CUESTION DE HONOR.
I
El barrio de Monserrat se caracterizó, desde sus inicios, por
la tranquilidad casi pueblerina, veredones altos y adoquines de una famosa cantera belga.
La tarde de setiembre de 1890,
cuando toda Buenos Aires estaba convulsionada por la guerra política, las carretas a la deriva, deshojaban cuerpos
mutilados de soldados, y se disparaba a
mansalva contra las sombras inventadas desde los escritorios; nadie, en aquel
rincón abandonado por la mesura, escuchó los alaridos de Josefina Aguilar de
Gorostiza. El niño salió en silencio al mundo, un silencio profundo entre la
comadre y las criadas, que en medio del
espectáculo de sábanas en sangre
y disparos de fusiles contra los ventanales de algarrobo, se
miraban sin saber qué hacer con esa criatura despoblada de vida.
La matrona no había llegado por
cuestiones de trincheras, cortes de brazos, costuras de muñones en criollos
espantados de dolor.
Al niño no lo sepultaron hasta que
finalizó la balacera, tres días después. Fuera de las cuatro paredes, no
se conocería aquella tragedia.
Doña Josefina se sentó al
pianoforte y quebró el apelmazado olor a muerte con un nocturno de Chopín. La
música retumbó en las paredes de la casa chorizo, hasta encallar en lágrimas de criadas que
repetían rosarios en la cocina.
II
Seis meses después volvió Anselmo de su periplo por la zona del Río
Luján. Lleno de monedas, billetes y regalos para su primogénito. Ambos
estuvieron largas horas en silencio bajo la morera. Él irguió su figura
esbelta, acarició en forma de cono su barba renegrida, acomodó su bombín y
salió por el zaguán para llorar, en seco, sus penas.
La costumbre de mirarse al
amanecer y reconocer sus contornos, el comentario en cada merienda bajo los jazmines del
segundo patio se alternaron en ritmo acelerado con las interminables jugadas en El Porvenir, las
reuniones de chacareros en alguna estancia cercana, y las carreras de caballo
en Palermo. Los últimos vestigios de
sensualidad fogosa que hubo alguna vez
entre ellos se agrietaron como la misma piel que los enajenaba. No alcanzaban
los honores ni las sonrisas insostenibles de su mujer, ni los
conciertos, ni las tertulias con amigos de toda la vida. No alcanzaba el aire
que lo ahogaba entre los silencios de las sobremesas de hombres. Se
esquivaban temas incómodos, se
festejaban soliloquios de los más extrovertidos de la familia, se leía a
Lugones, se recitaba a Rubén. Pero, a él, siempre le faltaba aire, le faltaba
vida. Necesitaba explicar que su tragedia no era circunstancial. Pero aún, en
el poco amor que quedaba entre ellos, figuraba la decencia, el respeto y la
conmiseración. Quería gritar en medio de las opíparas cenas del Club ¡“No soy yo”!, pero esa justificación le valdría el
desprestigio a su mujer. Aquella que ,
los retratos de la galería, le recordaba quienes fueron.
Los ojos, profunda reseña de su melancolía,
eran reservorio de odios atrincherados que
contenían una vergüenza difícil de sobrellevar. Miraba a su mujer con
resquemor. Ya no desayunaban en la mesita del jardín, ni se hablaba de las
consecuencias políticas del 90. La imagen en la puerta de la iglesia había
pecado de matices sepias y el cubre
teclas agazapado entre la felpa somnolienta, dormitaba acordes de una marcha alla turca ensordecida
de venganza.
III
Una mañana, la última, decidió
enfrentar ese ardor interno que lo transformó en gris. Asqueado de las miradas,
inundado de machismo social, con el poco aire que llegaba del sur, cuando las
criadas estaban en el mercado y el cochero
ensortijado entre los cascos de la colorada, tomó el pequeño adminículo de la bandeja de
plata, aflojó su corbatín negro y entró a la habitación a sacarse de
encima, el despropósito adjetivo de
impotente.
IGNACIO VILLANUEVA
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