domingo, 19 de abril de 2020







CUESTION DE HONOR.


I

                  El barrio de Monserrat se caracterizó, desde sus inicios, por la tranquilidad casi pueblerina, veredones altos y adoquines de una famosa  cantera belga.

                La tarde de setiembre de 1890, cuando toda Buenos Aires estaba convulsionada por la guerra política, las  carretas a la deriva, deshojaban cuerpos mutilados de soldados, y se  disparaba a mansalva contra las sombras inventadas desde los escritorios; nadie, en aquel rincón abandonado por la mesura, escuchó los alaridos de Josefina Aguilar de Gorostiza. El niño salió en silencio al mundo, un silencio profundo entre la comadre y las criadas, que en medio del  espectáculo de sábanas en sangre  y  disparos de fusiles  contra los ventanales de algarrobo, se miraban sin saber qué hacer con esa criatura despoblada de vida.

            La matrona no había llegado por cuestiones de trincheras, cortes de brazos, costuras de muñones en criollos espantados de dolor.

            Al niño no lo sepultaron hasta que finalizó la balacera, tres días después. Fuera de las cuatro paredes, no se  conocería aquella tragedia.

             Doña Josefina se sentó al pianoforte y quebró el apelmazado olor a muerte con un nocturno de Chopín. La música retumbó en las paredes de la casa chorizo, hasta encallar en  lágrimas de criadas  que  repetían  rosarios en la cocina.

II

             Seis meses después volvió  Anselmo de su periplo por la zona del Río Luján. Lleno de monedas, billetes y regalos para su primogénito. Ambos estuvieron largas horas en silencio bajo la morera. Él irguió su figura esbelta, acarició en forma de cono su barba renegrida, acomodó su bombín y salió por el zaguán para llorar, en seco, sus penas.

            La costumbre de mirarse al amanecer  y reconocer  sus contornos, el comentario  en cada merienda bajo los jazmines del segundo patio se alternaron en ritmo acelerado con  las interminables jugadas en El Porvenir, las reuniones de chacareros en alguna estancia cercana, y las carreras de caballo en Palermo.  Los últimos vestigios de sensualidad  fogosa que hubo alguna vez entre ellos se agrietaron como la misma piel que los enajenaba.  No alcanzaban  los honores ni las sonrisas insostenibles de su mujer, ni los conciertos, ni las tertulias con amigos de toda la vida. No alcanzaba el aire que lo ahogaba entre los silencios de las sobremesas de hombres. Se esquivaban  temas incómodos, se festejaban soliloquios de los más extrovertidos de la familia, se leía a Lugones, se recitaba a Rubén. Pero, a él, siempre le faltaba aire, le faltaba vida. Necesitaba explicar que su tragedia no era circunstancial. Pero aún, en el poco amor que quedaba entre ellos, figuraba la decencia, el respeto y la conmiseración. Quería gritar en medio de las opíparas cenas del Club  ¡“No soy yo”!,  pero esa justificación le valdría el desprestigio a su mujer.  Aquella que , los retratos de la galería, le recordaba quienes fueron. 

          Los ojos, profunda reseña de su melancolía, eran reservorio de odios atrincherados que   contenían una vergüenza difícil de sobrellevar. Miraba a su mujer con resquemor. Ya no desayunaban en la mesita del jardín, ni se hablaba de las consecuencias políticas del 90. La imagen en la puerta de la iglesia había pecado de matices sepias y  el cubre teclas agazapado entre la felpa somnolienta, dormitaba  acordes de una marcha alla turca ensordecida de venganza.



III


           Una mañana, la última, decidió enfrentar ese ardor interno que lo transformó en gris. Asqueado de las miradas, inundado de machismo social, con el poco aire que llegaba del sur, cuando las criadas estaban en el mercado y el cochero  ensortijado entre los cascos de la colorada,  tomó el pequeño adminículo de la bandeja de plata, aflojó su corbatín negro y entró a la habitación a sacarse de encima,  el despropósito adjetivo de impotente.



                                                                                                        IGNACIO VILLANUEVA   


  

 Relato incluído en la revista literaria PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS de la AMR (Asociación Médica de Rosario).2018.






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