lunes, 13 de abril de 2020







Lo mató un yacaré.


                       Como no habían pagado las cuotas de  los tres últimos años, al cajón lo pusieron arriba de los caballetes del Mario, los que usaban para los asados en el taller. Herminda buscó unas calas y  gladiolos de estación, cortó una botella y con el agua del fuentón colocó las flores en abanico sobre la mesita destartalada.
                     Lo velaron en la galería. Techo de cinc,  masetas con malvones y un piso de ladrillo unido con barro, tan desparejo que a la pata izquierda del caballete que daba al norte, le colocaron una cuña  para que el Coco no quedara con la cara ladeada.
                  Cerca del mediodía, cuando los vapores empezaron con los estragos característicos en esa zona de calor, Juan sacó la primera damajuana. Fue suficiente para que los vecinos se acercaran a acompañar a la damajuana y de paso cumplir con el difunto. Sin que nadie se diera cuenta se hicieron las cinco de la tarde. Ya eran tres los envases vacíos tirados bajo los caballetes.
                  Fueron quedando pocos, unos se fueron a sus casas, otros a buscar los chicos a la escuela y los tres parientes quietitos contra  la pared de madera sin un gesto de dolor, sentados juntos sobre el banco de pino. No se manifestaban, no hablaban, miraban la puertita de alambre y el caminito de tierra. La modorra, el calor, el vino patero, les selló los labios morados. De repente uno despidió un suspiro  con dejo de angustia. El de la izquierda murmuró un ¡ En fin…!. El de la derecha y cerquita de la puerta de la cocina roncaba con efecto de vocalización lírica. Una mosca se detuvo en el gladiolo amarillo y una mujer, de negro, golpeó sus manos donde comenzaba la empalizada.
           Dos abrieron los ojos. El que roncaba ni se enteró, el del centro titubeó ¡ah, mirá vos!, en la puerta y como un huracán apareció Herminda sosteniendo las tiritas de la cortina, que aún se bamboleaban provocando el gozo del gato que las intentaba noquear con sus garras.
-¡Vo que querés acá!?- dijo  Herminda con el delantal  colmado de manchas.
             La mujer bajó la cabeza y sutilmente señaló el cajón. Sacó un pañuelito bordado y se limpió los ojos.
-¡Juan!, hacela pasar.- sostuvo la dueña de casa, secándose las manos y con intención de pelea.
            Juan era quien había sacado a relucir sus dotes de bebedor, cotejando la resistencia de sus compañeros de velorio y recordando las veces que se despertaban con el Coco, en las veredas de los bodegones del pueblo sin saber día y hora. Era obvio que no sería fácil para él, levantarse del banco, caminar hasta la puertita y volver al punto de partida. Pero la mirada de su mujer era tremenda. Inició entonces la tarea. Dejó el vaso de lata sobre la mesita de los gladiolos, apoyó sus brazos en lo que quedaba de banco, abrió bien los pies para tener base, se inclinó un poco hacia adelante y después del tercer bamboleo se puso de pié. Ahora vendría lo peor, la caminata. Una vez erguido sintió  un álito estival que lo sacó de eje, la puertita se mecía, la mujer de negro amagaba como para tapar una jugada de básquet, y las calas parecían un metrónomo. Se fue contra el cajón. Los otros  lo manotearon y el Coco quedó de lado contra el acolchado de cuerina, único detalle fino en su postrada rigidez.
         Después de  llegar a la puertita con tres porrazos en el caminito de tierra, la mujer de negro entró a la  improvisada sala velatoria. Herminda la miraba con esos ojos de lechuza, sudor en la frente y agazapada entre las tiritas para dar el primer zarpazo.
       La joven se acercó al ataúd y emocionada dejó caer las lágrimas sobre el cuerpo de su hombre. Extrañada, notó que estaba vestido con ropa deportiva.
-¿A qué hora fue?- dijo tímidamente la extraña.
- ¡A las ocho! – dijo Herminda
        A la vez que los  testigos dijeran horas disímiles.
-A las seis- dijo Juan
-Cerca de las diez- el del centro
         El tercero no se había despertado aún.
-¿Cómo fue?- dijo la mujer muy dolida.
         Herminda, pudo percibir el verdadero amor de aquella mujer, por su hermano. Olvidó por un instante la historia familiar y se dignó a ofrecerle un vaso con agua.
-Fue como tenía que suceder en algún momento. De repente, sin previo aviso, como pasan estas cosas. Una les dice hasta el cansancio que se cuiden…pero se creen el superman estos. Una los cuida, les avisa, les leo el horóscopo cada mañana, la Juana les leyó las cartas el sábado y les avisó. Pero qué querés mija…..estos son unos machistas de mierda. – sostuvo Herminda
-¿Qué sabe vo? -Dijo su marido, que comenzaba a  llorisquear como borracho desinhibido.
- ¡¿Cuántas veces les dije que con esos no se metieran?!- Exhaló Herminda
- ¡Fueron los chinos, fueron!- dijo el del centro.
-Perdón, ¿no entiendo muy bien que sucedió?-  dijo la muchacha, desesperada por entender
- Yo te voy a contar- dijo Herminda resuelta, restregando sus manos y levantando su ceja derecha. - Cuando vos lo dejaste al Coco, pensó en matarse. Bebió, se drogó, no volvía en cuatro o cinco días a casa y no sé qué otra cosas habrá hecho por ahí con estos tres!, la cosa es que una mañana mi patrona me preguntó si no sabía de alguien que necesitara trabajar, para barrer el taller.  Y lo mandé al Coco. Resulta que éste cayó bien y lo ascendieron a las máquinas. A los tres meses venía con pilcha nueva, plata para los asados en el bar, un celular y juerga todos los sábados. Empecé a ver cosas raras, viste? Y fui y le dije ¿vo en qué anda? Y me contó. Mi patrona, flor de sinvergüenza, tiene un taller donde explota chinos y bolivianos con costuras para las casas del centro. Ahí arman las pilchas que después los giles compran a cualquier precio como originales. Bolsas con marcas en pilchas de segunda. Cosió hasta el cansancio. Una noche decidió dar un paso difícil. Viste como era el Coco. Nada le alcanzaba. Agarró una bolsa de marcas y salió a venderla. Y la vendió, pero…..siempre hay un buchón. El jueves me dijo mi jefa que no necesitaría más de mis servicios y sin explicación me quedé sin laburo. El Coco desapareció todo el fin de semana. Ayer lo trajeron.
-No entiendo!- dijo la mujer desesperada por encontrar sentido al relato.
-¡Vendió una bolsa con la marca del yacaré, al sobrino del dueño del taller! Le vaciaron un cargador en las partes íntimas y le cortaron la mano. Lo dejaron  semidesnudo en el zanjón del mercado, eso sí con una chomba celeste y el yacaré en azul.
- Pero Herminda…no será con un cocodrilo?
- Mirá m´ija a estas alturas no vamos andar clasificando bichos…..aunque mi hermano, con la familia,  siempre fue un poco amarrete.
         

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