Lo mató un yacaré.
Como no habían pagado las
cuotas de los tres últimos años, al
cajón lo pusieron arriba de los caballetes del Mario, los que usaban para los
asados en el taller. Herminda buscó unas calas y gladiolos de estación, cortó una botella y con
el agua del fuentón colocó las flores en abanico sobre la mesita destartalada.
Lo velaron en la galería.
Techo de cinc, masetas con malvones y un
piso de ladrillo unido con barro, tan desparejo que a la pata izquierda del
caballete que daba al norte, le colocaron una cuña para que el Coco no quedara con la cara
ladeada.
Cerca del mediodía, cuando
los vapores empezaron con los estragos característicos en esa zona de calor,
Juan sacó la primera damajuana. Fue suficiente para que los vecinos se
acercaran a acompañar a la damajuana y de paso cumplir con el difunto. Sin que
nadie se diera cuenta se hicieron las cinco de la tarde. Ya eran tres los
envases vacíos tirados bajo los caballetes.
Fueron quedando pocos, unos
se fueron a sus casas, otros a buscar los chicos a la escuela y los tres
parientes quietitos contra la pared de
madera sin un gesto de dolor, sentados juntos sobre el banco de pino. No se
manifestaban, no hablaban, miraban la puertita de alambre y el caminito de
tierra. La modorra, el calor, el vino patero, les selló los labios morados. De
repente uno despidió un suspiro con dejo
de angustia. El de la izquierda murmuró un ¡ En fin…!. El de la derecha y
cerquita de la puerta de la cocina roncaba con efecto de vocalización lírica.
Una mosca se detuvo en el gladiolo amarillo y una mujer, de negro, golpeó sus
manos donde comenzaba la empalizada.
Dos abrieron los ojos. El que
roncaba ni se enteró, el del centro titubeó ¡ah, mirá vos!, en la puerta y como
un huracán apareció Herminda sosteniendo las tiritas de la cortina, que aún se
bamboleaban provocando el gozo del gato que las intentaba noquear con sus
garras.
-¡Vo que querés
acá!?- dijo Herminda con el
delantal colmado de manchas.
La mujer bajó la cabeza y
sutilmente señaló el cajón. Sacó un pañuelito bordado y se limpió los ojos.
-¡Juan!, hacela
pasar.- sostuvo la dueña de casa, secándose las manos y con intención de pelea.
Juan era quien había sacado a
relucir sus dotes de bebedor, cotejando la resistencia de sus compañeros de
velorio y recordando las veces que se despertaban con el Coco, en las veredas
de los bodegones del pueblo sin saber día y hora. Era obvio que no sería fácil
para él, levantarse del banco, caminar hasta la puertita y volver al punto de
partida. Pero la mirada de su mujer era tremenda. Inició entonces la tarea.
Dejó el vaso de lata sobre la mesita de los gladiolos, apoyó sus brazos en lo
que quedaba de banco, abrió bien los pies para tener base, se inclinó un poco
hacia adelante y después del tercer bamboleo se puso de pié. Ahora vendría lo
peor, la caminata. Una vez erguido sintió
un álito estival que lo sacó de eje, la puertita se mecía, la mujer de
negro amagaba como para tapar una jugada de básquet, y las calas parecían un
metrónomo. Se fue contra el cajón. Los otros lo manotearon y el Coco quedó de lado contra
el acolchado de cuerina, único detalle fino en su postrada rigidez.
Después de llegar a la puertita con tres porrazos en el
caminito de tierra, la mujer de negro entró a la improvisada sala velatoria. Herminda la miraba
con esos ojos de lechuza, sudor en la frente y agazapada entre las tiritas para
dar el primer zarpazo.
La joven se acercó al ataúd y emocionada
dejó caer las lágrimas sobre el cuerpo de su hombre. Extrañada, notó que estaba
vestido con ropa deportiva.
-¿A qué hora
fue?- dijo tímidamente la extraña.
- ¡A las ocho!
– dijo Herminda
A la vez que los testigos dijeran horas disímiles.
-A las seis-
dijo Juan
-Cerca de las
diez- el del centro
El tercero no se había despertado aún.
-¿Cómo fue?-
dijo la mujer muy dolida.
Herminda, pudo percibir el verdadero
amor de aquella mujer, por su hermano. Olvidó por un instante la historia
familiar y se dignó a ofrecerle un vaso con agua.
-Fue como tenía
que suceder en algún momento. De repente, sin previo aviso, como pasan estas
cosas. Una les dice hasta el cansancio que se cuiden…pero se creen el superman
estos. Una los cuida, les avisa, les leo el horóscopo cada mañana, la Juana les
leyó las cartas el sábado y les avisó. Pero qué querés mija…..estos son unos
machistas de mierda. – sostuvo Herminda
-¿Qué sabe vo?
-Dijo su marido, que comenzaba a
llorisquear como borracho desinhibido.
- ¡¿Cuántas
veces les dije que con esos no se metieran?!- Exhaló Herminda
- ¡Fueron los
chinos, fueron!- dijo el del centro.
-Perdón, ¿no
entiendo muy bien que sucedió?- dijo la
muchacha, desesperada por entender
- Yo te voy a
contar- dijo Herminda resuelta, restregando sus manos y levantando su ceja
derecha. - Cuando vos lo dejaste al Coco, pensó en matarse. Bebió, se drogó, no
volvía en cuatro o cinco días a casa y no sé qué otra cosas habrá hecho por ahí
con estos tres!, la cosa es que una mañana mi patrona me preguntó si no sabía
de alguien que necesitara trabajar, para barrer el taller. Y lo mandé al Coco. Resulta que éste cayó
bien y lo ascendieron a las máquinas. A los tres meses venía con pilcha nueva, plata
para los asados en el bar, un celular y juerga todos los sábados. Empecé a ver
cosas raras, viste? Y fui y le dije ¿vo en qué anda? Y me contó. Mi patrona,
flor de sinvergüenza, tiene un taller donde explota chinos y bolivianos con
costuras para las casas del centro. Ahí arman las pilchas que después los giles
compran a cualquier precio como originales. Bolsas con marcas en pilchas de
segunda. Cosió hasta el cansancio. Una noche decidió dar un paso difícil. Viste
como era el Coco. Nada le alcanzaba. Agarró una bolsa de marcas y salió a
venderla. Y la vendió, pero…..siempre hay un buchón. El jueves me dijo mi jefa
que no necesitaría más de mis servicios y sin explicación me quedé sin laburo.
El Coco desapareció todo el fin de semana. Ayer lo trajeron.
-No entiendo!-
dijo la mujer desesperada por encontrar sentido al relato.
-¡Vendió una bolsa
con la marca del yacaré, al sobrino del dueño del taller! Le vaciaron un
cargador en las partes íntimas y le cortaron la mano. Lo dejaron semidesnudo en el zanjón del mercado, eso sí
con una chomba celeste y el yacaré en azul.
- Pero
Herminda…no será con un cocodrilo?
- Mirá m´ija a
estas alturas no vamos andar clasificando bichos…..aunque mi hermano, con la
familia, siempre fue un poco amarrete.
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