. A la mañana
siguiente desplegó el ajuar que habían preparado sus compañeras de la escuela y
comenzó la vida de casada, como si nada hubiera pasado. Fue desde ese momento
que ya no sintió nada, comenzó a ser cada día menos ella misma, miraba al resto
de los hombres con asco. No esperaba semejante agresión de su marido. Había
soñado con una noche de romance y sutil gozo y no aquella demencia animal que
se había desatado en Francisco. Lo desconocía. En realidad, no lo conocía.
Desde la imagen varonil y sensual que ella tenía de aquel muchacho rubio a las
necesidades de un hombre, había un abismo que Esther no había previsto. Sofía
comentaba, al pasar, las desdichas de mujeres que no estaban conformes con la
vida de casada, pero ella lo atribuyó a la idea de alejarla de Francisco y no a
lo que realmente quería adelantarle como madre. Aún no eran épocas de destape y
libertad para que, madre e hija hablaran,
sobre los “inconvenientes” sexuales que le depararía el destino. El respeto
absoluto y la vergüenza la inhibían para tratar algunos temas con su mamá.
Sofía venía de una época aún más dura. Era sumamente histérica y se dedicaba
con denuedo a la higiene personal y del hogar. Un ama de casa totalmente legal
no debía permitir la ausencia de pulcritud en su casa. Hablaba sin parar para
no decir nada y no se detenía en temas que no podría manejar. Sólo la Tía
Clarita, solterona y frustrada, pudo darle algunos datos a escondidas, pero no alcanzaron
los supuestos de todas las mujeres de la familia para superar lo de aquella
noche en la ruta. Un respeto absoluto
por su cuerpo la contrajo hasta las pantorrillas cuando el amigo de su padre la
abrazó efusivamente. El hombre la recordaba de aquellos años cuando la muchacha
venía con sus padres algún fin de semana al Hotel Altamira. Ella notó que ya no
daría más la mano a ningún hombre, salvo que fuese su padre. No soportaría el
roce en el tren, no aguantaría al tío Roberto que, solterón y todo, no dejaría
de ser hombre con olor a lobo en celos. Las próximas noches fueron un calvario.
Estaba destruida. Cada mañana escuchaba cantar a su marido en la ducha y se
retorcía en la cama de odio y dolor. No quería verlo, no lo soportaba más. El
explosivo ataque de ira se calmaba cuando Francisco cerraba el grifo de la
ducha. Él salía desnudo a la habitación y ella se tapaba con la robe de chambre
turquesa, que su tía Clarita había bordado con aves exóticas. Las risotadas de
su marido se escuchaban desde el pasillo y todos los observaban cuando bajaban
a desayunar. Él mostraba un apetito voraz, producto de su actividad nocturna,
ella un simple té con leche y una tostada sin untar. Él hablaba con la boca
llena y hacía chistes sobre boxeadores que alegraban las mañanas de los
semidormidos mieleros. Una noche empezó a dar gritos. Ella desesperada le
tapaba la boca con ambas manos y en el silencio se escuchaban gritos desde la
otra habitación. La mañana siguiente supo de la apuesta con un cordobés que
compartían la medianera en el hotel.
A los seis meses
Esther comenzó a preocuparse. No había señales de embarazo. Enloquecería si
tenía que decirle a su marido que no podría darle un hijo. Nunca supo si fueron
los ungüentos de las ancianas de la familia, las pastillas del médico o las
terribles noches con su marido, pero casi un año después del tratamiento
intensivo, estaba esperando un hijo. Fue la alegría de todos hasta que llegó el
momento de colocarle un nombre. Varias discusiones y golpes de mesa lograron un
acuerdo. Se llamaría Nicolino. Como en el Registro Civil no se lo permitieron
ni con amenazas de prender fuego el edificio, la criatura se llamó Rodolfo,
como soñaba Esther. El niño nació sin problemas, con impecables tres kilos y
con el alboroto de toda la familia y la frustración de las cuatro viudas de la
esquina. Lo bautizaron en la Capilla de Nuestra Señora de la Merced y los
padrinos fueron los tíos solterones de
la familia y ex boxeadores del gimnasio de Quilmes, donde Francisco se hizo famoso.
Después de tres meses se decidió que el chico necesitaba de la atención de su
madre. Esther, con dolor, dejó su cargo
de maestra.
Cuando Rodolfo empezó a
caminar, se anunció la llegada de Cecilia, una enfermiza niña que les daría
tremendos sacrificios, a la hora de estabilizarla, en sus ataques nocturnos de
asma. Francisco corría a lo de los suegros y en el Renault 12, entre gritos y
sacudones llegaban a la guardia del hospital zonal. Cecilia se atacaba en
cualquier momento, a cualquier hora y cuando se
le daba las santísimas ganas. Una curandera le dio un gel para que lo
colocara en pecho y espalda cada noche, el médico una sarta de remedios y la abuela Sofía los paños calientes
antes de dormir. Cecilia desplazó a Rodolfo que inesperadamente reinició sus
necesidades fisiológicas sin retención posible. Una mañana notaron que el niño
se retorcía en la cama a la hora de salir para la escuela. La consulta con el
médico dio como resultado otra cantidad
de medicamentos para sacar la ansiedad y los dolores estomacales del muchacho.
Cuando Rodolfo calmaba sus ataques de llanto, comenzaba Cecilia, agitada y con
ojos extraviados, a descompensar la poca calma que reinaba en la casa. Una
nochecita, entre mates y bizcochos caseros de la abuela, un repentino ataque
provocó la estampida de las mujeres, otra vez los ataques. Francisco los miró a
todos en cámara lenta, notó que los hijos se agarraban de la ropa para agitarse
más y decidió terminar con los ungüentos, las deudas en la farmacia, la tía y
la abuela. Los llevó al baño y después de una saludable tunda los niños se
curaron milagrosamente. Madre, abuela y tía chancleteaban en el ante-baño,
amenazando al hombre de la casa para que dejara de sacrificar a esas pobres
criaturas. Cada vez que osaban descomponerse el padre se aflojaba el cinto y
santo remedio, se terminaba la competencia para saber quién era mejor hijo. Esa
parte de Francisco adoraba Esther. Esa decisión imperiosa de solucionar las
cosas sin vueltas, ese ejercicio que es sabiamente aprendido en el box. Si tomas la decisión incorrecta estás en la
lona. La mirada de búfalo hirviente,
la palabra seca y el golpe sobre la mesa
bastaban para que, salvo el diálogo con el suegro, un abismo de silencio
y orden se establecía en las sobremesas.
Cada domingo, en ceremonia
reiterada, Francisco cedía la cabecera de la mesa del comedor a su suegro. Eso
le daba varios votos a favor y derretía a Esther. Era orden puro, sabio,
socialmente sabio. Eso quería Francisco para sus hijos: orden. Aún se
respetaban los roles y la desmesura dormitaba un sueño saludable hasta más allá
de los años noventa. Sólo cuando don
Alfredo decidió darle la batalla ganada a un infarto, Francisco volvió a ocupar
la cabecera todos los domingos. Fue allí también que sorprendió la idea de
colocar a su suegra a la derecha, de llamarla por su nombre y permitirle los
comentarios de suegra sin ningún tapujo. Más allá de las dificultades en su
crianza, Francisco sabía que quien lo crió hizo un buen trabajo de base social.
La ceremonia de preparación de la mesa, el momento de silencio necesario para
escuchar a los mayores, el sabor de los distintos platos, donde se notaba la
experiencia en manos de las mujeres mayores de la casa, y la sobremesa que
permitía conocer las precarias ideas
innovadoras de los jóvenes de la familia, sostenían una estructura ochentosa
que declinó en leve descenso hasta derrumbarse con el nuevo milenio.
Un sábado a la tarde, Esther notó que las
cuentas no le daban bien. Volvió al almanaque y pensó morir. Se había pasado
tres semanas. Escuela, comida, atenciones a la familia habían permitido un
olvido sin perdón. Los gritos de Francisco alborotaron hasta a los pájaros de
los vecinos. Llegaría en seis meses, Jeremías. Volvió a florecer el rudo
Francisco.
- ¡A mi mujer se le rompió el nudo!-
vociferó en la puerta del club.
Corrió hasta el
gimnasio casi vacío y abrazó al encargado con absoluto amor paternal.
- ¡Aún soy un hombre,
Anibal...¡Vamos carajo, soy un hombre!
Esa era la idea, en
definitiva. Se sentía nuevamente un macho. Adentrado en el saber masculino de
la época en la que se hizo hombre, un varón no era tal si no tenía una buena
descendencia. Sentía desde su esencia la enorme felicidad y paz social que
merece una familia de bien.
Esther, destruida y solitaria, bajó los
cobertores de las camas de la parte superior de los roperos, subió a las sillas
para limpiar las arañas con caireles, cargó el fuentón con ropa, arrastró el
lavarropa, innecesariamente, hasta el patio, llenó las bolsas en el mercado y
caminaba las cuatro cuadras sin respirar a la espera de un milagro, de un sangrado bautismal que le
diera una nueva razón para creer. Nada de ello sucedió. El embarazo estaba
sólido y el muchacho agarrado a la madre como una sanguijuela hambrienta. Quiso
hacerle juicio al médico que le había atado las trompas luego de Cecilia. No lo
encontró. Estaba de viaje y no volvería por tres meses. Quería apretarle el
cuello hasta que con el último álito le pidiera perdón y le devolviera la
plata, pero nada de eso sucedió. En
medio de un verano sofocante gritó Jeremías
su llanto ahogado en la sala de partos. Sano, sanísimo. Un toro, como lo
calificó la partera. Fuerte, con tres kilos ochocientos era el bebé más grande
de los tres hermanos y lo sería hasta que, algunos años después, el destino
infiel se lo llevara temprano.
Nada quedó de la bella
Esther. Con tres embarazos seguidos, las várices en un grito constante y
amamantando hasta el estrago disolvieron en el tiempo y la lucha, a aquella
jovencita grácil que corría por el andén para llegar a la escuela rural.
No era época de
arreglos ni gimnasios. Un ama de casa debía guardar recato y conservarse sólo
para su marido. Le brillaban los ojos cuando veía al maestro de Rodolfo, no
sólo por una cuestión de atracción sensual sino de permitirle, su imagen,
arropar el mejor de los recuerdos de su etapa como maestra. Rodolfo fue
sobresaliente en todas las actividades escolares y el maestro se lo hacía
saber. Esas cartitas de felicitaciones eran un orgullo para su madre, pero
también permitían conocer un poco más sobre ese hombre culto y de corte inglés
que dictaba clases de impecable guardapolvo blanco. Su sonrisa cristalina y sus
hoyuelos a cada lado de su cara, lo volvía irresistible para las madres que
llevaban y traían a sus hijos cada mañana. Se ruborizaba al saberse descubierta
por esa atracción y temía lo peor: que
Francisco notara algo al respecto. Cuando le entregó la libreta de
calificaciones, Esther rozó la mano aterciopelada del maestro de su hijo y
pensó desfallecer al percibir su perfume y honda sapiencia en el uso de las
palabras. Correcto, inteligente, culto, higiénico, alto y varios calificativos
perdidos en el sonsonete de la bocina del Renault 12 que, desde la vereda de
enfrente y en doble fila, mostraba a Francisco en musculosa fucsia, despeinado,
con el rulo en el frontis y achicando los ojos como midiendo la situación. El
maestro se despidió gentilmente de Rodolfo con un beso en la cabeza, un apretón
de mano y un saludo casual para Francisco que desde lejos, refunfuñó algo
parecido a un insulto.
El viaje de retorno
a casa fue accidentado, el 12 se volvió a romper y ella pudo observar a ese
otro hombre que azotaba las puertas del auto de su padre, golpeaba, insultaba
al cielo, se secaba el sudor con el borde inferior de la musculosa fucsia y la
miraba de reojo. Como siempre. Ese hombre rudo la había conquistado hacía tanto
tiempo que había perdido la cuenta. No le quedaba otra salida más que volver a
elegirlo con una sonrisa. Él le guiñaba un ojo y resoplaba el rulo que le caía
en la frente.
La vida se encargaría de
transformar esa sensualidad apabullante en materia prima en descomposición.
Noche tras noche.
3
Punching ball
Nadie quiso
reconocerlo. Aquel 19 de marzo lo
dejaron en la casa de Arquímedes Segismundo Zapiola. Nunca más lo vinieron a
buscar. Don Arquímedes, fanático del boxeo amateur, hijo de los fundadores del
barrio, al sudoeste de la capital, lo recibió con aflicción y regocijo pero se
dio cuenta que tendría que criarlo hasta que la vida los separara. El niño
había llegado a su casa por cuestiones de padrinazgo adverso. Por esas
cuestiones de palabras, por esa idea casi innata en los hombres de bien, de
hacerse cargo de lo que se hace y se dice. Sabía, temía, que la mirada de
aquella mujer fuese verdad. Y lo fue. Ella no se haría cargo del muchacho. Al
principio lo alimentó con su humilde conocimiento de cómo hacerse hombre y con
el correr del tiempo lo vio transformarse en lo que ya conocía de su familia.
El niño era hijo de su hermano. Un tarambana de edad indefinida que sostenía
que la vida doméstica y los empleos a sueldo eran para los giles. Así caían, de
cuando en cuando, mujeres pidiendo el conchabo para alguna criatura que
desflecada de llanto y fiebre clamaba por un padre.
Un “dolor de cabeza”
como llamaba a su hermanito. La suerte lo había agraciado con una postura y
estampa de actor de Hollywood. Se peinaba con clase, las manos impecables, la
lengua afilada para la conquista y la mente brillante de los estafadores. Pero
la vida enseña, al final de todo que la pinta es lo de menos y lo que queda
luego del sacudón de la existencia, es la esencia de cada persona. Allí se ven
los verdaderos hombres. Este “dolor de cabeza” estaba en plena etapa de
desconocimiento de lo que significaba responsabilidad y hombría de bien. Caían atrapadas
en sus brazos y quedaban secas de amor y de todos sus bienes, por una larga
estancia de sopor romántico. Cuando despertaban del esférico mundo pintado, ya
era tarde. No perdonó a nadie. Jovencitas trigueñas, amas de casa abandonadas,
ancianas adineradas y de las otras también. Grandes chicas “Divito” hasta las
rellenitas de amor y capas de carne. No le interesaba ninguna que no tuviese
una habitación donde pasar las noches. En muchas temporadas recorría el espinel buscando la víctima de
turno y otras, vivía como dueño y señor mío en unos caserones cerca de La
Recoleta. Tenía todo y nada a la vez. Su ropa era de primera aunque no tuviese
dónde guardarla. Conocía los lugares más recónditos de Buenos Aires, desde los
reductos vip de la 9 de Julio hasta los bailongos del Sur donde el barro y el
vino barato hacían estragos. Conocía tanto de
bebidas importadas como el enjuague mortal de las damajuanas. Saboreó
los amaneceres con sábanas de satén, los desayunos en la cama y las robe de
chambres ajenas que aparecían ocasionalmente en los placares de las víctimas.
Conocedor de las situaciones conflictivas cuando se generan y acrecientan,
sabía salirse de foco antes del estallido. Una oportunidad salvó su vida por
cuestiones de iluminación de un Ser superior, cuando se lo confundió con el
matón de un barrio del Oeste. Quedó en un banco de la terminal de ómnibus
durante tres días hasta que la señora que cuidaba el baño, llamó a la policía y
lo internaron en el hospital zonal. Tres costillas rotas y una cicatriz en el
pómulo derecho que le otorgó, increíblemente, un cierto dejo de hombre de
batallas. Para la época de la dictadura militar huyó al Sur, buscando tierras
más allá de Ushuaia para esconderse de un coronel que quería destazarlo por un
romance con su mujer y su hija. Desapareció varios meses hasta el estallido de
Malvinas cuando en medio de un accionar inexplicable de las circunstancias de
la vida, se lo vio en primera fila juntando dinero en un canal de televisión
para los pobres soldaditos del Sur. Su cara sonriente junto a los conductores
del programa, provocó escozor en los rostros de sus conocidos.
Cuando sus padres, tenderos de primera
estirpe, venidos desde Andalucía con unas ínfulas de madre y señora nuestra
notaron que uno de sus niños era un cabeza fresca, decidieron dejarle el galpón
del almacén al mayor, Arquímedes, vender el resto de sus bienes y volverse a España, a disfrutar
de las ganancias obtenidas, hasta que la Virgen se los lleve a mejor destino.
Así fue que, cuando llegó la triste noticia del fallecimiento de sus padres, “dolor
de cabeza” partió para la madre patria a llorar a sus progenitores y arreglar
los asuntos de familia. Cuatro años más tarde volvió en un carguero marroquí,
sin un peso y con un sello en la nuca para no volver a pisar suelo español.
Arquímedes había
heredado de sus padres la mesura necesaria para actuar a conciencia y con moral
intachable. Cuando su hermano quiso pedirle la parte de la casona que le
correspondía como herencia, caminó hasta el galpón, tomó el hacha para cortar
leña y se paró en la puerta de la casa.
Nunca más vino dolor de cabeza.
Si bien la
presencia física no se vio más por la zona, los embargos, los cobros
inesperados y los escándalos en la puerta eran cada vez más frecuentes. Cuando
llegó el sobre, lo abrió. Creyó que la presión le jugaría una jugarreta. El
sudor frio, la amargura y un dolor en el pecho, profundo, le indicaron que
vendrían tiempos tormentosos. Lo citaban del Estudio Jurídico de los Hnos.
Espinosa. Tendría dos días para armar un plan, saber qué diría y como presumía
que la mano vendría por su hermano, pensar en otro abogado. Así fue. Su nombre,
dirección, teléfono y número de cuenta bancaria aparecían como garantías de una
compra de terrenos en la zona de Quilmes. La cuestión era que se habían
loteado, vendido y gastado el dinero de una venta de terrenos que no estaban a
la venta y que pertenecían a la familia Basterrechea. Un delito con pena máxima.
Allí dolor de cabeza, sin aparecer, había hundido a don Arquímedes Zapiola. Los compradores con
mitad de las casas construidas se habían visto envueltos en un desalojo que
alteraba la vida de treinta familias. Una de ellas era la de Don Alfredo
Altolaguirre, quien varios años después sería su consuegro.
Francisco, aún niño y
sin conocer su historia, mudó su pasado por cuatro casas de alquiler hasta que finalmente se instaló con su
padrino en el cuartito del gimnasio. Don Arquímedes, una tarde de verano
tórrido, comiendo sandía en el patio, largó de un solo tirón la historia del
muchacho. Quedaron en silencio casi por una hora. El rubio se paró, le dio un
abrazo de boxeador y el viejo lloró en
una sola lágrima, su frustración. Cuando presentó su familia ante los
Altolaguirre sin titubear sostuvo que era su padre. Nadie osó preguntar por la
disparidad de apellidos hasta que la tía Clarita, en un rapto de soltería
justificada y en una sobremesa de domingo hizo la pregunta que todos querían
hacer. Las miradas se centraron en varios puntos a la vez para no mirar al
padre de la novia, que se iba poniendo bordó, abría los ojos negros y tomaba
aire para no morir de un infarto. Luego de las presentaciones salieron todos
corriendo, por segunda vez, para el hospital a salvarle la vida a don Alfredo.
El muchacho creció
fuerte y con la herencia de su verdadero padre. Tenía una pinta arrasadora, la
fuerza de un toro y la obediencia dirigida a respetar órdenes, único orgullo de
Don Arquímedes. Sobre sus espaldas se
notaba el color de su madre, los ojos pícaros de su padre y la tradición de los
Zapiola. Trabajaba sin descanso, actuaba por impulso y tenía una idea fija: Una
familia. Después de aprender cómo manejar las cuestiones del amor y el sexo
tormentoso, sortear las enamoradizas mujeres que veían en él un buen partido
para el altar, o las que sólo querían el disfrute de su cuerpo y energía
conoció al amor de su vida: Esther Altolaguirre. Cuando bajó del 307 y la vio
de guardapolvo blanco en la parada de la esquina, quiso tomarla y abrazarla
para siempre. Llevársela lejos y no separarse de ella jamás. Preguntó a Don
Arquímedes y dispusieron con absoluta inexperiencia, que eso era algo parecido
al amor.
-Hijo, aprender a ser hombre, lleva mucho trabajo- sostuvo Arquímedes
ante la mirada absorta de Francisco que estaba acostumbrado a escuchar consejos
de vida con el corazón abierto.
-Sí padrino. Hay algo que no puedo entender. No me pasa como otras veces
que no tenía problemas en llevarlas al galón y listo.
-No me refería a eso. El sexo es una parte de la hombría, tal vez la más
fácil, la que brinda felicidad y es momentánea. Ser hombre es aprender a pensar
en uno mismo, en quiénes somos los Zapiola, en quién es ese otro ser al que
hemos elegido. Crecer duele, con un dolor desconocido, único, inteligente
porque nos sacude el alma.
-Si, eso. Es como que no sé cómo actuar. Me descolocó su mirada, es tan
frágil, y es inteligente. La quiero para mí.
-Las mujeres no nos pertenecen, Francisco. Ellas hacen como que son
nuestras y en realidad nosotros caemos en sus manos y nunca más salimos de
allí.
-¿Por qué nunca te casaste padrino?- sentenció Francisco en medio de uno
de los encuentros más cercanos que tuvieron juntos. Supo que fue una mala
jugada. Arquímedes se levantó a calentar la pava para seguir con el mate y se
fue a regar las plantas. No se habló de ese tema por un buen tiempo.
Varios entrenadores vieron un futuro promisorio cuando lo veían pelear, pero el muchacho no
tenía disciplina para el sacrificio. La etapa de las borracheras y los
exabruptos a flor de piel en cada entrenamiento lo volvían inmanejable. Era de
sangre caliente. Aprendió tras varios fracasos, a saborear el gusto a la
sangre, a soportar los dolores en absoluto silencio y a recibir el agravio del
público que lo veía derrotado en cada final de campeonato. Llegaba tarde a los
encuentros y casi siempre discutía con el tribunal las descalificaciones por insultos a todo el
auditorio. Sólo lo calmaba su padrino. El día que Esther lo fue a ver, ganó su
primera pelea en quince encuentros. No era buen augurio para un boxeador. Lo
contrataron como entrenador auxiliar y así selló para siempre sus posibilidades
de llegar a las ligas mayores. No le importó. Sabía que la vida le preparaba un
buen camino. Quería borrar su pasado familiar, olvidar a Paula Guzmán, aquella débil
mujer que lo abandonó en casa de los Zapiola y que nunca quiso conocer.
Restituir a don Arquímedes los bienes perdidos por las estafas de dolor de cabeza, su padre.
Entrenaba
cada mañana como si fuera la previa al campeonato mundial, miraba la bolsa y
atacaba, salía la fiera que tanto respetaba Esther, la que le dio el mote de “el loco Guzmán”. Sus alumnos lo
respetaban. Debido a su popularidad el gimnasio estaba colmado de muchachos
ávidos del deporte de los grandes boxeadores del país. Cada uno representaba el
dinero que necesitaría para un buen futuro. Su padre estaba orgulloso. El
negocio iba viento en popa. Se le ocurrió estampar unas musculosas con el
nombre del gimnasio y fue un boom. Todos entraban y salían del galpón con las
musculosas naranjas con la cara del loco Guzmán. Era un buen compañero de
trabajo. Casarse con la mujer de su vida fue una salvación. Amarla hasta el
hartazgo cada noche lo satisfacía como hombre, aunque nunca se le ocurrió
preguntarle si a ella, le sucedía lo
mismo. No podría pensar en que, ese maromo de músculo y hombría, no pudiera agradar
y otorgarle placer. Sabía que la mujer era una decente muchacha de barrio, que
no haría locuras ni gritaría como las decenas de amantes que tuvo desde que se
inició hasta que decidió que toda su humanidad se la dedicaría sólo a su mujer.
4
La primera noche.
Estaba incómoda. Muy incómoda
con aquella señora del auto azul. Debía superar su inquietud y demostrar, en
todo momento, una seguridad inalterable, una sonrisa cristalina y buscar la
palabra justa para no destruir ese momento desafortunado del destino cuando, a
Francisco, lo contrataron para entretener a unos alemanes que venían de la zona
de Selva Negra, a divertirse y gastar sus dólares, con motivo del mundial de
fútbol en nuestro país. No le gustaba cómo miraba a su marido. No la soportaba,
pero necesitaban ese dinero para terminar la habitación de la enfermiza Cecilia
que, agitándose como una licuadora renga, alteraba los nervios de toda la
familia.
Un jueves, asado en la costanera.
El sábado pesca en las Islas del Delta del Tigre. Todos los días con olor whisky y fuera de hora. A las siete de la
mañana debía abrir el gimnasio y al cabo de tres semanas, Francisco no era el
mismo. Una noche no vino a dormir. Fue un caos. Decidida a no pensar en nada
raro, se fue a casa de sus padres cuando Cecilia se descompuso otra vez a las
dos de la madrugada. Rodolfo caminaba dormido por la vereda las diez cuadras que los separaba de la casita
de los abuelos. En medio de la
inconciencia preguntó si papá los había abandonado. El mar de lágrimas de
Esther caía sobre la panza llena de Jeremías y colmó los espacios de la cocina
de su madre, que evitaba los gritos para bienestar de su padre. Mate de por
medio y con las aguas calmas, tanto de Cecilia como de Esther, Sofía entró a
batallar con preguntas que nunca había hecho. Allí en la cocina, junto a las
cuatro hornallas encendidas al máximo y la luz tenue del purificador, Sofía
conoció a su hija. Una mujer adulta sufriendo los ardores de un matrimonio con
muchos problemas. Recién allí supo los temores, las desdichas y los reproches
de su hija por no haberla preparado para sobrellevar una convivencia con
alguien que no es con quien uno se enamora. Amaneció y Don Alfredo sospechó lo peor cuando
en pijamas ingresó desde el comedor y las escuchó murmurar a escondidas.
Francisco no volvió por tres
semanas. Había soltado su animal en celo, su herencia paterna que volvía
incesantemente a colmarlo de problemas cada tanto. La contratista lo embarcó en
una empresa que a él lo fascinaba: Las peleas. Pero como el boxeo es un deporte
que se relaciona directamente con el juego, las apuestas ilegales y los ajustes
de cuenta, Francisco borracho de placer y lujos desmedidos, vio pasar por sus
manos una cantidad de dinero impensado para su estándar de vida. Los alemanes
se fueron satisfechos, pero él no pudo despegarse de aquella vida tan ligera
como pensaba que podría hacerlo. Olvidó quién era o quién había querido ser.
Desestimó los consejos de Don Arquímedes y desconoció por completo su rol de
marido y padre. Se hundió en los infinitos placeres de mujeres que nunca soñó
tener, en lugares insólitos y mucho dinero, que nunca quedaba en sus manos. En
un bar de Corrientes al 1700, en un descanso necesario entre tantas sesiones de
sexo y fuerza bruta, se desmayó en un sofá leopardo a tomar hasta que la parca
se lo lleve. Junto a él, un elegante rubio tostado, de camisa de seda y zapatos
de cuero de víbora, le aconsejó que bebiera con moderación.
- Al alcohol, como a
las mujeres hay que saborearlas lentamente y no en una sola oportunidad- dijo,
mientras fumaba un Parliament rubio en boquilla de marfil.
Francisco lo escuchaba atentamente
mientras consumía el segundo vaso, tirado en el vip semi-oculto. El hombre prosiguió.
- He conocido muchos
que por disfrutar una noche, una sola noche, han perdido el rumbo. Beber un
whisky lentamente es síntoma de sabiduría, de conocimiento de la vida y de
haber sabido elegir qué vida se quiere tener.
El muchacho lo miraba con los ojos
llorosos de tanto alcohol. Se detuvo un instante. Acomodó la majestuosa espalda
sobre el respaldo del sofá bermellón, sopló el rulo, pasó su lengua por los labios varias
veces, como para hidratar esa boca saturada de palabras no dichas y sentenció en
una sola frase, lo que el hombre de la noche nunca hubiera esperado escuchar.
-¿Vos sos “dolor de
cabeza”….no?¿ Sos el viejo cretino que me abandonó en manos de tu hermano?
El hombre se sobresaltó y clavó sus ojos en el joven que estaba a punto
de estallar.
-¿Sos el que supo
elegir una vida a costa del sufrimiento de tantos hijos que dejaste tirados por
la vida de atorrante que llevaste hasta hoy? ¡Pero ahora se te va a terminar
todo!- Levantando la voz como para
llamar la atención de los pocos borrachos vip que quedaban en la penumbra.
Intentó levantarse pero los cúmulus
limbus que provocaron los cuatro vasos de cualquier cosa que había tomado lo
voltearon al piso donde lo esperaba un llanto desmesurado y un vómito traidor
que descendió su algarabía primera a quinta división. Quedó tendido en el piso
en otro know de su vida. El hombre con un chasquido, logró el acceso de dos guardaespaldas que lo dejaron en la
vereda desparramado, elegantemente, sobre los zapatos de gamuza que le había
comprado la señora que lo contrató. Cuando despertó a las seis de la mañana
arrimado a la pared del Banco de Boston, sintió una vergüenza inesperada. Se
levantó como pudo y caminó hasta el subte. Durante todo el viaje creyó haber
conocido a su padre. Podría haberlo asegurado, frente a cualquiera, que aquel
hombre elegante del Night Club era su padre.
-Era dolor de cabeza- se repetía . Conocí a mi padre- dijo en voz alta y llorisqueó con un odio ancestral.
Dos empleadas de servicio doméstico
se alejaron de él pensando en un posible ataque.
Sólo por ese momento justificaba
haberse perdido tanto. No había caído en la cuenta que llevaba tiempo fuera de
sí. Recordaba las palabras del viejo “hay
que saber qué vida se quiere tener”.
Quedó solo parado junto a una butaca
del subte ya que la fusión de alcohol y restos de una descompostura aberrante,
lo volvían antisocial, frente a los oficinistas, empleados y obreros que lo
miraban con desconfianza y asco. No quiso bajarse en la estación que le
correspondía y volvió al bar. Era de día. Nadie, absolutamente nadie que
frecuenta esos lugares, vive de día. El lugar estaba cerrado. Esperó dos horas
y volvió al subte. Tendría que enfrentar lo peor. Hablar con Esther.
5
Nada más que dos
horas
Era medianoche. Recién medianoche. En
mitad de la nada y sin perspectiva de descanso. Lejos, una sirena marcaba la
inseguridad consabida y en síncopa perfecta las campanadas del reloj municipal
sellaban definitivamente las actividades de aquel día.
Los silbidos escalofriantes de todas las
madrugadas. Señales de las cuadrillas que asolaban al barrio. Inerte en la
cama, como estaqueada por el miedo, evitaba, a cualquier precio, que su marido
se despertara. Tenía esa maldita costumbre de salir al patio en calzoncillos a revisar los espacios y
enfrentar a cualquiera. No quería quedar viuda. No quería que se arruinara su
plan antes de tiempo. Pensó que, tal vez, no sería mala idea que alguien, por
distintas razones, colaborara con su causa. Con los ojos desorbitados del insomnio
que ya se avecinaba como intolerable, se detuvo a reflexionar: ¿Y si lo mataban? ¿Qué haría ella sola con los chicos y sin
trabajo? ¿Qué haría con los espacios que su enorme marido dejaría libre? Giró a
la izquierda, intentó desenredarse del camisón que actuaba como torniquete
sobre su cuerpo, buscó no perder de vista la bolsa de agua caliente con sus
pies, aún congelados, y reacomodó su cabeza en la almohada. Miró el reloj y
recordó cada instante de aquella mañana cuando su tía les regaló el despertador
con la frase “para que marque sus horas
más felices”. Intentó buscar en su memoria cuáles habían sido sus horas
felices. Estuvo un buen rato buscándolas. Huyó por los rincones de su vida,
buscó en las sombras que formaban los muebles del dormitorio, en la luz tenue
del pasillo, en las hojarascas malva del jarrón que hilaraba delirios de
nobleza en la mesa del comedor. Giró en los retruécanos del cerámico gastado
del lavabo y no pudo encontrar momentos felices, auténticamente felices,
íntimamente felices que la marcaran a
sangre. Francisco resoplaba en su lado de la cama y daba unos saltos de locura
en la inmensidad de la noche. Esther, sabía que seguían los suspiros y
lamentaciones, ronquidos agudos y largos reproches a alguien que siempre es el
mismo. Hablaría de guantines y del peso exacto de la bolsa, del salto
equilibrado y la cabeza, siempre hablaba de la cabeza y la parada, ¡siempre con las piernas abiertas y firmes,
siempre! Todas las noches luego del gimnasio repetía el mismo discurso
monótono y agresivo, inundado de insultos hacia el alemán, aquel nuevo alumno
que tenía como esperanza del gimnasio para los provinciales. Giraba y la rodeaba con esos brazos de tenazas, el
soplido en la oreja y el calor que ninguna bolsa de agua caliente podría dar.
En esos pequeños momentos soñaba que era su salvador y la protegía de cualquier mal, la llevaba a un mundo ideal
y le depositaba a sus pies un baúl de joyas y la bañaba en flores. Francisco
giró a la derecha y las flatulencias del guiso provocaron lágrimas en Esther.
La misma lágrima de cada
noche. Esa que recorre sin apuros la comisura de los ojos y desciende lenta y
angustiosa por el borde de las orejas y se suicida en la nuca contra una
almohada ahogada de delirios. Ese maldito instante donde se daba cuenta que la
noche sería eterna. Torturaba un ojo sobre la almohada y con el otro controlaba
las horas del reloj, esperando que, aunque sea uno de ellos, descansara de la
infatigable tarea de quedar abiertos por orden del superior. El último
psiquiatra que consultó le dijo que todo era orden de un superior…del cerebro.
Él daría la orden en algún momento para que todo el cuerpo se desmayara en un
sueño infinito. Esa palabra la aterraba. Lo infinito era sinónimo de no volver
nunca, de quedar en una instancia de sopor inconmensurable que le permitiría un
descanso deseado pero, a la vez temido. ¿Y si no volvía? Recordaba la primera
noche bajo el efecto de los sedantes. No quería perder la conciencia, luchó con
los síntomas hasta el hartazgo. No quiso quedarse quieta en la cama, escuchó a
su marido vociferar varias veces por no dejarlo descansar. Se levantó con una
especie de borrachera a beber agua y abrió la ventana de la cocina para que el
fresco de setiembre le despejara los ojos que querían dormir y ella no los
dejaba. A mediodía rompió dos platos y
metió la pava en la heladera, dejó el mate dentro del ropero y no supo para qué
pelaba las papas. Tiró las pastillas una tarde de octubre cuando se durmió en
el colectivo que la llevaba a buscar a Rodolfo a la escuela. Se despertó
aturdida por el chofer, sin la cartera y una hora después del horario de
escuela. Soportó los gritos de la Directora que la puso en un lugar de madre
abandónica, en una época donde la palabra de los maestros y directivos tenían
peso y no eran denunciados ni agraviados por padres inconscientes. El silencio
atroz de Francisco cuando supo lo sucedido y el llanto de Rodolfo en la puerta
de la escuela la agobiaron aún más. Tambaleante se tiró en la cama a llorar y
desde esa oportunidad no probó más remedios que la leche tibia, un té de tilo
doble o algún caramelo de venta libre para relajar la garganta. Estaba en medio
de una cornisa y a punto de llegar al borde. No podía dormir. No podía
permitirse dormir. Durante mucho tiempo, cuando todos se iban a sus
obligaciones y Jeremías hacía su siestita de bebé a media mañana, se tiraba en el sillón de la
sala a descansar. Se sobresaltaba cuando se daba cuenta que había dormido.
Corría a la cuna a ver su bebé, y relojeaba el cucú de la sala. Con triste
dolor notaba que había dormitado diez minutos. ¡Sólo diez minutos! Agotada por
la fatiga y la culpa de haber dormido sólo esos instantes, se colocaba el
delantal a cuesta de bostezos, pelaba
las papas y la calabaza para el bebé, preparaba la sopa, tendía las camas.
Miraba su cama. Lloraba frente a su cama. Oscurecía la habitación y se tiraba
como bolsa del puerto a dormir una larga siesta. Aseveró que el problema era la
almohada. La acomodaba infinitas veces y desafortunadamente no hallaba el
lugar. La quitó de la cama y tampoco. Si había podido dormir diez minutos
podría hacerlo diez horas. Deseaba dormir diez horas. Pero interiormente sabía que su mente no se lo
permitiría. Se sentía asqueada al pensar que sería miércoles. No había podido
entender por qué los miércoles su marido tendría sexo. Sería con ella y eso la
agobiaba. Quería dormir para no sufrir tanto a la madrugada. Un instante, sólo
un instante. Jeremías dio el llanto de las once de la mañana y se tiró de la
cama para el puré de calabazas que seco en la olla, despedía un olor a plástico
quemado. El mango de la ollita enlosada se había quemado en su totalidad. Allí se dio cuenta que lo suyo era peligroso.
No sabía cuándo estaba dormida y cuándo despierta. El grito del bebé la
encontró al pie de la cama dormitando sentada. Por preparar el puré y tirar la
olla a la basura no midió cuanto había dormido. Serían cinco o diez minutos. No
alcanzaban para soportar las tareas de la tarde y la madrugada.
La casa tenía aún, cierto dejo de
barrio antiguo. Junto al timbre estaba la manito de bronce que el tiempo había
oscurecido. Allí se mudaron cuando falleció la abuela y sus padres vieron la
oportunidad de ver a Esther, un poco más feliz. Sofía apreciaba tocar la manito
contra el marco y que retumbara su llegada por toda la casa. Esa manito tenía
una gran historia. Había servido a los bis abuelos, los novios de las abuelas y
hasta la llegada de don Alfredo a pedir la mano de Sofía. Ahora le tocaba a
ella recibir las visitas y le daba mucho placer escucharla. Sentía que el
pasado la acompañaba en su larga lucha contra el olvido. Eso entendía que era
el insomnio. No querer perder en un sueño, la realidad que la aturdía. Aquella mañana que escuchó la manito supo que
alguien la venía a salvar. Era Sofía. Se había olvidado que los miércoles
venía a visitarla a media mañana.
Preparó unos mates y en un nuevo intento de sinceramiento, le contó a su madre
lo que le estaba ocurriendo. Sofía espantada le aconsejó un especialista al que
nunca fue porque había decidido evitar las pastillas. Así fue que llegó a lo
del psiquiatra famoso que le contó la historieta del dueño de las acciones
humanas: el cerebro.
Se dio cuenta entonces que solo
ella podría eliminar esa larga noche. Buscaría cual era el motivo,
reflexionaría sobre el porqué de su aparición una noche de verano, después del
último ataque de Cecilia, o de la quebradura de Rodolfo cuando cayó del ring en
el gimnasio y su padre estaba en la calle conversando con la kioskera, el
infarto de su padre luego de una conversación agitada con Francisco, el pasado
de su marido, la angustia de haber abandonado la escuela o el crecimiento
desmedido de Jeremías que comía a rabiar todo cuanto estaba a su alcance, la
hipoteca para mantener la casa histórica, el déficit del gimnasio, los años que
le faltaban para que llegara la menopausia y su marido dejara de mirarla como
un ciervo asustado que hay que atacar y someter, la educación de Rodolfo que ya
llegaba al metro diez y contestaba feo, los almuerzos y cenas para batallones,
los batones floreados que la hacían gorda, fea, con todo fuera de lugar y sin
tiempo a levantarse, con ojeras grises , con los pelos cada vez más grises, con
la mirada cada vez más gris. Tendría que detenerse. ¡Tendrían que detenerse!
6
Tres de la mañana
Rodolfo bajó los anteojos hasta la
punta de la nariz y sentenció, con su mirada, que la idea de su madre no
correspondía.
Siempre había
sido el mesurado del grupo familiar. Se detenía
ante cada palabrota de su padre y le contestaba con un nivel intelectual
que anulaba la discusión por no tener la más remota idea de lo que estaba
diciendo. Jeremías traducía a su padre, en lenguaje callejero lo dicho, y
continuaba el griterío en la sobremesa. Salvo que estuviera Sofía.
El tema era la
primera fiesta de quince a la que había sido invitada Cecilia. Ya no era la
misma enfermiza de antes y propendía a manifestarse como una mujerona con un
cuerpo de veinte. Se discutió tanto en aquella oportunidad que ante el llanto
en tonos de alaridos de la jovencita, se terminó el tema con un sí rotundo de
su madre.
Los ojos de
Francisco se salían de órbita y los varones lo miraron a la espera del ataque
de furia, característico cuando no se hacía lo que él decía. Dosificó la
mirada, bajó las pestañas, sopló el rulo y se levantó de la mesa sin hablar.
Había ganado la primera batalla la pobre Esther y Rodolfo, saboreaba la
victoria de su madre como suya. Nunca habría podido responderle a su padre de
esa manera porque le iba la vida. Si bien no estaba totalmente de acuerdo con
la decisión de su madre, gozaba el hecho de un comienzo donde los golpes fueran
cambiando por las palabras con
autoridad. Su padre lo había agobiado con las órdenes y tenía pavor a sus ataques
demenciales y, sobre todo, a su cros de derecha, imbatible que no duraría en
acertarle una trompada si el hijo se sublevaba. Punto para Jeremías que ya
sabía por dónde ir cuando le tocara a él.
Fueron los tres
varones, en alegre comparsa, a acompañar a la pobre Cecilia que sufrió las
burlas de sus compañeras, pero no de los varones que atemorizados se alejaban
de ella. En la esquina Francisco, Rodolfo y Jeremías de la misma talla, porte y
mirada. La inocente fiesta fue más que aburrida para Cecilia que no consiguió
bailar con nadie por miedo que se aparecieran sus guardaespaldas a separarla en
los lentos.
Jeremías cumpliría quince en poco tiempo y
su padre se encargaría de prepararlo para la tarea de hacerse hombre. Con
Rodolfo fue muy difícil porque era un niño arisco para esos temas pero con
Jeremías fue sencillo. Cuando el padre comenzó con la charla, él le contestó
que ya sabía todo y que no se preocupara que ya había debutado en lo del flaco
Almirón con una de veintitrés. Le pagó con la plata de la comunión, la
confirmación y la yapa de los mandados que les hacía a las viejitas del barrio.
Ella le enseñó cómo cuidarse y todo. Francisco, que había puesto todas sus
fichas en él, se amargó al principio porque pensó que le podría contar todas
sus experiencias, pero íntimamente sabía que ese era típico hijo y nieto de
tigres. Nunca pudieron hablar los tres hombres de la casa sobre el tema.
Rodolfo entendía la sexualidad como una necesidad fisiológica del hombre y
Jeremías se mordía para no reírse y comenzar las discusiones interminables
sobre la diferencia entre humanidad y bestialidad a la que ya se estaba
acostumbrando. Todo griterío culminaba con una frase de su madre.
-Cuando hablen de las mujeres como objeto de bestialidad, recuerden que
tienen una hermana.
Su marido relinchaba como burro viejo y se
levantaba de la mesa para no matar a alguien. Los dos varones quedaban en
silencio un buen rato hasta que Jeremías salía con alguna anécdota del partido
de la sexta de Quilmes donde él era una pieza fundamental.
Fue un domingo de Pascuas
cuando la familia entera se alteró. Pasaron las diez de la noche y el pequeño
Jeremías no volvió de la cancha. Había ganado su equipo y el festejo se hacía
en el gimnasio del club. Generalmente todo terminaba a medianoche pero la
música se escuchó mucho tiempo después de la una de la mañana.
Francisco caminaba desde la cocina hasta
la puerta, se asomaba al borde de la vereda y miraba para ambos lados. A medianoche
decidió salir a buscar a su hijo. Rodolfo fue hasta el baile y él a la casa de
Miguel, su vecino y fiel compinche.
No encontraron a ninguno
de los dos. Por supuesto no era época de celulares ni de redes sociales, por lo
tanto todo se hacía lento y despacio. Se encontraron en la placita Alsina y
organizaron un plan: Primero, no volver a casa hasta encontrarlo, segundo no
avisar a nadie de la familia, y finalmente el primero que los encontrara les
daba una tunda para no olvidar.
A las dos y media ya no se
escuchaba la música del club, nadie en la calle y difícilmente alguno abrió sus
puertas para atender a dos desesperados en busca de un adolescente.
Aunque el padre se resistió, Rodolfo
hizo la denuncia en la Comisaría 3ra de
calle Virasoro. El suboficial los miró de arriba abajo y les preguntó quién
había dejado salir a un adolescente a la madrugada en estos tiempos, cuántos
años tenía, con quién estaba, con quien frecuentaba los lugares a esa hora,
etc, etc. Rodolfo notó que el policía comenzó a hacer preguntas para determinar
si su hermano podría llegar a estar involucrado con los grupos de subversivos
característicos de aquella época. Comenzó a sudar pensando en las respuestas de
su padre y en qué preciso instante explotaría para terminar en el calabozo. Él
no podría quedar encerrado, estaba en las listas para las becas del gobierno
por su promedio y pensaba entrar en la Escuela de Mecánica de la Armada. Con
una mancha así no entraría y sabía muy bien que su hermano no era uno de esos
revolucionarios que agobiaban al país con secuestros y bombas extorsivas. Al
menos creía que no era. Necesitaba pensar que no era. Escuchó la puerta de la
comisaría y vio entrar a su padre con ojos desorbitados. Estuvo a punto de
llorar hasta que el policía se apiadó de ellos y les dijo que lo buscarían y le
darían un buen susto. Debajo de la gorra aparecieron unos dientes cristalinos e
impecables, para decir una frase salvadora.
-Vaya tranquilo campeón, seguro que
el muchacho anda de juerga con alguna negrita del bajo…pronto vuelvo al ring y
nos prendemos en un encuentro ¿qué le parece?
-¡Giménez!, querido ¿Cómo andás? Me había olvidado que laburabas de
milico….-y bajando la voz- perdón de policía!
-¿No podés mantener la compostura?- sostuvo Rodolfo que se moría de
vergüenza.
-Te pido algo Giménez ¿Puede ser?- se notaba ansioso Francisco.
-Si hermano lo que quieras.-le contestó el oficial amigo
-Dales un susto para que no olviden esta noche. Tenés mi bendición
-Así será maestro- y Giménez vio la oportunidad de vengarse de ese
malcriado de Jeremías que lo sobraba en el ring cuando practicaban para los
torneos internos. Jeremías tenía sólo quince años pero su cuerpo era de veinte
y su fuerza de un típico Guzmán.
Sosegado y menos tenso hizo unas chanzas con
el milico y volvieron caminando lentamente a casa, a esperar y soportar los
reproches de Esther, la abuela y la hermana. Todas desesperadas por el nene,
aunque era un atorrante que tendría varios castigos cuando apareciera. Esther
notó que su marido estaba furioso. Nunca lo había visto así, sabía que se
desbarrancaría con su hijo y lo lastimaría gravemente. Ella notó la mirada de
Francisco, sintió culpa, como siempre. La llevó para el dormitorio y todos
esperaron lo peor.
Hacía ya un
tiempo que Francisco maltrataba a su mujer, sobre todo después de la muerte de
don Altolaguirre. Esther ocultaba todo para mantener un orden familiar. Pero
los ataques frecuentes eran temibles. Era una época difícil para cualquier
mujer. Nadie, absolutamente nadie salía a defenderla. Era cuestión del
matrimonio. Veinte minutos bastaron para que todos notaran la violencia con la
que había tratado a su mujer. Ella, como siempre era la culpable. Siempre.
Don Almirón se acercó
despacio hasta la vereda y habló con Francisco despacio y con vos de hombre. Se
notaba la preocupación en ambos. No eran épocas para desaparecer, y menos de
noche. Eran muy tiernos para andar haciendo pavadas en la madrugada. Un grito
de Francisco hizo notar las preguntas del vecino. Don Almirón pidió disculpas y
se retiró. Muchos años después volvieron a hablarse. Cuando ya Jeremías no
estaba.
Todos sufrieron en carne
propia las quejas de Esther. Nadie durmió. La televisión se cortaba a las doce
y las emisoras de radio pasaban música sacra. Era Domingo de Pascuas. Ya las
caras de todos estaban fuera de lugar y Francisco dispuso que todos fueran a
dormir. Cuando llegue lo iba a escuchar. Nadie pudo cerrar los ojos. Cecilia
llorisqueaba bajo la almohada y Esther estaba en su salsa. Podría dejar de
pensar en el insomnio y rogar por la llegada de su hijo. Escuchar la llave, el
ruido de las bisagras, el golpe obligado para que cerrara la puerta de madera,
los pasos por el pasillo y la luz de la habitación. Pensó que estaba soñando y
que Jeremías la llamaba para despertarla despacio. Sonó la manito. Todos se
tiraron de la cama menos Esther que pensó que era parte del sueño.
-¡Sonó la manito!- Gritó Francisco.
El griterío en la puerta
de la casa era infernal, las mujeres lloraban y Francisco fue sostenido por
Rodolfo para que no lo aplastara con una trompada. El policía lo encontró.
Estaba borracho, se había orinado del susto y lloraba como un bebé. Lo
rescataron en una casa de juego en el Bajo Flores. El dueño del bar no hizo
problemas porque era menor y tenía una deuda con la policía, pero en el juego
había perdido mucha plata que en algún momento debía pagar. No eran novatos los
nenes con los que estaba jugando. Lo emborracharon y le sacaron todo. Debía mil
pesos. Mil pesos a finales de la década
del 70 era una fortuna. Francisco pidió disculpas, agradeció al policía, le
ofreció un mes gratis en el gimnasio y se apuró en cerrar la puerta antes que
las mujeres de la casa encerraran al borracho y él se perdiera de darle una
buena tunda. Así fue. Recién después que Rodolfo lo bañó y le dieron café negro
encerrados en el baño, dejaron que su padre actuara. Este tiempo de preparación,
totalmente nocivo, permitió que
Francisco deambulara por la casa renegando de su sangre y de “dolor
de cabeza”, estaba seguro que era una venganza suya. Resopló varias veces
para evitar matarlo de entrada y así poder disfrutar la tortura lenta y pausada.
Sofía, mientras preparaba la segunda taza de café puro, pasó revista de las
andanzas de Francisco, en voz baja para que no se escuchara pero quedara claro
que nadie se olvidaba de su pasado.
-Después de todo pobrecito….estaba incursionando en los caminos de la
hombría- sostuvo Sofía.
Rodolfo la miró a su abuela y
todos hicieron silencio. Él no tuvo esa suerte. Era el mayor y nunca tuvo esa
suerte. Jamás. En momentos de charlas confesionales con el abuelo, Rodolfo
había comentado sobre la desigualdad en el trato de sus padres con sus
hermanos. Ser el mayor tiene beneficios y deficiencias que se arrastran toda la
vida. El abuelo encarnaba las lombrices en el mojarrero y lo miraba
detenidamente. Él, impávido, reflexionaba sobre esas menudencias que serían, a
lo largo de la vida, un lastre difícil de sobrellevar. No se le permitió que
jugara al fútbol porque era enfermizo, no viajaba solo a ningún lado, no debía
insultar, contestar, levantarse de la mesa sin autorización, ensuciarse los
zapatitos de charol, ni muchísimo menos volcarse la leche a la hora de los
dibujitos. Debía ordenar la habitación, ser respetuoso y saludar a todos por
igual, ser amable, inteligente, culto y nunca olvidarse del apellido Guzmán.
No era época para andar psicoanalizando a los
menores asique el abuelo le palmeó la espalda, lo llevó a ver Titanes en el
Ring en el Luna Park y se terminó el trauma.
Toda la vida
soñó ser como Jeremías pero algo en su interior no se lo permitía. Por eso,
aquella noche cuando la abuela habló de hombría teniendo a toda su familia en
vilo, lo sacudió la idea que a él la familia lo
estafó.
Tres días después Jeremías
salió a la calle con un brazo vendado y con el ojo en compota. Todos pensaron,
según versión de las mujeres de la casa, que había sido atacado por los
vándalos subversivos. Aunque el único vándalo con el que se topó aquella noche
fue con el guantín natural, con nudillos montañosos y del tamaño de una sandía,
de Francisco.
+Fe de erratas.: Donde dice " Don Almirón se acercó despacio hasta la vereda y habló con Francisco con vos de hombre" Debe decir "..y habló con voz de hombre".
7
Tres lágrimas
Aquellas noches habían sido
especiales para Esther. Pero ninguna como la última de agosto.
Una tormenta esperada para
aquel mes de la Santa Rosa, hizo que
todos los vecinos cerraran muy bien los galpones, aseguraran los postigos, encerraran
los perros y estuvieran expectantes a las ráfagas de viento. Cerca de las dos
de la mañana comenzó la batalla de la naturaleza que le hacía saber al ínfimo
ser humano, que ella era mucho más poderosa que sus débiles construcciones. Se
inundó el bajo, volaron chapas de los galpones de la forrajería de Don Vicente
y tres gigantescos árboles cedieron ante la golpiza del ventarrón.
Pero eso no fue lo que alteró
al barrio la mañana siguiente. Esther lo supo antes que todos por gracia o
desgracia de su imponente desvelo de cada noche. Al comienzo pensó que la
tormenta golpeaba la puertita de chapa que da a la calle, la de sus vecinos,
los Almirón; después los gritos parecían de alguien que se negaba a abrir la
puerta principal. Creyó escuchar pasos
firmes sobre su techo. Rogó que Francisco no despertara. Se levantó. Caminó
sonámbula como cada noche, sin encender ninguna luz, conociendo de memoria el
lugar exacto de cada mueble, de cada adorno sobre el trinchante del comedor.
Llegó hasta la ventanita del lavadero y escuchó vívidamente los gritos de
Adelma, la vecina. Se alteró hasta la exasperación pensando que a su marido lo
atacaban, porque ella gritaba su nombre. Caminó más rápido hasta el galponcito donde
ladraba el perro y lo tranquilizó. Allí, en absoluto silencio y recostada con
el perro que temblaba por la tormenta, pudo darse cuenta lo que sucedía en lo
de sus vecinos. Los golpes recordaron que podría levantarse su marido. Caminó
en la oscuridad varias veces desde el dormitorio hasta el galpón. La última vez
se acercó al zaguán y por el ventilete de la correspondencia, vio lo que
sucedía. Se llevaban a Miguel. Los padres gritaban encerrados en el fondo,
mientras el amigo de Jeremías desaparecía en la noche, como tantos otros en esa
interminable noche de agosto. Volvió a la cama y derramó tres lágrimas
inmensas. Tres gotas de odio que angustiaron las siguientes noches. Y tantas
otras que, en la actividad sonámbula, derramaba por las madres que no verían
nunca más a sus hijos. Adelma murió de espanto unos años después de aquella
noche. Su marido deambuló por la vida mucho tiempo, cargando esa cruz densa y
angustiante de todos los que no sabían dónde guardar su odio.
Cuando los vecinos preguntaban
preocupados qué les había sucedido, Esther explotaba en llanto ante la
impotencia de no haber podido hacer nada. No le correspondía hacer algo. Su
marido sentenció las acciones a seguir. La tomó del cuello, la arrinconó contra
el mueble del baño y le ordenó que hiciera lo que él determinaba: No diría nada
a nadie, consolaría a Adelma, como una vecina más y alejaría a su hijo menor de
esa familia. A ella le brotaban lágrimas de dolor, la mirada y el grito
misericordioso de Miguel ahogado por la tormenta y el desamparo de crueles
vecinos cobardes y ensordecidos. Los ojos desorbitados ante la orden de su
marido, el miedo de cada noche esperando que vengan por Jeremías y el insomnio,
maldito insomnio que la hizo testigo inútil de aquella noche.
Rodolfo se refería a ellos como “los de al
lado”, olvidándose que Adelma y su marido lo habrían ido a buscar varias veces
a la salida de la escuela cuando Cecilia se atacaba. El primogénito de
Francisco se había tornado un poco desconsiderado con todos los que hablaban
mal del régimen. Se había transformado en un títere que repetía las propagandas
del canal oficial, dando respuestas a todo aquel que hablara mal de los
militares. Años después habría aprendido que no hay idea que merezca el sacrificio
de un hermano o un amigo. Pero esa es otra historia de nuestro país. La de los
sordos, ciegos y mudos que deambulan en la burbuja de los discursos, los que
tienen la respuesta acorde a los distintos regímenes que transitaron nuestra
patria. Ninguno sirvió.
Tantas noches soñó Esther que
Miguel volvía, que se levantaba a compartir la inútil llegada del vecino por
muchos años. Pared de por medio Adelma hacía lo mismo. Ambas de camisón, ambas
con los ojos llenos de dolor; una perdió un hijo, la otra la necesidad de dormir.
Esther había caído en una depresión que lentamente la llevaría a cometer un
acto irresponsable del que se arrepentiría sólo en parte.
Una mañana llegó Rodolfo
alborotado, lo habían aceptado en la ESMA. No sabían si felicitarlo o darle el
pésame. Pero era un hijo sano, inteligente, que buscaba su futuro y qué mejor
lugar que las Fuerzas Armadas. Tendría sueldo, mutual, beneficios, vacaciones y
una gran reputación. La abuela Sofía lloraba de la emoción, Esther y Francisco
prepararon una cena de despedida,
Cecilia planchó el uniforme y Jeremías no le dirigió la palabra en toda
la noche. Esther estaba feliz. Despedía
ese aroma a colonia de folleto que recién tomaba fama popular y se había puesto
los aros de la abuela. Su marido sacó a relucir una camisa nueva y Cecilia se
había hecho una casaca de cuero que estaba de moda. De todas maneras se
presentía el clima tenso entre los hermanos. En cualquier momento comenzaría la
discusión típica entre ellos, pero no fue así. Luego de comer en absoluto
silencio, Jeremías se levantó de la mesa y se fue a dormir sin hablar con
nadie. Rodolfo sintió ese cimbronazo, pero lo adjudicó a la envidia natural
entre los hermanos que se deben alejar para hacerse un futuro. La realidad era que
nadie había olvidado a Miguel y sobre todo
los comentarios hostiles que Rodolfo había hecho sobre aquel asunto. Hubo,
desde ese momento, un muro que fue extendiéndose con los años entre ambos. Se
comunicaban a través de Cecilia y hablaban en monosílabos cuando el militar
volvía de franco. Jeremías ya era un hombre y sabía lo que hacían en la ESMA,
pero su dolor más grande era tener un hermano dentro de ella como parte del
sistema.
El gimnasio de Francisco fue, por
mucho tiempo, el lugar de catarsis de Jeremías y llegó a pretender un encuentro
de box con los muchachos de Avellaneda.
Su padre le hizo entender que el boxeo es un deporte de códigos y no
debe tomarse como un medio para descargar odios contra el adversario.
- Ese que está frente a
vos es un contrincante, no un enemigo. No es tu hermano, no es un milico
torturando, es un contrincante que busca sólo deporte- le repetía hasta el
cansancio a su hijo.
Luego de varias horas de bolsa y soga, sudado
hasta las etcéteras, hablaban frente a frente padre e hijo sobre Miguel. Allí,
en uno de esos encuentros, Francisco contó la frase del padre de Miguel cuando
volvieron de la borrachera.
-Jere, su padre sabía que Miguel andaba en algo
complicado. Me pidió que justificara las acciones revolucionarias y lo
acompañara para liberar al país de los milicos- le dijo en tono de confesión
-Viejo, Miguel era mi amigo
de infancia, de salidas, ¿Cómo no me va a decir nada? ¿Cómo no va a querer que
lo acompañe? Me dejó solo, ¿me entendés? No puedo entenderlo. No puedo- y en
silencio se levantó para ir a las duchas.
El lazo estrecho en
Jeremías y su padre se hizo casi una fusión, uno era la continuación del otro.
Cuando salían de la ducha corrían desnudos por el local como dos adolescentes, despedían largas
carcajadas y lloraban abrazados sin ningún motivo aparente. Eran dos hombres
con diferencias de edad, pero con el alma intacta. Eran atorrantes, vagos,
mujeriegos y autoritarios, pero nunca como Rodolfo al que temían cuando en las
sobremesas de domingos de franco se alteraba hasta quedar colorado. Era nocivo.
Luego de varios meses
después de la desaparición de Miguel, Francisco y don Almirón, se juntaron en
el Bar a tomar cervezas y llorar sus errores. Se disculparon de aquellas
acciones que no cometieron para salvar a sus hijos y Francisco pidió perdón por
la decisión de Rodolfo. El vecino suplicó que Rodolfo buscara datos sobre
Miguel. Francisco se comprometió a hablar con él, no sin antes hacerle saber
que era sólo un subteniente y que no iba a hacer nada que perjudicara a su
hijo. El apretón de manos estrujó el corazón de ambos vecinos. Y no pudo
comprender cómo la vida lo había llevado hasta ese lugar incómodo. Por qué
aquellos chiquillos que jugaban en la calle de barro, corrían detrás de las
bicicletas, tomaban la leche mirando los dibujitos y buscaban el hoyo para
hacer el opi con las de vidrio y la blanquita siempre buscada, estaban tan
desencontrados en este momento. Caminó junto al vecino en silencio por las
veredas desparejas. Ambos masticando dolores, con las manos apretadas a la
hombría para no largar la primera lágrima en la calle y respirando hondo, muy
hondo para que el aire renueve los ardores.
Quince días después sepultaron a
Adelma. Una neumonía feroz la dejó con los ojos mirando la puerta.
8
38°
Esther durmió
quince minutos. Cada quince minutos
escuchaba llorar un bebé en los departamentos que se construyeron donde antes
estaba la casa de Hilda. Una de las últimas viudas de la esquina. Ellas habían
visto todo sobre la vida de la familia Altolaguirre- Guzmán. Conocían a la
perfección su pasado. A medida que se fueron muriendo fue bajando la tensión en
aquel barrio de trabajadores que iba desapareciendo bajo las nuevas condiciones
de vida y las grandes torres comenzaron a llegar, y el pavimento, las cloacas,
los televisores con antenas satelitales, los celulares y las nuevas tecnologías.
Ya no estaban Sofía, don Arquímedes y el papá de Miguel. Cecilia noviaba con
Rodrigo, juntaban dinero para la casa y Rodolfo, en un estado de pos depresión,
era oficinista en el Ministerio de Defensa, con una causa abierta por el
gobierno democrático y mucha deshonra en su haber.
La última viuda murió el día de la revuelta.
Es una lástima que haya perdido ese momento, pero nadie la recordó. El barrio
estaba convulsionado por los encuentros en plaza de mayo y en todas las
sucursales de bancos de cualquier índole y categoría. Fue aquel diciembre negro
cuando se volaron los sueños de muchos.
Como todas las
mañanas se había quemado el café porque Esther, con menos rapidez en las manos
y acciones dejó hervir el agua más de la cuenta. Estaba en éxtasis saturniana,
como siempre, mientras a su alrededor todos preparaban sus petates para la
jornada laboral. Francisco salió en calzoncillos del baño gritando que no había
papel, Cecilia huyó en la motito a pedir turno en el Registro Civil y Jeremías
arregló el desayuno como pudo. Todo era observado sistemáticamente por Esther
que, autómata, dejaba hacer a los demás lo que quisieran. Estaba agobiada de
calor. Era un diciembre aturdido de espasmos sociales y las pantallas aullaban
con miradas divagantes de gente desorientada que gritaba improperios a diestra
y siniestra. Una marea de catarsis social que nadie supo contener. Jeremías
vociferaba algo inteligible con el mate en la mano y gritaba golpeando la mesa.
Ya en el tercer golpe Esther reaccionó sobre lo que su hijo prometía hacer.
Alcanzó a levantar el brazo para sostenerlo, pero su espíritu combativo era un
torbellino de furia que salía para la calle, tomó el palo que sostenía
comúnmente la tapa de la casa del perro y salió acompañado de su padre que gritaban
en contra del gobierno.
Volvió a la cama.
Caminó hasta el dormitorio, en medio del pasillo notó que el televisor quedaba
prendido y volvió. Allí un poco despabilada y un poco dormida, como era
habitual, escuchó que el ejército y el pueblo se enfrentaban a palos en plena
Diagonal Norte, Plaza de Mayo y Paseo Colón estaba vallado hasta el techo. Los
38° de temperatura avivaban el enjambre de los demonios que deambulaban,
vociferaban, se morían en la calle, lloraban, agitaban banderas y pañuelos y
destruían todo a su paso. Miró el almanaque y se detuvo a mirarlo dos veces.
Era diciembre del 2001, pero para ella era la guerrilla, la dictadura,
Malvinas, la democracia, lo mismo siempre. Lo mismo. Todos enfrentados porque
sí. Apagó el televisor y se volcó en el sofá porque no llegaría a la cama.
Otros quince minutos y el llanto del bebé la sobresaltó, corrió como pudo,
atropelladamente hasta la cocina, tomo un jarro, colocó la leche y se dirigió a la cuna para levantar al bebé.
Pero no era su bebé, sino el del edificio de enfrente. Se vio frente a una
espantosa jugarreta del tiempo, no era Jeremías quien lloraba. Apagó la
hornalla, se sentó en soledad en la cocina y lejos, muy lejos se escuchaban las
cacerolas, las bombas de estruendo y en ese mismo instante un calor en el pecho
la volvió definitivamente a la realidad. En un minúsculo, desmesurado espacio de tiempo en la
mente de Esther, volvió la imagen de Jeremías llorando, muy chico, lastimado,
sangrando el rostro por el golpe, dolido por el agujero en su costado
izquierdo, pero no era chico, era el mismo que se había ido hacía un instante ,
estaba junto a Francisco en la calle, tirado en la calle, sangrando en la
calle, la cabeza de Francisco sangraba y los gritos y el humo se mezclaban con
los cascos de los caballos y los chorros de agua en medio de la barbarie.
Levantó su cabeza nuevamente Esther, se había dormitado otros quince minutos o
quince segundos, lo que duraba una pesadilla, atormentándola esa imagen de
Jeremías. Se levantó como pudo. En batón amarillo con flores opacas, desgastado
en lavandinas, las ojotas desprevenidas la vieron caminando por la calle,
gritando el nombre del hijo.
En la miseria
humana, cuando no quedan expectativas de vida, cuando el último suspiro de
desesperación inunda la esperanza, los hombres exhalan un aroma a bestia
salvaje que los vuelve nocivos. Así en ese estado de desesperanza llegó Esther
a Plaza de Mayo cuando quedaban solo los restos de la estampida.
Desvariaba. Agónica y
exhausta, los gendarmes y militares la empujaban para el bajo. Decía con
denodada insistencia, que buscaba a su hijo. Un gendarme con cara de asesino
serial le preguntó
-“¿Por qué estaba buscando a su
hijo allí y no evitó que provocara desorden?” - Le dio un culatazo y la
empujó por el pavimento ardiente.
Apareció en el último escalón de
una casona del bajo, la cabeza llena de sangre y la garganta seca. Lloraba por
su hijo. Olvidó el nombre de su marido y de dónde había salido y cómo había
llegado hasta allí. Sólo quería ver a su hijo. Cecilia la encontró, gracias a
su jefe y que en el Registro Civil le cerraron la puerta en la cara. Cuando la
vecina del cuarto piso, que cuidaba el bebé, vio a Esther salir gritando por la
calle, llamó a Cecilia al trabajo, el jefe le dijo que no había llegado, pero
que cuando la viera le avisaría. Pasaron cuatro horas y Cecilia, con el dato
del batón amarillo, la encontró cerca de Puerto Madero, llorando a gritos junto
a otras mujeres que habían perdido sus hijos. Se abrazaron y comenzaron la
agonía de los hospitales, clínicas y comisarías. Ambas temblaban. En la
búsqueda de su hijo, dio varias veces el nombre de Miguel. Los enfermeros
buscaban entre los heridos a un tal Miguel Guzmán pero no existía. Ya hacía
veinte años que Miguel no existía. Varias veces Esther confundía los nombres de
sus hijos llamándolos Miguel.
Pensaron en Rodolfo. ¿Otra vez Rodolfo
saldría en busca de su hermano menor?
Fue muy difícil convencer a Esther
que Jeremías no volvería. Todos estuvieron mudos y deambulando por la casa un
tiempo, hasta que las heridas comenzaron a cicatrizar, hasta que la madre
simuló estar mejor, hasta que todos creyeron la simulación, hasta que todos masticaron
el duelo. Francisco pasó una semana desaparecido, se perdió en los bodegones de
La Boca, perdió los clientes del gimnasio y las deudas se comieron el poco
dinero ahorrado. El sepelio de Jeremías resultó una carga impensada para todos.
No tenía trabajo fijo, la empresa de servicios de Sepelio cerró el 21 de
diciembre y nunca más se supo de los dueños, y el servicio municipal estaba
atestado con los casos de indigentes que habían sido asesinados en aquella
revuelta.
Esther durmió otras dos
horas.
9
Antonella
Ser la esposa de Rodolfo en 1980 era
todo un orgullo.
Se levantaba a las 4.30 con él y
antes que saliera de su baño matinal y acicalamiento obligatorio, retocaba la
camisa y la chaqueta para que nadie en el trabajo insinuara que su mujer era
una abandonada. No le importaba que Claudia le haya dejado todo preparado en el
perchero personal. Ella aprovechaba y le daba el toquecito de amor necesario
para mantener la llama siempre encendida. Aún hoy se pregunta si lo hacía por aplicada o por miedo
a que decidiera abandonarla de buenas a primeras. Conocía sus arranques
producto de una personalidad fuerte, la genética de Francisco y de la formación
profesional. Analizándolo en perspectiva y segura desde este reposo absoluto,
consideró que era miedo.
Él salía, se terminaba de peinar
esos grandes bigotes negros y en absoluto silencio se vestía en el cuarto.
Tenía ese pudor de no quedar desnudo frente a ella, en ninguna circunstancia
que no fuera producto de un acto amoroso. Era de otra época. Le preparaba el
café negro y amargo y juntos desayunaban. Cada mañana le preguntaba:
-¿Me seguís queriendo?-
sin levantar la mirada y sorbiendo el café. Esperando la respuesta correcta.
Ella luego del silencio
que provocaba tensión le respondía.
-Como cada día.
Hasta el bocinazo de Mario
que retumbaba en la cuadra y tanto le molestaba . Qué raras suelen ser las amistades a veces. Rodolfo conoció a Mario durante un partido de All Boys
en la Paternal, en una gresca de aquellas típicas de barrio contra barrio por
una pitada del réferi antes de tiempo cuando el delantero de Huracán avanzaba
sin barreras hacia el éxito. Se pegaron tanto que decidieron acompañarse hasta
el Hospital de Agudos y dejar que les cocieran las cabezas en fila india.
Caminaron hasta el bar de la esquina insultando al réferi vendido y se tomaron dos
vinos cada uno para celebrar la nueva amistad. Nunca más se separaron, salvo
que los equipos se enfrentaran. Lo triste de aquel encuentro es que su padre no
presenció esa muestra de machismo inútil, pero que tanto gustaba a Francisco.
Él estaba en el gimnasio con su hijo Jeremías. Preparándolo para que sea hombre
de verdad. Siempre entristecían a Rodolfo aquellas escenas. Tal vez esa
desmesurada pelea con Mario era una muestra de que él también podía ser muy
macho cuando se lo proponía. Sería muy macho a partir de ahora. Tanto que media
familia le temería.
Años después Antonella lo vio entrar
en el baile del Club Porvenir cuando la cancha estaba colmada de gente porque se
presentaba Palito Ortega. Se casaron
seis meses después cuando tuvo su primera salida. Mario fue el padrino. Hubo
que chistarlo durante la ceremonia porque se reía sin parar de los nervios.
Siempre se reía. Tenía ese
espíritu festivo de la gente sencilla y sin problemas. Rodolfo, en cambio, era
demasiado serio y le irritaba la risa nerviosa de su amigo.
Ese amigo fue, por mucho
tiempo, el punto de discordia familiar. El Teniente no había elegido a un
familiar como padrino de la boda. No había querido elegir a nadie de su entorno
familiar para que lo acompañara en la Iglesia de la Merced, la misma donde había
sido bautizado, tomado su comunión y confirmado en los sacros sacramentos de la
Iglesia Católica. Aislado del clan, denostado como insano, cruel y mal hijo, se
casó con medio templo con familiares de su esposa y sólo Cecilia, la enfermiza
que en su niñez cuidaba en la cuna, de pie y llorando en la mitad de templo
vacío por los Guzmán Altolaguirre. Estaban ocupados festejando el ascenso de
Jeremías dentro de la fábrica, que años después lo despediría como una rata,
cuando todo explotó sin sentido.
Cuando Mario tocaba la bocina por las
mañanas, Rodolfo salía rezongando por el jardincito de rosas hasta la puerta
del tapialito y el otro, conociéndolo, volvía con la bocina para apurarlo. Eran
un show todas las madrugadas del año.
Era una delicia, para Antonella, levantar
a cada uno para ir a la escuela. Les retocaba los guardapolvos y salían dos
para el Nacional, dos para la escuela primaria Juan Vucetich y la más chiquita
para el pañal y la mamadera de las 8.
Era un ama de casa feliz. Lunes y
jueves puchero, martes y viernes pollo con papas, miércoles milanesas, sábado
el asadito de Rodolfo y el domingo las pastas caseras. Le encantaba saber que se levantaran con el olorcito a
salsa para los tallarines. Los servicios se descontaban del sueldo y la cuota
de la casa iba para el Hipotecario.
La casa que le habían conseguido
en el Cuartel de Bernal. Era la típica vivienda chalet de la época de Perón.
Dos dormitorios, baño, cocina-comedor, living y porche con techo de tejas rojas
a dos aguas, jardín con caminito y varias rosas que adornaban la entrada.
Agregaron hacia atrás dos habitaciones cuando llegaron la tercera y cuarta y un
fondo con gallinero y árbol para la hamaca y el sultán. Le gustaba saber que su
marido era bendecido con una prole importante. Sobre todo, con las calumnias
que le rezó su padre en la cara, el día que Rodolfo le dijo que no necesitaba
una prostituta barata para calmar su hombría. Tildado de raro por los otros dos
hombres de la familia y mirado con recelo por los muchachos del gimnasio,
decidió alejarse del barrio de toda su vida y encontrar su lugar en el mundo.
Fue allí cuando en una baja de soldados que habían desaparecido, se ubicó en la
casita que el Cuartel tenía para los soldados que venían del interior y en
aquel chalecito, entonces, nacieron todos sus hijos y nunca más se fue de allí.
De cuando en cuando dejaba plata en el buzón de la casa de los padres. Esther lo escondía en el mismo baúl que guardaba el
ajuar de casada, con el camisón bordado por la tía. Nunca usó ese dinero, ni
siquiera cuando pasó lo de Jeremías.
Cuando Rodolfo se enteró del número
seis decidió tomar cartas en el asunto. Despidió a Claudia y empleó al mayor en
la despensa de don Humberto para que tenga
una entradita y pueda pagarse los
estudios en el Terciario. Si bien ya lo habían ascendido en el escalafón no
cerraban las cuentas después del veinte de cada mes. Lo llamaron, después de
mucho insistir, para unas guardias nocturnas. Se habían producido otros
levantamientos consecuencias de la necesidad de desestabilizar el sistema,
entonces necesitaban mayor control y eso traía dinero a los bolsillos de los
guardias seleccionados para tal fin.
Una tarde llegó antes del turno y dijo que en la Costurería General necesitaban
una auxiliar para corte y confección. Si bien Antonella estaba educada en
colegios privados y su padre tenía un pasar acomodado, la mamá la había hecho
estudiar en la Escuela Técnica Nº1 como Costurera Profesional. Siempre era
importante conocer las habilidades necesarias para llevar adelante un hogar.
Por lo tanto cuando salía del Colegio del Huerto, Antonella bordaba, cosía y
tejía esperando el momento de poner en prácticas sus habilidades como buena ama
de casa. Lo pensó, aceptó, la tercera y
la cuarta cuidarían a la chiquita y se inscribió en la lista de aspirantes. En
cuanto notaron el corte y la toma de la tijera decidieron inmediatamente que el
puesto era para ella.
¡Qué alegrón! Hubo festejo aunque
en el fondo Rodolfo sentía esa desazón típica de los primeros hombres que
tuvieron que aceptar una ayuda económica de su mujer.
Seis meses después, tenía un grupo
a cargo y cuando nació el sexto le llevaban los cortes junto a la cama para el visto
bueno.
Al año siguiente despidieron a
cinco empleadas que hacían el bordado a mano de los uniformes de gala. Hubo una
reunión muy importante y un oficial se presentó como el nuevo Jefe. Conociendo
su apellido y el currículum de su esposo, Antonella era tratada con demasiada
pleitesía.
Durante un largo tiempo se veían muy poco
con su marido. Lo pasaban a buscar a la madrugada y no volvía hasta la noche
con olor a cigarrillo, extremadamente cansado y con mal humor. No hablaba.
Comía algo y se desmayaba en el sofá del living mirando el noticiero oficial
“60 minutos”. Todos entendían el sacrificio que hacía para que los ocho
estuvieran bien. Esas changas nocturnas lo estaban matando. Todos caminaban en
puntillas y evitaban gritar porque tenía grandes ataques de furia si se
despertaba exaltado. Una madrugada de invierno casi estrangula al segundo que
salía del baño en calzoncillos. Entre gritos y súplicas lograron hacerlo entrar
en razón y lo soltó. Lo abrazó y lloró con el muchacho más de 20 minutos.
-¡No va a volver a
ocurrir!....por favor…no va a volver a ocurrir….- gritaba exaltado y se encerró en el baño por
dos horas. Llorisqueaba, aunque a nadie se le ocurrió recordárselo a la mañana
siguiente.
Aquella oportunidad todos se
dieron cuenta que algo le estaba pasando. No era sólo cansancio. Sin dudarlo
estaba pasando por una etapa de mucha presión laboral. Las discusiones
familiares en la sobremesa de los domingos obligaron a cambiar las costumbres,
los mayores almorzaban después de las trece cuando el padre ya estaba
durmiendo.
Una mañana de otoño, Esther
apareció en la puerta de calle, golpeó las manos y cruzó la veredita de rosas hasta el porche de
la casa de su hijo. Temblaba.
Antonella abrió y quedó sosteniendo lágrimas,
con el dedal en el índice de la mano derecha y la más chica agarrada del
vestido.
-¡Esther!- gritó.
-Hola hija. ¿Puedo
pasar?- preguntó temerosa.
Fue un abrazo prolongado de
cuerpos que se necesitaban. No hablaban. Estaban ahogadas de pasado y penurias
de mujeres que sufrían, en silencio, las decisiones de sus maridos.
Se reinició el mate y las
babas de la más chiquita humedecieron el vestido azul de la abuela. Todo
perdonado entre las tres mujeres, comenzó una sarta de consejos de cómo tratar
a un Guzmán y de los delirios de los hombres de esa familia. Allí Esther se
enteró que su hijo lloraba de noche entre sueños y pesadillas y que nombraba a
un tal Miguel.
-Mi querido Miguel-
sostuvo Esther.
Luego de un prolongado
silencio Antonella también conoció aquella historia.
Se despidieron cerca de las
once, justo en el momento en que las amas de casa comienzan con los ajetreos
del almuerzo. Prometieron volver a verse de cuando en cuando y sin el
consentimiento de ninguno de los hombres de la familia.
Después de un buen tiempo notó que Mario no
tocaba el bocinazo por las mañanas. Cuando preguntó, sobresaltada porque
Rodolfo salió del baño desnudo y caminó hasta la habitación, contestó con una
especie de gruñido:
-¡No trabaja más! Pidió
la baja- respondió en forma autómata y esquivando los ojos de su mujer.
Pensó que otra pregunta,
en aquella situación, sería incómoda. Nerviosa le dijo que el uniforme estaba
listo sobre la silla y no obtuvo respuesta.
Un domingo de julio a las once de
la noche tocaron el timbre. Preguntó quién era y le dieron la clave que
Rodolfo le había enseñado. Respondió,
abrió y recibió la noticia.
Fue muy difícil asimilar la nueva
situación.
En varias oportunidades a la hora
del mate cocido, cuando las máquinas dejaban de coser, se hablaba de la
subversión y de los grupos paramilitares, pero Antonella nunca entendió qué
hacían y para qué los contrataban. Se atenía a las órdenes de su jefe
- “Aquí
no se habla, no se piensa, no se opina, se trabaja”!
Y le parecía tan obvio el
contenido de la frase que no las entendía a las otras que ofuscadas se reunían
en el ante baño para cuchichear sobre
disparates de grupos comando y no sé qué otra pavada que decían.
La verdad tiene tantas formas de
abrirnos los ojos como manías ponemos en práctica para negarlas.
Lo lloraron
mucho al pobre Mario.
Años después sola, desprestigiada y
olvidada en un reposo de ancianos, pudo entender por qué Rodolfo abandonó la
formación y se fue en aquel Falcón verde cuando la familia de su amigo lloraba
en la sepultura.
10.
Últimas noches
El vientre ya era una
bolsa y las piernas envueltas en fajas por las várices, más canas que alegrías
y con un desorden general de su andar cotidiano, la madre de todos decidió,
con desatinada demencia terminar con aquella
somnolencia de más de treinta años.
Dormía cada vez menos.
Esperaba las campanadas del templo de La Merced y dormitaba entre las seis y
las seis cuarenta de cada mañana. Era la hora de relajo total de su mente.
Cuarenta minutos de muerte súbita que la dejaba como nueva después de transitar
las noches como fantasma aletargado entre las telarañas del pasado y las del
cuarto de Jeremías. Allí cada noche lo despedía frente a una foto de familia
con dos margaritas blancas del jardín que sobrevivió a las distintas
construcciones de los vecinos. Caminaba revisando las hornallas, los picos de
gas, las canillas del lavadero, dividía la ropa de color con las del mameluco
que aún usaba Francisco para el gimnasio, miraba televisión, cosía las medias y
arreglaba la ropa de los hijos de Cecilia.
Gracias a Rodolfo, el
marido de Cecilia ascendió en el trabajo y las cosas mejoraron para ellos. Su
hijo mayor, orgullo de Cecilia, era abanderado de la Juan Vucetich y eso le
llenaba el pecho de orgullo a su tío Rodolfo que lo contactó con sus antiguos
amigos de la fuerza. El chico era obediente e inteligente, armas necesarias
para avanzar en este rubro. Hizo todo lo que estuvo a su alcance para que
ingresara a la fuerza y avanzara en sus estudios. Nada de eso pudo lograr con
alguno de sus hijos que optaron por la terrible decisión de estudiar Filosofía
y Letras el mayor y Comunicación Social el otro. Las mujeres fervientes
defensoras de los derechos humanos le hablaban lo necesario y cumplían con las
reglas sociales mínimas, fiestas de familia, Semana Santa y Navidad. Luego
Rodolfo y Antonella, dividían sus días entre discusiones acaloradas y lagunas
mentales sentados en la vereda de la casita de la época de Perón con las rosas
y las rejas de color verde.
Luego del 83, lo citaron a
declarar y lloró frente a todos. Fue la etapa más dura de la familia, mucho más
que cuando eran niños y al padre le daban esos arrebatos temibles contra todos.
Golpeaba a su mujer como antes lo hacía su padre con Esther, y todo estaba
bien. Y Antonella se levantaba del suelo maquillaba sus dolores y ponía la pava
para el mate para calmarlo y entenderlo. Los vecinos lo escracharon en la pared del almacén donde trabajó
su hijo mayor en su adolescencia y el Director de la escuela de
sus hijos más chicos, le pidió gentilmente que no fuera a los actos escolares,
luego del último incidente toda la comunidad lo repudiaba con la mirada,
comentarios mínimos y la Asociación Cooperadora, que antes le pedía favores
cuando todos sus hijos eran chicos, le quitó el cargo de Revisor de Cuentas.
Luego de las notas en el diario local, los periodistas en la vereda y el
tsunami de insultos en pequeños papelitos que aparecían entre las rejas cada
mañana, Rodolfo decidió retirarse de las Fuerzas Armadas y buscar un trabajo de
ocho a dieciocho que lo mantuviera ocupado y fuera del barrio. No fue fácil.
Donde iba encontraba gente que lo conocía, tenía referencias suyas, lo había
visto por televisión o lo relacionaban con otros violentos institucionales de
dos décadas atrás. Finalmente el hermano de su mujer lo ubicó en una oficina de
Correos durante el primer gobierno peronista luego de la democracia. El típico
matasellos de ocho horas diarias, sin autoridad para decidir ni para crecer en
jerarquías, el puesto de los acomodados, el de los inútiles o el de los que
debían esconderse en un cubículo de dos por dos durante unos años hasta que
alguien volviera a encender la mecha.
Fue así como una mañana
disfrutaba en su televisor de caja cuadrada y enorme, el caos en las calles del
país. Soñaba con volver. Esperaba la llamada. Se sentaba con el mate y el
diario junto a un teléfono gris, con nuevos botones blancos, deseando que sonara la voz de
mando y que le devolvieran la estirpe y el orgullo perdido. Pero no sucedió.
Sólo fue el llamado de Cecilia para contarle lo de Jeremías, la Plaza de Mayo y
toda esa tragicomedia que, para él, debía ser el momento de “encender la mecha”.
Otra vez su hermano, otra
vez su padre, su hermana y su madre sonámbula, llorando y pidiendo por su
hermano menor, todos parados en el caminito de rosas. Y los miraba como
atontado y odioso. Con esas ganas enorme de cerrarles la puerta en la cara y
que desaparezcan, que se vayan de su casa, de su caminito de rosas, de su
familia elegida, de su vergüenza, les deba vergüenza tenerlos llorando en la
veredita, los odiaba, le daba lástima verlos desarmados en lágrimas clamando
por un desorejado, por la patria, por la familia. Y les cerró la puerta en la
cara. Y lloró su decisión encerrado en el baño de siempre con azulejos blancos
separados por pastina gris. Lloró de odio. Porque cuando lo llevaron esposado
al Juzgado, cuando salió por los noticieros, cuando su familia quedó sin
dinero, cuando sus suegros y cuñados lo olvidaron, cuando no había más fiado,
cuando todo se puso oscuro, todos los Guzmán hicieron silencio. Esa familia que
ahora clamaba por Jeremías defendió los intereses y valores revolucionarios de
su hermano menor y recordaban y hacían misas en memoria de Miguel y había fotos
de ambos en la Cocina de los Guzmán y no tenían ni una sola imagen de sus cinco
hijos que eran parte de la familia elegida por el único que supo acompañarlos
cuando necesitaban apoyo, cuando Cecilia no podía pagar la luz, cuando el
hermanito menor debía fortunas en las timbas del bajo y salía Francisco a
boxear por dos mangos y romperse la cara para pagar las deudas de su hijo
menor, pero nadie supo reconocer el esfuerzo del hijo mayor. Por eso les cerró
la puerta en la cara y escuchó en sordina los improperios de Francisco, su
padre, que quería tirar la puerta abajo, que maldecía la hora que había sido
padre de un maricón, torturador y milico, que le daba vergüenza ser su padre y
tantas cosas más que se impregnaron en el brazo derecho cuando Antonella le
clavaba las uñas para sostenerlo y evitar una tragedia.
Así fue como se rompió
los nudillos de la mano derecha contra los azulejos y su grito agónico salió
por la ventanita del baño mezclado con lágrimas
y mocos de treinta años de agobio familiar. Nadie escuchó sus alaridos porque
estaban ocupados buscando sus ahorros en las puertas de los bancos, internados
en las urgencias de los hospitales, ocupando camas de metal en alguna morgue o
deambulando como muertos vivos con ollas y garrotes en las calles, para
reclamar a la patria lo que la pobre ya no tenía: Dignidad.
11
Inevitable
Cecilia los acompañó
hasta la morgue municipal y allí encontraron a Jeremías. Francisco deshizo una
puerta a patadas y lo encerraron dos días por averiguación de antecedentes.
Cuando salió ya no era el mismo.
Esther lloró sin saber
si era parte de la realidad o estaba soñando. El golpe en la cabeza que le
dieron en Plaza de Mayo la había atontado más. Preguntó si había pasado o era
consecuencia de alguna caída producto de sus sueños cruzados. Y estuvo largo
rato sentada en el patio de atrás despabilándose como podía, abrazada a una
foto de Miguel y la remera de su hijo que le trajeron de la morgue.
La semana siguiente
durmió tres horas.
Ya alejada de las noches
interminables de lo miércoles, cuando su marido quería sexo sin tapujos, se dio
cuenta que se estaba quedando vacía. Ya no lloraba a su hijo, ni visitaba a su
nuera y nietos por estricto pedido de su marido, que no recordaba los nombres
de los hijos de Rodolfo y que tampoco sus caras. Luego, las discusiones con
Cecilia, porque cada vez que se encontraban le preguntaba por Jeremías y no se
molestaba por recordar los nombre de los hijos de su única hija. Estaba
olvidando lo esencial. Perdía el interés por su familia. Estaba aceptando que
era una mujer cualquiera que sólo le importaba cumplir con el orden establecido
por su marido, ese que aún seguía durmiendo a su lado y que no había decidido
cómo eliminarlo.
La mañana siguiente se
apersonó en la Iglesia de La Merced. No había nadie. Estuvo parada en la puerta
con escalones de mármol gastados en el centro y la reja española entreabierta.
Algo le impedía y a la vez la atrapaba de aquel templo. Recordaba su ingreso de
impecable vestido blanco, llena de ilusiones, luego con su primogénito pesado e
inquieto, con la llorona de Cecilia y el pequeño Jeremías a bautizarlos,
disfrutar del cuerpo de Cristo en la primera comunión y la confirmación de cada
uno. Cada tiempo distinto, con cansancios distintos. Subió un escalón y le
pareció escuchar las campanas, las mismas de cada mañana, las que escuchaba
desde su cocina, como llamándola, como custodiando el poco equilibrio que le
quedaba. Subió otro escalón y otro y otro. El frío del lugar la conmovió, el
silencio desasosegado la envolvió suave y abrigando sus temores. Se estremeció,
como cuando el escalofrío la sacudía entre cada sacudón de su marido. No pudo,
por un buen rato, levantar la mirada hacia el altar. Sentía vergüenza, culpa, remordimiento,
nudo en el estómago hasta que largó un suspiro largo y explotó en lágrimas
hasta el primer banco del fondo donde se sentó a contar todas sus penas. Nadie
le respondió, como siempre, pero no necesitaba la palabra de alguien que nunca
la entendería, sólo vació su corazón de odio en ese templo de Dios que la había
visto feliz, que la sabía católica y comprometida. Salió a vereda como nueva.
Era otra. No supo si había sido perdonada, pero tenía la certeza que no podría
volver atrás. Volvería a ese banco que le había hecho mucho bien. Mucho más que
los innumerables psiquiatras
Todos se alarmaron cuando
durmió ocho horas seguidas. Llamaron al médico de familia y éste dictaminó que
lo de Esther era complicado. Debía ajustarse a un tratamiento estricto de
sedantes para que descansara. Estaba al borde de un shock psicológico. Habían
caído en la cuenta que llevaba semanas
sin dormir hasta que cayó en la cama de Jeremías para dormir todo ese tiempo.
Como todos se habían acostumbrado, nadie preguntaba si había descansado lo
suficiente. Francisco la veía de pie, cuando se acostaba y cuando lo despertaba
con el mate y las tostadas a las seis de la mañana, cuando volvía a las doce y
cuando se iba a las catorce. Sola, entre delirios de fantasmas que se
acumularon en los rincones de la casa, Esther se olvidó de dormir. No quería
dormir. Ya no era una cuestión de insomnio, era una necesidad de estar
despierta para cuando volvieran todos.
Estaba abandonada a sus
delirios, limpiando muebles impecables y tendiendo camas que nadie usaba,
cocinando para nietos que nunca pisaron su casa, durmiendo cada cinco minutos,
dejando las puertas abiertas, cambiando el agua de las margaritas de Jeremías,
mirando la nada, decidió una tarde de otoño, terminar con tanto sueño
acumulado.
Un jueves se detuvo frente a la farmacia de Gervasio, el
mismo de toda la vida, extendió la receta del médico y el farmacéutico le dio
la mano en un gesto de bondad único en su caso. Supo que Esther se había
decidido a dormir.
Cruzó la calle, saludo a la
vecina del kiosco de revistas, con la que presumía su marido había tenido algún
amorío y creyó ver junto al jacarandá florecido, a las cuatro viudas de la
esquina sonrientes, nerviosas con ese estado alterado y el acostumbrado
cascabeleo que todos sentían cuando pasaban
junto a ellas. Esther se asustó y apuró el tranco hasta la puerta con la
manito de bronce, entró y volvió a mirar por el agujerito de la puerta. Pensó, sintió que las viudas la
seguían. Con el ojo extraviado contra la madera, notó que no habían retirado
aún el adorno de navidad. No veía nada y sólo el borde del gorro de un papá
Noel desteñido le mostraba una sombra junto al portón de entrada. Se aceleró su
corazón. Fue hasta la cocina y cerró la puerta de hierro, escuchó llorar a un
bebé en la habitación de Cecilia, corrió hasta la puerta del cuarto, encendió
la luz y nadie ocupaba ese espacio, volvió a la cocina, se tranquilizó, prendió
el televisor. En la pantalla uno nuevo, pero igual a otros, daba su discurso
desde la Casa Rosada. Se detuvo a observar la imagen, no entendía si era un
documental sobre una historia repetida o era realidad del subdesarrollo. Caminó
hasta su cuarto. Decidió descansar. Francisco aún dormía. Lo observó
detalladamente.
12
Esther era cobarde
Sí. Esther era cobarde. No
pudo afrontar las distintas realidades que impuso para ella, la sociedad
machista y, por ende, egoísta de su generación.
Jamás se atrevió a
reorganizar el orden despótico de su madre, ni de su padre bonachón al que nada
le interesaba más que sus almácigos de acelga y remolacha mezclados con las
hortensia heredadas de su madre, un marido enfurecido de hormonas masculinas
hasta las orejas, un no privado siempre de sí, de ensimismamiento controlado desde
lo externo, por una sociología tan joven que no pensaba en la mujer porque
tampoco abundaban mujeres que la estudiaran. Muchas que la palparon y
defendieron flotaron en el Río de La Plata. Siempre un no. Un no rotundo a
dormir.
Un egoísmo celebérrimo que le exigió
represión. Mortal represión entre sus músculos tensionados como ese instante
previo a una tormenta estival, siempre con ese miedo a lo inaudito, a lo
desconocido, a lo tremendo que puede ser una gran tormenta que no hay que mirar
ni enfrentar, sólo dejarla pasar, apretar las mandíbulas y rezar para que todo
pase rápido. Una represión en silencios noctámbulos cuando su cabeza explotaba
en culpas. Sentía culpa por soportar tantas normativas impuestas y no hacer
nada, por aguantar a ese esposo mastodonte los miércoles por la noche con
locuras que leía en el kiosco de Esteban en esas revistas sucias que encontraba
en la mochila del boxing; de escuchar las prerrogativas de su madre y sus “
supuestos” sobre todo el mundo, de su nuera, de sus hijos y de los hijos de sus
hijos sordos y autistas en un mundo de cables y consolas que nada remitía a la
conversación y consejos oportunos que toda abuela debería dar a sus nietos, de
lo cobarde que fue cuando escuchaba gritar a Miguel en el pasillo vecino, a no
decirlo jamás a nadie por miedo. Culpa y miedo, de la mano en sus insomnios
infernales, infierno-insomnio, infierno-sueño, infierno-culpa, culpa-miedo,
miedo-cobardía.
Se despertaba hablando
sola. Continuaba la conversación de diez minutos atrás cuando aún la escuchaba
su marido. Pero ya estaba sola. Se despertaba sobresaltada con el golpe de la
puerta de calle, agobiada pensando si había dicho algo indebido y, como los
borrachos, vomitar toda su interioridad en un estado de letanía matinal.
Esperaba entonces, ansiosa el regreso de Francisco y, en silencio, como
siempre, deseaba que la conversación fuera normal.
-¿Cómo te fue hoy?- con
voz tímida y restregando sus manos en el delantal de siempre
-Bien- Respondía entre
gruñidos inentendible, tiraba el bolso en el suelo y pasaba al baño.
Continuaban con los
precios de los guantines, la boleta de la luz, el gas del gimnasio y la casa.
Ella respiraba cuando la conversación se desarrollaba así, hueca, inexpresiva
sin ningún interés en el otro y durante todo el almuerzo.
Ya se había acostumbrado a
las suaves cachetadas que le daba Francisco para despertarla en medio de una
charla, luego para que le sirviera la comida, de cuando en cuando al probar
sopa con azúcar o los huevos fritos quemados. Así como normal y natural y
reconociendo sus culpas aceptó las cuotas diarias de cachetadas amorosas.
Hasta que se hartó.
13
La noche va llegando a su
fin
Todos los conflictos en su
vida de familia se debieron, en el fondo, a situaciones que se dejaron pasar, a
cuestiones cotidianas consideradas como tales y sin mayores análisis que
permitieron traducir en “normales” a cuestiones que eran poco normales.
Así la mañana del incendio
resultó casi un episodio normal y esperado en sus vidas.
Esther dormida en medio de una
mañana “lagañosa” como decía su marido, encendió la hornalla y colocó la plancha
con los dos bifes que haría para el almuerzo. De pronto oyó el golpeteo de la
hamaca en el jardín y acudió al grito desesperado de una niña que, ahogada en
una tos tuberculosa, gesticulaba su inmediato desmayo. Esther detuvo el vaivén
de la hamaca, bajó a Cecilia y entre retos y reprimendas tradicionales, le
aplicaba masajes en el pecho como todas las mañanas lagañosas de otoño. A lo
lejos una neblina espesa las cubría, rara sensación de ahogo, aromas de
mediodía, mantel de hule y platos enlozados con bordes verdes, alguien aprieta
los brazos de Esther desde atrás y un griterío infernal las cubriría a ella y
su almohada de 20 minutos.
Los vecinos alarmados,
llamaron al 911 y de inmediato llegaron los bomberos, la calle cortada y un cortejo
de vecinas de ruleros y delantales de cocina, franqueaban el paso de Cecilia
que peleaba por hacerse paso e ingresar a ver a su madre.
El delantal, la plancha
recalentada, los bifes con la costra de la grasa, la bolsa de nylon cerca del
fuego, la botella de alcohol para los masajes, la cortina cuadrillé y los
veinte minutos de siesta parada frente a la cocina, hicieron las veces de
indicios de un humo negro y espeso que casi permite alterar el insomnio de
Esther.
Fue a la tarde cuando escuchó, en medio del
mareo y las náuseas del humo, a su marido hablar con su hija.
-Esto ya está
bueno…habrá que internarla- dijo y quedó
mirando a su pequeña hija-mujer y no pudo sostener la mirada firme.
Cecilia con los nervios
contenidos en los costados de la cara, justo debajo de la barbilla y las mandíbulas
apretadas, en una posición como para dar
un cross de derecha y apabullar al contrincante, como cuando uno desea contener
el llanto y no puede, como queriendo no explotar enseguida, sino masticar el
mensaje recibido y esperar el momento oportuno para explotar como una fiera.
-¿Vos me estás hablando
en serio?-dijo con voz casi ronca, de cantante de tango amanecido.
-Hija, tu madre está
enferma y…
-¡Mamá está sola,
abandonada por vos! Creíste que nunca iba a pasar esto porque nunca la miraste
ni prestaste atención a sus pedidos ¿Sabés cómo se siente?¿Qué siente?¿Cuándo
fue la última vez que le preguntaste cómo se siente?
Francisco sintió
arder en su interior la sangre de macho a quien ninguna mujer le había
levantado la voz en toda su vida, y mucho menos su hija. La miró, estudió dónde
pegar mejor, analizó la estrategia para producir el know certero y vomitó con
cara de ángel y el rulo en la frente lo que había guardado una serie de años.
-¿Quién te crees que
sos para hablarme así? La simple mujer de un empleado que nunca ascendió en un
jodido puesto de trabajo, porque no quiso coquetear con el jefe gay que lo trae
en el importado gris hasta la puerta de tu departamentito de dos ambientes
pagado con el esfuerzo de este boxeador que los mantuvo toda la vida- le espetó
sin tomar aire y tornando un color morado y continuó.
-Esa, la tuberculosa que no soportaba ser la
segunda, siempre, hasta hoy. Esa escuálida mujer sin nada de orgullo que aceptó
ser lo que es: una fracasada!
Quedaron en silencio.
Juntos. Enfrentados en la mesa de la cocina con el mantel de hule a medio
quemar. En el cuarto contiguo a Esther le rodaba la lágrima de siempre hasta la
nuca.
-¡Sos tan básico papá!
No tenés el más mínimo vestigio de humanidad hacia esa mujer que te soportó
cuarenta años.
-¡Nadie soportó a
nadie! Ella es mi mujer y yo su marido. Yo digo lo que hay que hacer y ella lo
hace. Así funcionan las cosas en una familia. Cuando el orden se altera ya
nadie sabe lo que debe hacer. Y ese, precisamente ese, es el principio del
caos.
-Ese es el pensamiento
que te define. Un machista que no le importa nada de su mujer. Mamá no es una
cosa que te pertenece, además…
Francisco subió
definitivamente el tono de voz, se fue elevando en la silla de totora de la
cocina, la remera verde se desplegó hacia arriba dejando ver el vientre y la
parte blanca de una nalga dura, el cuerpo de deportista se había diluido en el
tiempo, abrió grande, muy grande sus ojos claros y catapultó la frase final
-¡En mi casa nadie me
dice cómo tengo que actuar!- golpeó fuertemente la mesa de algarrobo con su
puño colosal y se terminó la discusión. O al menos era el efecto que usaba
cuando todos eran chicos.
Cecilia se paró frente
a él, sin bajar la vista y estuvieron así hasta que Francisco largó todo el
aire caliente por sus fosas nasales.
-¿No entendés que tu
madre está rara?- dijo y se sopló el
rulo, vencido por la tenacidad de su hija.
-¿Cómo que está rara?
¿No sabés que hace seis meses que no duerme y canta la canción de cuna
preferida de su hijo muerto? ¿Cómo no va a esta rara?
-No me refiero a eso-
dijo afligido y se volvió a sentar corriendo la silla de totora.
-¿Entonces?- sostuvo
Cecilia sabiendo que había ganado la partida.
-Hace tres miércoles
que no quiere tener intimidad conmigo- y bajó la vista mirando las flores
amarillas del mantel.
Cecilia respiró hondo. Muy
hondo. Contuvo esa especie de fusión entre odio y rencor, esa mistura rara
que disfrutan las mujeres cuando saben
que tienen a ese hombre que se revela desposeído entre sus manos, y mordiendo
su labio inferior, saboreó la decisión de su madre. Con los ojos aún más
brillosos espetó:
-¡Papá, mamá está
enferma. No podés decirme eso…ni siquiera pensarlo!
Pero para el animal
sexual de Francisco esa era el final de una etapa.
Esther, alejada del mundo pero atenta
al diálogo entre su marido y la hija intentaba una vocecita esquelética que los
nombraba con miedo. Una lágrima larga y gorda, doliente alentó a esa mujer a
delinear finalmente su plan. Abrió los ojos grandes y brillosos y con toda la
voz que aún le quedaba sostuvo:
-Me estoy cansando de
ustedes.
Ese lapidario mensaje
llegó hasta la cocina. Francisco y Cecilia quedaron asombrados. En tantos años
nunca había dicho semejante frase.
-Mamá no te preocupes.
Sólo conversamos con papá por un tratamiento para dormir- Cecilia miraba de
reojo a su padre y lo condicionaba a que siguiera con ese discurso.
-No esfuerces la
cuestión hija. Tu padre nunca supo mentir. Nadie lo hará cambiar de idea- suspiró
largamente mirando el techo- Nadie lo hará cambiar de idea.
Su hija apretaba las
manos venosas de su madre adormecida por un té que le había dado la
peti, una vecina medio curandera y medio bruja a la que todos recurrían cuando
el empacho era brutal o para calmar el llanto y la queja de los atacados por la
pata de cabra.
-¿Qué estás tomando?
–preguntó Francisco con voz dura y los brazos a la cintura en efecto jarrón.
-Un té que me trajo la
peti. Me calma la angustia y ayuda al sueño.
-Esa vieja bruja te da
yuyos y te saca vida y milagros de tu familia para ventilarlo en todo el barrio
¡Ya te dije que no la quiero acá!- dictaminó con todo militar.
-Es una buena vecina,
Francisco
-Buena para la lengua
¿Qué le contás cuando viene?
Cecilia conocía a su
padre. Sabía que, ese tono presagiaba un arrebato propio de su personalidad.
Cuando chica se encerraba en el lavadero para no escuchar llorar a su madre.
Miraba a ese hombre volcán que en cualquier momento erupcionaría lastimando
todo. Todo cuanto pudiese lastimar a su madre cada vez que ésta se revelaba
Y así fue.
El jueves siguiente, Esther fue a La Merced y
se sentó a mitad del templo, en los bancos de la derecha, junto a la imagen de
Santa Rita. Habló siseando con Dios, por más de una hora.
14
Adagio
Ya repuesta del episodio del
incendio, Esther se deslizaba por la
casa, lenta y dificultosamente. Observaba su alrededor, escudriñaba los
rincones de siempre, movía sus manos y rozaba los muebles como buscando un
vestigio de lo que ellos fueron, se palpaba los muslos, los brazos, los pechos,
el vientre buscando quién fue. Pero no se encontró. No era ella, era lo que el
destino le supo otorgar. En el fondo estas cuestiones de melancolía extrema se
alternaban con una música a modo de recurrencia, eran movimientos amanerados y monocordes, como si en su cabeza
sonara el Concierto número 2 para oboe
de Albinoni. Sobre todo sus finales, para nada prestos.
Otra vez era invierno y
el poco sol que ingresaba por las ventanas de la cocina golpeaba el trinchante
de la abuela. La casa se había transformado en lúgubre no sólo por los
manchones de humedad de cada esquina, fantasmas de una época de gloria, sino
por el silencio. Atroz silencio. En mayo había muerto Emerson, el último perro
de la familia. Sola. Felizmente sola, Esther y sus siestas alternativas parada
en cualquier lugar de la casa la transformó en un fantasma más de la historia
de toda su prole.
-Hoy es miércoles- dijo
suavemente como un susurro, como si hablara con el viento de ese invierno que
la encontró, a las ocho de la mañana, parada en el porche de la casa, con la
cabeza apoyada en la manito de bronce de la puerta de todos. El camisón celeste
y la robe de chambre de matelassé rosada, ruleros en decadencia y pantuflas con
pompones verdes.
-Buen día doña Esther-
gritó el canillita y le pareció raro verla tan estática. Estaba como congelada,
tiritando y con sus ojos en otro universo.
-Hola Pedro- contestó
sutil como con dolor en el esfuerzo de hablar.
-Soy Juan, doña Esther,
Pedro era mi viejo. El que le traía el Anteojito para los muchachos! ¿Se
acuerda?
-No
Juan dejó La Nación como
todos los días y se retiró despacio. Antes de subir a la moto ruidosa y
destartalada, preguntó:
-¿Está bien Doña
Esther?- le preguntó con tono cariñoso
-Sí- respondió la mujer
con una metálica y ensoñada voz
-¿Quiere que lo llame
al jefe? Lo vi recién en el Club levantando la cortina.- mientras la moto
estornudaba, en forma alternada, explosiones y humo blanco.
-No. Estoy bien. Espero
que venga mi mamá. Hoy es miércoles. Gracias.
La realidad era que ya
estaba harta de ver a sus abuelos deambulando entre paredes y a Don Gervasio de
sombrero negro parado en el patio de cuando en cuando, anunciando una lluvia
innecesaria. Nunca supo qué rol cumplía en esa familia y en la casa de los
abuelos. Cada vez que preguntaba de niña, le respondían que era un amigo de la
casa y se terminaban los detalles. Hoy, como venía sucediendo muy seguido, los
fantasmas aparecían sin previo aviso y, lo que más temía, era
que ya se detenían a mirarla.
Mientras las explosiones
se perdían entre los pocos árboles que aún sobrevivían en las veredas, Esther
comenzó a estornudar, acomodó sus manos entre los bolsillos gastados de su
camisón. Brillaron sus ojos en un momento cuando las cuatro viudas de la
esquina pasaron caminando lentamente por la vereda de enfrente. La saludaron
con la cabeza y ella desesperó su saludo con la mano. Las vio con cierto
recelo, como lo hacía cuando decidió mudarse a esa casa con toda la familia y
soportó los cuchicheos de todas ellas. Una detuvo la marcha y extendió las
manos. Esther agradeció y les gritó
-Gracias pero hoy es
miércoles y espero a mi mamá.
Las viudas se miraron y
compartieron una sonrisita cómplice, movieron sus cuellos como solían hacerlo y
continuaron su caminata etérea por la vereda de vainillas beige de toda la
vida.
Otro jueves en La
Merced. En primera fila. Su rostro extasiado en el Cristo y con ojos vidriosos,
implorando, esperando una señal de alivio.
15
Torta de almendras
Cuando todo
parecía perdido y ninguno de los profesionales consultados daba en la tecla con
el insomnio, la madre de todos se levantó un sábado a las siete de la mañana,
después de un leve descanso y decidió que sería un día inolvidable.
Como si nada
hubiese pasado en todos estos tiempos de revueltas familiares, comenzó a
ordenar el desquicio en su cocina, metió las cortinas en el lavarropas, cambió
el mantel quemado por otro con flores rojas, baldeó la cocina con productos
florales, reordenó los frascos con especias, barrió el gallinero vacío y en
cada ambiente de su casa, repasó estantes con los trofeos de su marido y de su
hijo muerto.
Cerca del mediodía
preparó un pollo bien adobado y destapó una botella de vino tinto para esperar
a su esposo.
Desde la cocina
económica, que estaba en el lavadero, se
destilaba un aroma a torta casera que inundó toda la casa.
Cuando se escuchó
el golpazo en la puerta, señal que entraba Francisco, retumbó sorprendentemente
“Rosa, Rosa” de Sandro en el grabador de la cocina y ella cantaba, mientras
revisaba el bizcochuelo, ¡Dame fuego, dame, dame fuego!! a voz en cuello desde el piletón de cemento
del lavadero. Estaba alegre.
-Negra…¿ Qué pasó?- dijo sorprendido él.
-Nada. Tenía ganas de ser feliz un ratito- mientras gritaba “¡Dame fuego, dame, dame fuego!”
-Está bueno. Me alegro mi negra- y la abrazó en efecto tenaza.
Bailaron
apretados, juntando sus desdichas. Comieron en la cocina, el pollo con papas,
tomaron dos vasos de vino cada uno y escucharon a los gritos a Palito Ortega
que, desde el aparador les decía, “A mí
me pasa lo mismo que usted, me siento solo, lo mismo que usted, paso las noches
llorando, paso las noches pensando, lo mismo que usted…”
-Te hice torta de chocolate con almendras- dijo emocionada.
- No me gustan las almendras. Ya lo sabés- sentenció con los ojos
vidriosos producto del vino.
Hubo un
instante donde la relación espacio-tiempo se esfumó y Esther casi pierde la
sonrisa delineada en forma grotesca por el pintalabios bordó. Él esperaba una
respuesta.
-¿Sabés o no sabés que a mí no me gustan las almendras?- le preguntó sin
mirarla, jugando con una miguita de pan sobre el mantel.
Ella no sabía
qué contestar. ¿Se había olvidado que no le gustaban las almendras? ¿Por qué le
había pasado eso?
-¿Era para mí la torta?-preguntó ya con la mirada fija en la cara de su
mujer que restregaba las manos en el vestido.
-¿Era para mí esta fanfarria o esperabas a alguien más? Yo te dije que
tal vez no vendría, cuando desayunamos- y corrió su cuerpo arrastrando la silla
de totora, mientras se desbarrancaba el
rulo sobre su frente traspirada.
-No- fue la única respuesta de Esther.
Francisco golpeó
la puerta de la habitación y se fue a dormir la siesta. Esther se levantó del
suelo, colocó hielo en su cara y comenzó a lavar los platos.
Era una tarde fría,
de esas comunes de invierno con sol espléndido que dan ganas de salir a tomar
mates a las plazas y visitar a los parientes. En esta casa hacía rato que
nadie golpeaba la manito del marco de la puerta. También era ideal para dormir
la siesta en una habitación oscura y cubiertos de una manta de lana. Esther
decidió acurrucarse detrás de su marido y escuchar, tal vez por última vez, esa
respiración de búfalo mezclada con aromas de alcanfor de las sábanas impecables
de una cama caliente. Lo abrazó desde atrás y él, en un reflejo ancestral, le
tomó la mano derecha y la apretó contra su pecho para que supiera que su
corazón latía por ella. Fue complicado soltarse, tuvo que esperar a que el
ronquido fuera acompasado y los distintos tonos dieran el ok para soltarse
lentamente. Antes de salir apoyó su mano en el corazón de su hombre y sintió
ese galope infernal de un motor V8 del Chevrolet del 50, eterno y potente,
deslizó su mano hasta los abdominales que en su etapa juvenil la deshacían en
placeres y se encontró con un vientre hinchado y tirante, fue un poco más allá
e intentó la entrepierna y tuvo momentos de incertidumbre pero se contuvo para evitar
que despertara. Percibió, junto a su espalda, el olor a hombre incondicional, a
menta y sudor de gimnasio. Recordó las noches de alegría y de dolor, los hijos,
los golpes, los desagravios, los innumerables “no”, los encierros y las
prerrogativas, su escuelita "Gregoria Matorras", sus sueños… y no dudó.
Deambuló por la
casa, con la cara amoratada, las manos raspadas por el golpe en el suelo y la
rodilla derecha en sangre por haber caído sin previo aviso. Cerró las ventanas
de la galería, las puertas internas de los dormitorios que se comunicaban entre
sí, típica casa chorizo de comienzo del siglo veinte donde,a cada paso, se asomaba un
familiar lejano de distinta estirpe y atuendo a darle una sonrisa, la abuela le
dedicó un beso magistral desde el borde del trinchante con las copas de cristal
y el nono abrió de par en par la puerta del fondo, antes oscureció los
ventanales con las gruesas cortinas rojas, se detuvo solo un instante en la
cocina determinó que ese sería el momento y la forma, luego caminó hasta el
fondo. Antes de salir cerró, desde fuera, la puerta de hierro de la cocina.
Se sentó en la hamaca, con la muñeca de
Cecilia, la remera del club de Jeremías, las medallas de Rodolfo, la foto de
Miguel y de impecable guardapolvo blanco cantó, voz en cuello, “La vestido celeste” de Pedro
R. De Ciervi.
No había podido ser
Julieta porque nunca hubo un balcón y su hombre nada tenía de Romeo; tal vez
una temerosa Desdémona con sueños de princesa, aunque no tenía intención de
terminar como ella. Recordó a pleno sol, el comienzo de “La campesina” de
Alberto Moravia y lo recitó con la poca voz que aún despedía:
-“Pero yo se lo di todo a mi
marido, cordón y zapato, porque era mi marido y también porque me llevaba a
Roma y estaba contenta de ir y no sabía que, precisamente en Roma, me esperaba
la desgracia”
En medio del
vaivén de la hamaca, cada vez más agitado, se desmayó hacia atrás, cayó en
medio del hueco de tierra que habían hecho sus hijos con zapatillas de lona
gastadas y se durmió. Por fin Esther
durmió, acurrucada a sus miserias.
Sobre el
tapial, junto a la higuera del fondo, las cuatro viudas la recibían con
aplausos y alegres manifestaciones de gozo.
A Francisco lo encontraron al otro
día. El gas de las hornallas había hecho estragos en su rostro. Aunque él no se
dio cuenta. Su sueño se prolongó entre aplausos y varios hurras de los
espectadores del Luna Park o, al menos, eso fue lo que la conciencia le dictaminó
en, desde ahora, su propia larga noche de insomnio.
Dedicatoria
A vos que tenés algo de Esther y a todas las mujeres que han sufrido, en
la espesura de la vida matrimonial, los embates desgarradores de nuestra
sociedad, de las órdenes familiares y del silencio obligatorio.
IGNACIO VILLANUEVA.
En la cuarentena del 2020.
