
Un corazón rayado en la madera.
Yo llegué puntual. Como debía ser. Te esperé nervioso junto al Aguaribay tan delgado que no pude esconderme de los curiosos. Cuando vi que aparecías temblaban mis manos y, de no ser por que me viste de lejos, salía corriendo por León Guruciaga. Estabas hermosa, etérea y melancólica, acaso tu arrebato propio de heroína haya causado un estropicio en la familia.
Nos sentamos en la última mesa de chapa con sillas de chapas y propaganda de PEPSI que había por la Avenida. Pedimos dos Fantas heladas y comimos maní. No hablábamos, no sabíamos qué decir. Era algo que nos llamaba desde la mirada obnubilada de nuestra virginidad en celo.
-Hace calor- dije
-Aja - dejaste caer de tus labios como quien no quiere la cosa.
No podíamos dejar de mirarnos. Y no nos importaba que se quejaran los de al lado pidiendo la mesa.
Pagamos. Te tomé la mano y no dijiste nada.
El Aguaribay mi guiñó un ojo viejo que se incrustaba en medio de las cáscaras y salimos a caminar mientras siseaban nuestras piernas con patas de elefantes. El tuyo celeste y el mío azul.
Eramos vírgenes de amor y soñábamos con la felicidad de los pobres. Esa que es cortita, que alcanza con poco.
Nos perdimos en una marcha lenta por los tirantes del viejo atracadero. Y nos dimos un beso.
Todos los aplausos los sentí en el alma, el del mozo con los brazos en jarrón bajo el farol recién pintado. Había olor a menta fresca en el aire que bajaba del caserío.
Y no nos importó embarrarnos los flecos de los jeans cuando volvimos a La pulmón.
Nos quisimos a rabiar.
Hoy pasé caminando, solo,con un andar lento. La esquina grita sus silencios. Me saqué una selfie, le guiñé un ojo al pasado y el farol, desteñido de angustia se sacó el sombrero.
Ignacio Villanueva- Marzo 2020
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