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EL MUNDO EN UNA TIZA
Relatos, cuentos, microficciones y anécdotas de la vida escolar.
Ignacio Villanueva
Muchos de estos relatos son productos de experiencias particulares en mis treinta años de trabajo escolar en establecimientos de gestión pública y privada. Es obvio entender que, toda ficción, debe alejarse de la realidad para ocultar lo que en verdad sucedió.
Dedicado a todos mis compañeros docentes.
Dedicado a todos mis compañeros docentes.
1
República Argentina con división política.
El patrullero llegó a las 11.45 luego de las infructuosas tareas de rescate del personal de la Institución. Para la hora del almuerzo comunitario todo estaba en calma.
Gracias a la participación del Jefe de Áreas, un tipo hecho y derecho con palabras claras y mensaje directo, el joven salió del baño, sudado, con cara de extraviado y para alivio de los directivos. El Equipo Directivo estaba conformado por una Directora a dos meses de su jubilación, la Vice con licencia por psiquiatría y una Secretaria sobrepasada de trabajo.
La escuela era centenaria. Venida a menos por la inoperancia gubernamental del partido, la provincia, la nación y los últimos gobiernos presidenciales que lejos estaban de conocer la realidad de la Escuela N° 578. Fue fundada por la prosapia más oligarca del siglo pasado, con una pompa que nunca más se vio en el lugar. La banda municipal y los políticos de turno que hablaron mucho y poco dijeron, para no romper con la tradición, las damas de caridad del orfanato bordaron el sol de la bandera y las costureras del cuartel hicieron el pabellón nacional. Toda una fiesta de la educación que quedó plasmada en fotos, amarillentas, en las descascaradas paredes de la Dirección, junto a las caras de los Directivos que fueron pasando. Todos representaban la flema más elevada de la sociedad local. Mostraban los tocados armados con prolija mano, los gruesos mostacholes de los primeros hombres del cargo hasta las osadas mujeres con las famosas tocas de los sesenta. De las últimas ya no había nada pues los cargos se sucedían indiscriminadamente, según un nefasto listado. La categoría había pasado a transformarse en la guerra por ubicarse en la 578 y tener la jubilación tranquila.
Dos patios, dos plantas, un fondo de tierra para el fútbol de Educación Física, un laboratorio abandonado, un depósito y a cada lateral los baños de niñas y niños, como los calificaban las Directoras, aunque fueran de nivel secundario.
Con los cambios de diseños, craneotecas de función pública y la renovación de la mirada pedagógica, varios salones de lectura, talleres y actuación se transformaron en comedor y cocina centralizada para dar de comer aquellos “niños y niñas”, de 13 a 18 años, que sólo se alimentaban diariamente con la porción de guiso que se les daba en la escuela. La matrícula aumentó en los últimos años con muchachos de los barrios más alejados del centro y los hijos del centro huyeron a los Institutos Privados para mantener un status y no contagiarse de los problemas reales de la sociedad en la que ellos también vivían. Los docentes a punto de jubilarse aceleraron el trámite y los otros pidieron cambio de escuela o presentaron currículos a las escuelas privadas. Nada quedó de aquella escuela pública de todos y para todos, por más campaña, presupuesto y derechos que pululaban en los comerciales. La sociedad se separó más aún y las castas se cerraron para protegerse de los otros. Los vecinos de los barrios alejados no querían enviar sus hijos al centro por miedo a las agresiones y viceversa. Es decir que en esa estampida por ubicarse en platea o paraíso dejaron a la 578 en el olvido.
Lo complicado fue recomponer el estado de la escuela. Cambiaron nuevamente el plantel directivo y llegó al cargo Haydée, una señora un poco desordenada con sus papeles, coqueta pero desarticulada en sus ideas, que en la mayoría se contradecían casi automáticamente. Cometió los errores propios de los novatos. Dio órdenes sin conocer la situación de la institución. Soportó los paros y sentadas de alumnos manipulados por los docentes a los que Haydée había hostigado con su forma de gestión.
A la hora del almuerzo, el personal docente desaparecía de las galerías para evitar el olor a guiso. Todo quedaba en manos del Jefe de Áreas que rozaba entre lo diligente y lo obsecuente en forma alternada para disimular la terrible necesidad de tener poder de decisión frente al resto del personal, padres y alumnos. Tanto Haydée como Ofelia, la vice, dejaban hacer y él se prestaba atento a la repartija de porciones equitativas del guiso, explicando las propiedades alimenticias de cada ingrediente, las harinas de los fideos, los trozos de papa, los tomates de la salsa, las arvejas y las pocas porciones de carne que aparecían en algunos platos frente a los aplausos de los beneficiados. Así y todo, fue el único que pudo sacar al joven del baño. Mientras la Directora intentaba comunicarse con la Srta. Inspectora Regional y la Sra. Inspectora Distrital para que a su vez comunique a la Jefa de Región y así salvar su buen nombre y honor, sobre todo con el poco tiempo que le quedaba frente al cargo. Los teléfonos a esa hora eran imposibles, pero ella se empeñó en hacer prevalecer la comunicación a las superioras que a sacar a Omarcito del baño.
Rápidamente se acumularon frente a la galería norte varios alumnos del curso de Omarcito. La Preceptora que le preguntaba si quería que llamaran a alguien de su casa, el Jefe de Áreas dándole con vos de mando las palabras claves que ya conocía a fin de hacerlo desistir de lo que fuera a hacer.
La Sala de Profesores estaba, como correspondía a un organigrama del siglo pasado, en una gran sala frente a la Avenida Juan José Paso, en planta alta y alejada de la realidad escolar.
Litros de café, niebla de cigarrillos consumidos en los pocos minutos del recreo y el cotorrerío propio de un ambiente dominado por mujeres, hacía las veces de isla de lo que estaba sucediendo en el segundo patio de la escuela. Arribó una preceptora joven, pecosa y con pocas armas para enfrentar a tan irritable espacio, en busca de la Profesora de Geografía de 3° I°. Todas miraron hacia el frente y entre la bruma del Jockey que se deshacía en los labios rojos, apareció la imagen de una mujer cuarentona, ceñida en un trajecito esmeralda y una plancha que había hecho estragos en el flequillo lampiño. Preguntó si era necesario molestarla porque recién llegaba y le correspondían los diez minutos de paz. Se le informó entonces que la Sra. Haydée quería saber si había ocurrido algún incidente con Omarcito de 3° 1°. La respuesta fue terminante. No cumplió con su tarea . Y a continuación levantando la ceja derecha comenzó un interrogatorio a la pobre Preceptora sobre si ella era una herramienta más de las maneras que tenía esa señora Haydée, de obligar a los docentes a aprobar a los alumnos para permanecer en las estadísticas. Caso seguido una catarata de opiniones se despacharon de todos los bandos dentro de la Sala de Profesores. Marcela volvió a la puerta del baño sin respuesta. El Jefe de Áreas le ordenó que subiera nuevamente y le exigiera a la Profesora una respuesta concreta, a lo que la Profesora le sugirió a Marcela que le dijera al Sr. Jefe de Áreas que si alguien tenía algo que cuestionarle era el Personal Directivo y no él. Varias escaleras lograron agotar a Marcela que se entretuvo con la repartija del guiso que no pudo ser distribuida por el Sr. Jefe de Áreas, porque estaba en una situación que comprometía el normal desenvolvimiento del orden institucional. Sonó el doble timbre y los alumnos salieron disparados al comedor, dejando a Omarcito y al Jefe de Áreas solos.
Puerta de por medio comenzó una larga reflexión sobre la importancia de hacerse cargo de los errores cometidos y la innecesaria utilización de un vocabulario grotesco e irónico hacia el plantel docente. Omarcito, desde el inodoro, le propinaba una lista interminable de insultos que la mitad eran para el Sr. Jefe y la otra distribuida mitad por mitad para Haydée y la Profesora de Geografía. Cuando Omarcito escuchó la voz del policía, la cosa cambió. Caminaba como lobo atrapado desde el habitáculo del inodoro hasta los mingitorios sin saber qué decisión tomar. Se le ocurrió gritar que necesitaba a su mamá. Todos corrieron a buscar los listados telefónicos. Nadie atendía. El policía que enviaron le sugirió que le contara cómo hacer para ubicarla. Entonces Omarcito halló la oportunidad de hacer terapia frente a toda la escuela, blanquear su situación y denunciar lo que durante toda su vida había callado para proteger su propia historia.
Cuando abrió la puerta, Haydée lloraba, no se sabe aún si por la declaración del muchacho o por ver su jubilación intacta. El Jefe de Áreas lo abrazó y perdonó todos los improperios que le había adjudicado desde su encierro. El policía negoció una salida transitoria de su mamá si él cambiaba de actitud. El Jefe de áreas agregó las palabras esenciales para un adolescente abandonado y la salida del baño fue con aplausos y silbidos de la muchachada que no había entrado en el primer turno al comedor.
Águeda, la Profesora de Geografía nunca se enteró de lo que había provocado por su actitud aislada de la realidad contextual. Todo había comenzado con una tarea. Marcar los límites de las regiones del Noreste y Pampeana en un mapa de la República Argentina, con División Política.
Omarcito no llevó el mapa porque su madre no se lo pudo comprar y entonces, Águeda propinó los doce ítems de cumplimiento y responsabilidad que caracterizan la materia. Y allí fue donde el alumno no soportó que hablara de la falta de responsabilidad y compromiso de los padres, sobre todo con las frases lacerantes que acostumbraba a usar como latiguillo intimidatorio, “cuando no hay control los jóvenes hacen lo que quieren…” No hubo forma de hacerla entrar en razones cuando el muchacho le dijo que a la mamá no la dejaban trabajar por eso no tenía para el mapa. La sentencia fue un uno.
Hicieron una colecta entre varios compañeros y docentes, compraron los útiles que necesitaba hasta culminar el año, o hasta que la policía dejara libre a su mamá para volver a trabajar en la parada de la esquina.
Cuento incluído en el libro LA VERGÜENZA INSTALADA. ATHAL ediciones San Nicolás 2014
2
La ventana oportuna
Las primaveras en ese salón solían ser complicadas. No lograban establecer si era por el clima, las hormonas revolucionadas de los alumnos amontonados del octavo año, las pocas ganas de escuchar los distintos usos de los pronombres o el aroma a cebolla dorada que se escapaba de la cocina invadiendo las galerías como un puñal a los estómagos semi destruidos de los adolescentes de aquel septiembre de 2001.
En realidad eran las ventanas esquinadas que daban a las intersecciones de las calles Urquiza y Viamonte. Aunque era su propio barrio, despuntaban el vicio observando el movimiento de vecinas, repartidores y amigos que pasaban por la vereda. Se distraían fácilmente porque poco les interesaba lo que sucedía en el pizarrón. No sabían los apellidos de los docentes, no los escuchaban, no se conocían. A nadie le importaba si los docentes dejaban de ir, se cambiaban de escuela o pedían licencia. Era un sentimiento mutuo provocado por las típicas clases repetidas, las hojas con bordes amarillos, el desgano, la falta de estrategias, poca formación académica y otros tantos etcéteras que se podrían suplir con el ítems: falta de profesionalismo.
El martes ingresó a las 9,40 el docente al aula. Había un clima raro, tensionado por factores que aún se desconocían. Rara vez actuaban así. Todos saludaron con corrección y se pusieron a trabajar sin mayores esfuerzos. Creyó, entonces, que era el día indicado para profundizar el uso del pronombre con actividades que había preparado en cartones de colores donde debían, en grupos de tres, identificar cuáles eran los pronombres correctos para las oraciones que se hallaban en el pizarrón. Todo se desarrollaba con intranquila normalidad. Alguien golpeó a la puerta del salón.
El salón completo contuvo la respiración. Las dos alumnas del primer banco estaban por explotar en llanto. El docente observó la escena y comenzó a sospechar que algo peligroso habían hecho. Abrió la puerta y estaba la Directora y un agente de policía. Ella tenía la voz entrecortada, típica de esas personas que no pueden manejar situaciones problemáticas en su gestión y que sólo están en el cargo para lograr una mejor remuneración. El agente se presentó y dijo que debían hablar con el docente fuera del salón. Desde el fondo se escuchó a Julián dar un grito desaforado
-Yo no voy a salir de acá- sostuvo con voz ronca y segura
-Julián, por favor- le habló la Directora con una vocecita dulce y a punto de llorar.
-Julián nada. ¡Ninguno se mueve de acá!- mostrando una navaja en su mano derecha.
El estampido hacia la pared de la izquierda fue asombroso, como si estuvieran acostumbrados a un accionar cotidiano, salvoconducto de una exigida supervivencia. Griteríos y bancos caídos logró alterar tanto a Julián como al agente que quiso irrumpir en el aula en forma inusual. De algún rincón de su coherente actuación docente, el Profesor pidió al policía que permaneciera fuera del aula. Cerró la puerta, ya se escuchaban los lloriqueos de la Directora en la galería.
-Julián- el Profesor mantuvo la calma siempre con su tono ameno
-No Profe! No voy a salir!!- gritaba cada vez más alterado.
-¿Querés contarme qué pasó?
-No.
El docente se sentó en el borde de la mesa que hacía de escritorio. Y desde allí lo observó, lo midió y emprendió una dura tarea.
-¿Qué te parece si conversamos sobre esta situación los dos? Si mantenemos a tus compañeros en el aula así asustados como están, no creo que logres mucho. Si es que sabés qué querés.
-No…no sé qué quiero. Tengo que pensar.- dijo nervioso y con la frente brillosa de sudor.
-¿Entonces qué te parece si dejamos que se vayan y nos quedamos charlando?- sostuvo el adulto esperando que Julián nuevamente negara la posibilidad que se le ofrecía.
- No sé.- Se notaba que no podría aguantar más
-Te doy mi palabra que el policía no ingresa al salón hasta que yo no lo autorice- eso hizo que el adolescente le prestara atención y aceptara la ayuda.
Cuando se abrió la puerta la estampida fue feroz. Fueron empujados el agente y la Directora hacia mitad de la galería cuando todos huyeron despavoridos del salón. Alicia, la más extrovertida del grupo le deseó mucha suerte el Profesor y en voz muy baja le dio un dato realmente importante
-La navaja se la tiró el hermano por la ventana- y salió del salón sin mirar atrás.
La vida del docente era ideal. Pronto sería padre por primera vez y el reconocimiento a su trayectoria era conocido en todos los ámbitos en los que desempeñaba su tarea. Aquella mañana lo marcaría la verdadera realidad de un docente de provincia, de una escuela casi olvidada por aquel y otros gobiernos. Debía sacar a ese alumno del salón, entregarlo a la Policía y sobre todo cuidar su vida de esa navaja que se incrustaba en la mano de Julián cada vez más por los nervios y el stress de la situación.
-¿Quiero saber cómo puedo ayudarte Julián?-usando un tono paternal
- No puede- en forma terminante
-Siempre se puede. Hay que pensar cómo salimos de esta de la mejor manera posible.
-¿Salimos?- dijo con sorna, usted se va a su casa del centro y se olvida de todo esto. Usted no me entiende, nunca lo va a entender. Tengo una misión y la tengo que cumplir. – sus ojos sobresalían de su rostro como suplicando una salvación que, ante esta situación, sería casi imposible.
-¿Qué misión? No te entiendo- acercándose como para lograr más confianza.
-Tengo que salvar a mi hermano- sostuvo como informando que lo suyo era de vida o muerte.
-¿Salvarlo, de qué?- dijo como asombrado aunque Alicia ya lo había puesto sobre aviso
-Si lo vuelven a oscurecer lo liquidan. ¿Me entiende? No puede volver ¿me entiende?-volvió a preguntar.
-No.
-Esta navaja es de mi hermano- sostuvo avergonzado y prosiguió. Barrió con el kiosco de la Amelia y no vio que estaba la cana en la esquina. Cuando lo corrían me tiró la blanca por la ventana para esquivar la yuta, pero la vieja lo vio y ahora estamos en esta. No puede volver ¿me entiende?
-¿Adónde no puede volver?- preguntó en estado de confusión
-Está con domiciliaria- y sus ojos se apagaron con una caída de pestañas doloridas.
-Julián. Tenés quince años. Tu hermano debe hacerse responsable de sus acciones y..
-¡No me venga con el sermón me escuchó!- ya levantándose del banco.
-No, está bien. No te alteres. ¿Qué querés que hagamos?
-Quiero que me prometa que va a salir conmigo hasta la calle y ahí me suelta, yo corro hasta la esquina y salto el baldío de Don Pascual y no me agarran, seguro no me agarran ¿vio la panza del milico? No puede correr ni veinte metros.
-No puedo Julián.
Alguien golpeó a la puerta con ansiedad y decidido a ingresar.
-Sáqueme de aquí Profe, no le van a hacer nada. Usted ya es un héroe para el curso, por favor, déjeme ir. Usted se va a su casa y yo tengo que volver a la prefabricada antes que vayan por mi hermano.
El docente abrió la puerta y negoció con los dos agentes que estaban apostados a la entrada del salón.
Salieron juntos. Julián con la mano derecha en sangre, el Profesor con la camisa sudada. En la vereda lo esperaba el patrullero, se soltó del brazo y corrió para el baldío, dobló la esquina, se perdió en el caserío. El docente dio las explicaciones a la Directora y al agente con abultado vientre. Desde la esquina doblaba otro patrullero, al pasar por el frente de la escuela el Profesor leyó los labios de Julián.
-TRAIDOR!
El viernes sobre la mesa de la Dirección un sobre abierto, un membrete original y la renuncia a “su entera disposición”.
3
La tecnología mata
Zunilda había sido maestra hasta que sus rodillas dijeron que ya estaba bueno. Trabajó en la 178 por treinta y dos años. Educó a los padres de sus actuales alumnos de 6°, que la despidieron con aplausos, lágrimas y unas asquerosas calas mezcladas con no me olvides. “Aurora”, por última vez, los buenos días, la clase alusiva, el patio que la congelaba en invierno y la derretía en diciembre. Sus compañeras de treinta años le regalaron un hermoso crucifijo con cadena de plata. Lo miró atónita pues era atea.
Fue una maestra de tiza, pizarrón, lapicera fuente, tacones negros, mucho spray en su tocado de los sesenta y de guardapolvo níveo.
Cuando cobró su jubilación y ante la insistencia de Amelia, su hermana mayor, decidió comprar una portátil y entrar casi a los 65 años al mundo de la tecnología.
Feliz compró, pagó, llegó a su casa y se sentó a observar esa magnificencia tecnológica totalmente desconocida para ella. El nieto de Amelia en treinta minutos dio la información necesaria para que Zunilda se arrepintiera de haber gastado ese dinero y no elegir el viaje a las Termas con los jubilados del gremio.
Su sobrino le dijo:
- “Tía con esto se te va a ir el tiempo más rápido de lo que pensás”!
Meses después enviaba mails, chateaba con ex alumnos y hasta tenía Facebook con el nombre lazuci, para ocultar su identidad.
Un sábado a la mañana comenzó todo. Como ya le habían enseñado cada vez que la máquina se tildaba, apretaba el botón y nuevamente al trabajo. En la tercera oportunidad llamó a su sobrino. Observaron la máquina y todo funcionaba normalmente. Le adjudicaron el desperfecto (palabra académicamente ambigua para Zuni) a la cantidad de gente que el sábado se dedica al chat.
Cerca del anochecer notó que la flechita del cursor no respondía. Para una maestra de su clase, que alguien se sublevara o valentonara era inicio de una pléyade de normativas y reglamentos que, en efecto catarata, caían sobre el desorejado que se atrevía a desobedecer. Tomó nuevamente el mouse y la flecha hacia lo que quería. Juró que el lunes la escucharían en la casa de electrodomésticos.
Benjamín apareció agotado la mañana siguiente. El campamento escolar había sido accidentado bajo un diluvio que se llevó la mitad de las provisiones. Todo normal con la máquina. Encendido, mouse, cursor, clave, enchufes, cables, etc. Todo bien.
Ese mediodía volvió a suceder. No se conoció en años la reacción de Zuni, pues los improperios florecían como manantial, mientras las pantuflas deambulaban alrededor de la mesa. Era suficiente tomar el mouse para que la flecha enloqueciera, recorriendo la pantalla de arriba abajo. Se tiró para atrás con la silla, asombrada por aquel artilugio de la máquina para rechazarla. Desenchufó la portátil. Su corazón latía sincopado.
En la oscuridad de la pantalla 14´apareció el cursor pero en forma de cruz. Una pequeña crucecita dio un salto y a una velocidad atroz escribía el monosílabo NO en toda la pantalla.
Zuni apoyada sobre la mesada, con los ruleros puestos y el camisón rosado, regalo de sus vecinas, abrió su boca clamando por aire. Se fue desarmando junto al potus limón y se despidió sentada en el suelo con los ojos extraviados.
En cada pupila se podían ver con brillo sin igual dos flechitas en forma de cruz del cursor.
4
Maldita burocracia
Estaba inquieto. Se notaba que algo le sucedía. Casi que se retorcía en la silla. Entonces le pregunté si necesitaba algo. Avergonzado comenzó el relato.
-Profe…anoche comí berenjenas- con su mirada casi inexpresiva y pidiendo comprendiera su situación.
-Si. ¿Entonces?- le pregunté con total desparpajo
-Es que…usted sabe que cuando uno no está acostumbrado a comer berenjenas y le agrega salsa y ajos puede provocar consecuencias en los intestinos.
-Ahhh, si ahora te entiendo, ¿tenés dolor de estómago?
-Si.
-Pero no podés salir del salón en horas de clases. Ya lo sabés- respetando las normativas de la escuela y con tono enérgico.
-Si Profe…pero es que…no sé si voy a poder…aguantar. Vio que esas cosas vienen de golpe y uno no tiene tiempo de prepararse. Por eso le digo, va, le aviso que tengo que ir al baño.-casi suplicante
-Pero no puedo dejarte salir.
-Va a suceder PROFE!!!- casi con lágrimas en los ojos.
-No, no. Está bien. Esperá- dije considerando las terribles consecuencias.
Di las consignas al curso y llamé al preceptor para que se quedara con aquellos alumnos que en la noche anterior no habían comido berenjenas condimentadas, y salí con el joven que podría caer en desgracia en cualquier momento.
-Hola Angélica, ¿me podría dar las llaves del baño de los alumnos?- le pregunté gentilmente a la portera.
-No- respondió en ese tono de constipación social que tenía desde que la conocí.
-¡Tengo un alumno descompuesto! ¡Por favor!- subí el tono desde la puerta de la cocina.
-Sin la autorización del directivo a cargo, no.- me respondió desde su silla matera junto al termo y la bolsa con bizcochos.
-Voy a pedirle la llave a la Directora- le dije al alumno.
-No está- respondió la portera masticando el segundo bizcocho.
-¿Entonces qué hago con el alumno descompuesto?
-No sé, sólo tengo órdenes de abrir los baños en recreo.
-Angélica usted se hace responsable de las consecuencias. Voy a hablar con la Vice.-sostuve amenazante
-No está.
-¿Y quién está a cargo?- pregunté esperando una respuesta coherente.
-La bibliotecaria- dijo y se sonrió
-Bueno, entonces hablo con ella.
-No está, se fue a la panadería- ya la sonrisa era vengativa. Pero miró al pobre alumno y le preguntó.
-¿Y vo que anduviste comiendo?
-Berenjenas condimentadas.
-¿Condimentadas con qué?- con mirada casi de gitana adivina y abriendo la boca con restos de migas de los bizcochos
-Con ajo- dijo el muchacho casi con náuseas al recordar la comilona
-¡¿Y vos te crees que yo te voy a dar las llaves del baño pa que después tenga que limpiar inmundicias de berenjenas con ajo?!- le gritó sin respirar.
-¡Angélica!- le grité ejerciendo definitivamente mi autoridad.
-Bue…! Pa eso me pagan, pa limpiar las inmundicias de estos gurises que comen berenjenas con ajo- y con mucho dolor me dio el manojo de llaves
Desesperado frente a la puerta de los sanitarios comencé a probar las distintas llaves que pendían de una argolla de alambre y un llavero que decía bienvenido al Gauchito Gil. Casi en la anteúltima prueba, después de ocho llaves, alguien me tocó el hombro. Giré y lo vi. Desahuciado, vencido, con la cara desproporcionada de dolor y la frase que cerró la imagen
-Ya fue Profe!!!!
5
La anciana protectora
Tenía un patio grande, de cemento pintado verde. En cada lateral había unos canteros llenos de yuyos y tierra seca y en medio de una protuberancia donde el patio ascendía, un tremendo árbol de palta.
Durante los meses de abril y hasta fines de noviembre ese lugar era el más requerido por los alumnos, no sólo por la sombra sino además porque en sus mochilas escondían los frutos del árbol que después vendían en sus distintos barrios y salvaban las salidas de los sábados. Pero también era un lugar peligroso si uno no conocía las mañas de la frondosa planta. Cualquiera podía salir bañado en suciedad de palomas o manchado por el jugo y crema que producía el fruto desparramado en el suelo. Su fruto se cosecha de abril a julio, pero cuando la planta es anciana se alteran las fechas y pueden aparecer frutos listos para consumir hasta septiembre. Se escuchaban de cuando en cuando unos bombazos en medio del patio y todos aplaudían contentos las explosiones de las paltas al estrellarse en el piso.
Así llegó un día la Profesora IPARRAGUIRRE a la escuela de provincia. Tacos de quince centímetros, trajecitos y fulares al tono, perfumes importados, carteras de cuero y un alto nivel de soberbia que había aumentado al observar el lugar donde debía dar clases de matemática, producto de la nueva distribución de cargos y horas de un gobierno que no era para nada el suyo. Cuando llegaba al salón fruncía la nariz dando a entender que el aroma a barrio le desagradaba sobre manera. No tocaba el escritorio, ni la tiza, ni mucho menos aceptaba el beso muchas veces, cariñoso de alguna alumna.
Devaluaba, minimizaba y hasta anulaba las posibilidades de crecimiento de sus alumnos que, en el fondo, la entendían. No era de ese pozo. La sufrían pero entendían como buena gente que se acostumbra a las divisiones sociales aceptadas como inmodificables.
Pero todo tiene un límite.
Llegó el día en que todo se desbarrancaría y fue un jueves a las diez de la mañana.
El domingo anterior había ganado las elecciones la oposición. La de ella, no la de los muchachos. Y no pudo contenerse.
-Por gente como ustedes estamos como estamos en este país- sostuvo mientras se limpiaba las manos con una toallita perfumada después de haber tocado, sin querer, a una alumna.
Juando, que era el delegado de curso, le respondió con absoluta diplomacia.
-Perdón Profe, ¿cómo es la gente “como nosotros”?
IPARRAGUIRRE, tiró la toallita en el tacho de basura, dio media vuelta y le respondió.
-Ignorantes- y sonó como un bombazo en el silencio del aula.
La clase siguió su curso, supuestamente en orden, por media hora más. Al toque del timbre salieron todos y Juando le pidió unos minutos para hablar con ella. Se molestó, pero entendía que si se oponía podría traerle consecuencias en el aula en la próxima clase.
-Si, GUZMÁN, ¿que desea? Le adelanto que estoy apurada y tengo otros compromisos- le dijo al alumno mientras Juando se detenía en un lugar del patio donde no daba mucho el sol y podía mirarla bien a la cara.
-Profe…
-Profesora-lo interrumpió, marcando los roles y el registro.
-Profesora, nosotros no votamos. No somos responsables de lo que han hecho los adultos.
-Pero sus padres sí. Y ustedes harán lo mismo en unos años. Por eso lo digo y porque tengo razón- le espetó en la cara su verdad- ¿Algo más estoy apurada?.
-No Profe…
-¡Profesora, GUZMÁN, Profesora!- y giró para irse.
Juando quedó en medio del patio sin aire. Se contenía para no responder con improperios a esa mujer que había obtenido el título de docente para educar al prójimo y no lo ejercía. Pero como toda escuela tiene un espíritu protector de injusticias, la salvación vino del cielo.
Nadie supo por qué, pero de repente vieron a la IPARRAGUIRRE tambalearse en sus tacos agujas de quince centímetros hasta desplomarse en medio del cemento verde del patio de la escuela.
Gracias a Dios hubo testigos. Juando salió libre de culpa y cargos y todos, desde ese jueves, veneraron a la anciana planta de palta.
6
Infaltable
Se levantó aquella mañana conociendo la rutina que debería transitar hasta la hora del retorno. Eran las 5.50 y el día aún se escondía más allá de los pinos.
En el apuro de la indumentaria típica de agosto rompió las medias con la totora que sobresalía de la silla de la cocina. No sería un buen día. Como se durmió no pudo desayunar, no escuchó a su locutor preferido y dejó la luz prendida del pasillo. Lamentó no repasar el guardapolvo.
Estaba enloquecida. Cerró la puerta de la reja, caminó hasta la parada del ómnibus y esperó a Jorge, el metalúrgico y a Ivana la portera de la 48 que viajaban juntos todos los días. La helada se hacía sentir en la intemperie.
Subió al 107, el chofer la saludó con mal humor y varios adolescentes de negro se sorprendieron al verla. Quince cuadras después quedó sola en el coche con el chofer y un borracho que cantaba “ arrabal amargo..prendido en mis venas..como una condena esta maldición…” a los alaridos.
Le pareció todo tan raro que preguntó al conductor si habían cambiado el recorrido. Éste le respondió que sí. Pero que sólo sucedía los sábados.
Cuento incluído en el libro LA VERGÜENZA INSTALADA. ATHAL ediciones San Nicolás 2014
7
Palabras alusivas a cargo de….
Ya le habían avisado a la Directora que para el acto del 9 de julio, día de la Independencia Nacional, el Sr. Intendente visitaría la escuela donde él había cursado toda su primaria.
La semana previa Rosa Josefina Carreiro de Sepúlveda había pedido el turno en la peluquería para lucir, ese día, apasionadamente atractiva frente al Sr. Intendente que, era voz populi, le gustaban las mujeres maduras y bien arregladas. Hizo confeccionar una guardapolvo nuevo con escote y solapas anchas como se usaban, allí colocaría los prendedores de su abuela y la escarapela hecha de perlas blancas y celestes de cuatro vueltas.
El lunes se preocupó por consultar a las docentes qué tenían preparado para el acto que ya se les había avisado debía ser imponente. Las maestras la miraban asombradas por su espíritu juvenil durante toda esa semana. El martes toda la escuela pegó papelitos y banderines celestes y blancos sobre hilos teñidos para colgar en todo el patio.
La escuela era centenaria. Gigante para decorar con papelitos celestes y blancos. El miércoles se le ocurrió revisar el equipo de sonido y notó que la perilla del volumen no giraba lo suficiente. No llenaría el patio con las canciones patrias y sobre todo sus palabras alusivas y de bienvenida a las autoridades que visitarían su escuela. El jueves hizo construir un cajoncito para subir a dar su discurso pues la naturaleza la había bendecido con un metro cincuenta de humanidad y sabía que el Intendente era de un metro noventa, jugaba al básquet en el Club ribereño y era muy atlético. No podía quedar como una niñita de primera fila del primer grado. Debía sobresalir.
El viernes le avisaron que el pronóstico para el lunes no era benevolente para el acto en el patio. Urgente debieron acondicionar el salón de acto que era mucho más chico que el patio y no entrarían todos los alumnos. Decoraron el salón también y entraron la Casita de Tucumán hecha en cartón, por las dudas las lluvias adelantaban su paso para el fin de semana. Sacaron la cuenta que sólo podrían entrar los chicos de los cursos superiores y avisaron a las familias que, en caso de lluvia, asistirían los alumnos de cuarto, quinto y sexto.
Desde ese viernes hasta el domingo a la noche los grupos de WhatsApp de las mamis derramaron un veneno imposible hacia la Sra. Directora. Amenazaron con denunciarla por discriminación al INADI y hacerles una sentada en la puerta de la escuela el día del acto y hacerle saber a las autoridades presentes de la falta de ética y moral de la Directora que logró hacer llorar a las criaturas que habían ensayado para el acto y comprado el trajecito de negra vendedora de velas para las morochas y damas antiguas a las nenas rubias, que era un verdadera lástima que las discrimine así dejándolas sin actuar.
Llegó el lunes. Se inundaron las calles de todo el centro y no hubo luz hasta las 9 de la mañana. El acto era a las diez. Se haría en el salón de acto con los que pudieron llegar. Rosa no apareció hasta el momento en que arribaran las autoridades. Todas entendieron que estaba nerviosa y debía repasar su discurso. La portera entraba y salía de la Dirección sin decir una sola palabra y con la mirada extraviada.
Llegaron los padres de los alumnos que pudieron sortear las calles inundadas y las madres ofendidas hicieron guardia para esperar al Intendente.
Arribó la comitiva y como era de esperar, el Intendente y las autoridades se dirigieron directamente al salón de actos, entendiendo que, obligar a la Directora a atenderlos en estas circunstancias era una falta de ubicación. Todos amontonados, incluidas las madres despechadas con sus hijas disfrazadas, se ajustaron a reducido espacio.
La señorita Mabel hizo uso de las palabras iniciales, dio la bienvenida y ultimó detalles mientras estiraba el cuello mirando la puerta de la Dirección. Cuando el clima social y el atmosférico, producto del encierro y el vapor de la humedad por la lluvia comenzó a molestar, aparecieron algunos abanicos improvisados para sostener a los abanderados y los actores de la Casita de Tucumán que esperaban en medio del gentío.
Cuando apareció Rosa alguien le hizo señas a la señorita Mabel y comenzó el acto. Como la Directora era bajita nadie notó su paso por el pasillo central, reducido por la gente. La Señorita Mabel dijo las glosas que darían entrada a los abanderados y posteriormente las del himno. El salón tenía un eco raro y el equipo no funcionaba bien, por lo tanto unos iban por “sean eternos los laureles” y los otros “coronados de gloria vivamos” en un compás desalineado, desprolijo y en gritos distantes. Cuando terminó todo llegaron las palabras de la Sra. Directora. Alguien acercó el cajoncito y recién allí vieron a Rosa.
En el micrófono alternativo, el que usaba Mabel se escuchó un “noooo”, que fue interceptado rápidamente. Los chicos de la primera fila se dieron vuelta para mirar a sus madres y estás con las manos en sus bocas les indicaban con los ojos que se dieran vuelta y miraran para adelante. Hubo un murmullo general que superó las primeras palabras de la Directora. La gente del fondo cuando la vieron subirse el cajón estiraban el cuello como en esos juegos donde los muñeco asoman la cabeza y hay que pegarles para ganar unos puntos. Asombrados bajaban con la boca abierta. Volaban las fotos y los videos para el instagram de la escuela
La humedad, el deseo de arreglar lo que natura no da, una peluquera inexperta, el encierro, el calor entre otras cosas habían provocado eso que hoy era Rosa. Le habían planchado el pelo con efecto pollo mojado en invierno y sin gallinero cubierto, tenía sobre la solapa del guardapolvo más bien tiza que blanco níveo, una escarapela tan horrorosa que su peso lograba chinguear el escote prominente que tenía la nueva prenda. La decoración de sus pómulos y ojeras eran dignos de la mejor repostera de televisión, la humedad le daba un brillo de CHUKY en su mejor temporada y para deleite de todas sus compañeras, una de las pestañas postizas se iba levantando a medida que el sudor caía de su frente y sutilmente con sus uñas postizas intentaba acomodar.
Nadie escuchó las palabras alusivas pero, eso sí, aplaudieron con silbidos y grandes carcajadas de aprobación a la arquitecta de semejanza maldad.
8
Corazón de arroz
El kiosco de la escuela era el shopping de aquel lugar por diez minutos cada cincuenta. No había espacio más requerido en toda aquella dimensión edilicia que el cubículo ubicado debajo de la escalera donde Elcíades, un paraguayo naturalizado desde 1980, vendía sus golosinas de marcas conocidas mezcladas con los exquisitos chipas que elaboraba cerca de las diez de la mañana.
Como todo guaraní de buena cepa, pierde el conocimiento detrás de las polleras. Para Elcíades, trabajar en una escuela secundaria era una invitación al delito. Todas las docentes se mostraban simpáticas ante ese paraguayo que la vida, Dios y una buena genética habían dotado de una belleza particular.
Medido y controlado por la Directora, Elcíades se contenía de provocar una polvareda amorosa que comenzaría con los piropos y sonrisitas hasta que las atrapaba en una telaraña donde ninguna podía soltarse. Se contenía. Se contenía.
Luego del acto del veinticinco de mayo donde los pastelitos y los chipás bien calientes fueron más celebrados que las palabras del Inspector, apareció entre el gentío de padres atorados en camperas y bufandas, una joven rubia con elegancia y porte que no pasó desapercibido por el dueño de los corazones femeninos.
Pero se contenía. Se contenía
-Hola. ¿usted es quien hizo los dulces?- dijo ella levantando en cámara super lenta los abanicos negros que delineaban sus ojos verdes
-Si.- respondió luego de un terrorífico minuto sin poder emitir sonido.
-Están exquisitos. Se ve que tiene buenas manos para amasar- y una sonrisita inquisidora lo sentenció a muerte.
Un escalofrío lo recorrió desde los bellos de los aductores hasta el infinito espacio de su masculinidad. Se contenía. Se contenía. La Directora era su Heinrich Müller de la SS, su Torquemada, su Enola Gay. No podía perder ese trabajo. Debía alimentar a sus ocho párvulos que vivían en la prefabricada de fibrocementeo del Barrio Burucuyá. Debía contenerse. Se movía en el patio con la canasta de pasteles y la Directora lo observaba desde el palco de autoridades como un águila. No le gustaba ese paraguayo en su escuela, desconfiaba de él y de su moral frente a los chicos de su escuela. Insistía con evitar el amontonamiento en la puertita del kiosco en los recreos, y daba unos alaridos desquiciados cuando encontraba alumnas comprando golosinas fuera del horario del recreo. Pero no pensó en sus docentes. Fue un dato que no consideró. No calculó que entre las alumnas del último año y una docente recién recibida había sólo cinco años de diferencia. Y allí erró.
-Yo me contengo….yo me contengo. Yo puedo- decía Elcíades entre los padres que le compraban chipás y la rubia que lo seguía y la directora que lo aniquilaba con la mirada.
El sudor en sus manos hacía que la canasta patinara, un sopor repentino le subió los colores de sus mejillas rosadas y los ojos le brillaban como una pantera en la rama a punto de saltar sobre la víctima.
Luego de las palabras finales del Inspector y el agradecimiento de la Sra Directora el patio fue quedando vacío, se despidieron a los padres con mucha gentileza y agradeciendo sobremanera su presencia en aquella jornada inolvidable. La tarde estaba lagañosa y pronto oscurecería como si corrieran la noche desde el fondo.
Marta y Teresa baldearon las galerías y Daniel fue apagando las luces, cerrando los salones y sanitarios. En medio del silencio que se hacía calma entre los pupitres, entró como viento zonda la Sra. Directora. Todos quedaron en stop. Con los ojos grandes como muñecos de colectivo.
-¡¿Dónde está Anabella?!¿Dónde está mi hija?!- y el alarido retumbó entre las columnas forradas de matelassé.
Como un refucilo de verano tintineó el tubo fluorescente del kiosquito del guaraní.
9
No es cuestión de hablar.
Hay una casta de personas que nacieron bajo la premisa “yo estoy acá porque no me queda otra”. Y así van transitando sus vidas despojadas de responsabilidades pues “esto es temporario”, “yo no nací para estar encerrada acá”.
La escuela era un enjambre de público variopinto. Algunos con uniformes, otros con indumentaria casual, los preceptores con guardapolvos blancos y los docentes divididos entre los de elegancia notoria y aquellos cuya naturaleza los abandonó al nacer, todos enfrascados en un edificio tubular que iniciaba su tortura arquitectónica en la vereda y se prolongaba por sesenta metros hasta dar con un pequeño tapial de ladrillos antiguos. Todos abarrotados, encajados en diminutos salones que no habían sido construidos para tal fin.
La historia del establecimiento se remontaba a los años sesenta. Había sido de mucha prosapia su matrícula original pero políticas de por medio y falta de presupuesto habían ubicado a la querida escuela en apuros a la hora de mantener el edificio. Entonces se mudaron a una casona abandonada donde antiguamente se desarrollaban actividades non santas (como decía mi abuela). Así todos vivían, durante los meses de agobio en marzo y de intemperie invernal en julio, la etapa más linda de la vida de una persona, la adolescencia.
Ocho salones, una oficina para preceptores, dos baños y al fondo la Dirección. No había ventilación, todo se vivía bajo las luces de los tubos fluorescentes y ganas de superación de jóvenes que venían de distintos barrios buscando un diploma que les permitiera soñar con la esperanza.
La sala de profesores estaba en mitad de ese largo chorizo de escuela. Justo en el centro. Se podía ver pasar la vida de todos a través de unas ventanas de madera antigua. Dentro de él, y también encajonados se sentaban los docentes a conversar y, la mayoría de las veces a hacer catarsis sobre los alumnos o sus vidas personales. Se vivía, la mayoría de las veces, un clima familiar mezclado con el aroma a café, el mate caliente y las tortas fritas de Jacinta.
-Buen día. ¿Cómo les va?- sostuvo Azucena Garay, docente de Geografía
Saludaron amigablemente algunos de los presentes y otros articularon un sonido monocorde similar a un “hola” poco amable.
-¿Qué día hermoso, no? Ideal para estar en una plaza o dando clases con salones ventilados donde el sol acaricia los bancos- comentó como al pasar cargando de café una pequeña taza .
Se la notaba molesta en sus comentarios. Todos sabían su historia de Meteoróloga frustrada devenida en docente por necesidad financiera. Incómoda, divorciada, siempre infeliz y con la necesidad de provocar el malestar en su entorno.
Se la notaba molesta en sus comentarios. Todos sabían su historia de Meteoróloga frustrada devenida en docente por necesidad financiera. Incómoda, divorciada, siempre infeliz y con la necesidad de provocar el malestar en su entorno.
-Sí- dijo uno de los docentes que estaba aprisionado contra la pared del fondo. Lástima que en esta lata de sardinas no lo vemos durante todo el turno. Además no hay perspectiva de alivio. No veo para nada la preocupación de los directivos por cambiar la situación. El día que acá pase algo, morimos todos. Pero claro es una escuela pública donde los padres no se atreverían a venir a quejarse. No andan las estufas y tengo los ojos destruidos de dar clases en salones con fluorescentes que titilan como lamparita de patio-sostuvo subiendo lentamente el tono, a manera de queja y levantando la ceja derecha.
Nadie acotó nada. El resto de los presentes comenzó a corregir evaluaciones atrasadas, acomodar sus carteras y portafolios buscando lo que nadie necesitaba. Sonó el timbre y, de manera inusual a toda sala de profesores que se precie de tal, salieron todos a dar clases con un entusiasmo inesperado, como si los hubiera salvado la campana.
A las doce cuando salía el primer turno, Carlos Guerrero, docente de Historia era citado en Dirección.
Doce y cinco Azucena Garay desfilaba por la Plaza que rodeaba la escuela, con una sonrisa sin igual.
10
¡Selva, ruido de animales salvajes!
Si hay algo que debe tener una escuela de cualquier tipo de gestión, es un docente que arme perfiles. Ese que tiene una antigüedad mayor a cualquiera de los Directivos que estén en la actualidad. El que casi ha estado desde su fundación, el que se cuenta en el archivo, el que se acuerda de todo. Ese mismo es quien da las bienvenidas a los novatos de la docencia y coloca gentilmente el primer mote de su historial como docente. Te observa los primeros días y cuando te tiene en la mira, dispara ese sobrenombre que puede llegar a ser simpático o demoledor. Algunos son de público conocimiento y otros se conservan en grupos cerrados bajo amenaza de muerte.
En esta escuela teníamos una hacedora de perfiles. Generalmente los estudiaba una semana y después en el último recreo de los viernes, largaba su sentencia que era festejada por todos. Los peligrosos eran archivados en pequeños papelitos que pasaban de mano en mano entre el grupo selecto.
Así en el ritmo alocado de los meses escolares se encontraban en los recreos y patios una preceptora que controlaba a todos desde lejos estirando demasiado su cuello y le decían “pollo adentro de una caja”, que junto a su compañera, operada de cuerdas vocales, le decían “pila vieja” y controlaban los recreos de los adolescentes que poco caso les hacían.
Desde la ventana del primer piso controlaba todo el movimiento el nuevo Jefe de Preceptores, con poca alegría en su vida, siempre el ceño fruncido. Le decía “sopa gorda” porque nadie lo tragaba.
En la galería del fondo estaba la señorita Amelia. Ella acompañaba a los alumnos que no se integraban en los recreos y le decían “Maizena” porque ayudaba a los paspados.
En los distintos encuentros iban apareciendo los motes de cada uno y sobre la base de risas y aplausos por las ocurrencias también se manifestaban aquellos que no estaban acostumbrados a la burla y el humor de los otros. Y lo hacían saber con total sinceridad. No es fácil convivir en una escuela, sobre todo si la misma es de dimensiones importantes, matrícula generosa y cantidad de docentes con una alternancia considerable.
Hasta que un día llegó un hacedor de perfiles. Y nuestra protagonista se sintió afectada en su rol. Sin querer comenzó una lucha por conservar o ganar el protagonismo que tantos años le había costado conseguir.
La lucha fue feroz cuando se formaron grupos de apoyo a cada uno. Definitivamente se produjo una grieta producto de los juraganes de perfiles.
Fue una noche de despedida de la Directora cuando entre karaoke y cerveza desmedida se desbandó el Profesor de Informática, el nuevo postulante a hacedor de perfiles, contando chistes, anécdotas y vivencias pseudocómicas que alegraron, en una primera instancia, a todo el personal. Cuando el tonel de la Chopera llegó casi a su fin, comenzó la payada de contrapunto entre los postulantes al cargo. Y la vergüenza copó la parada y la desvergüenza se desmayó de la risa entre los intersticios de los comensales que, poco a poco, iban opacándose cuando les tocaba conocer su mote.
Entonces, se puso de pie la Presidente de la Cooperadora que le decían patio español, porque era redonda como maceta de helecho, y dio su opinión entre el brillo de sus ojos, producto de la mezcla de emoción y cerveza
-Me parece una falta de respeto hacia nuestra directora, que si bien le dicen “torero desprevenido” …no es para que le arruinen su despedida- dijo y se sentó aturdida por lo que había dicho, mirando para todos lados como pidiendo auxilio.
Hubo un silencio mortal en todo el patio de la escuela. Siempre un borracho larga la primera carcajada y comienza la explosión de risas y aplausos.
-¡Callate vos!- se escuchó desde la mesa que estaba junto al palco-, si vos no pusiste para el regalo por eso te dicen “alcancía de cerámica” hay que destruirte pa sacarte una moneda.
Mientras tanto el Jefe de Preceptores, sentado a la derecha de la Directora entrante, gesticulaba desaprobando los dichos de cada uno de los desbarrancados docentes que ya con las camisas afuera y un tono distinto en sus mejillas, se deshacían en burlas entre sí. Tampoco sabía, “sopa gorda” que los del turno tarde le decían “bioquímico” porque vivía analizando la suciedad ajena; y que los de administración le decían “Bisagra” porque si no estaba en la puerta estaba en la ventana. Es el peor compañero de trabajo que cualquier docente puede tener. Por eso era odiado.
-Señores. No puedo creer que el alcohol haya mostrado las miserias humanas y nos faltemos el respeto de esa manera- sostuvo “sopa gorda” con un tono de Cacho Fontana en Radio Rivadavia.
-Callate vo “Revista Para Ti”, pareces Gente pero no los sos- dijo el borracho desde el fondo.
El Jefe “sopa gorda”, se paró y encaró para calzarle una trompada al infeliz bebedor que ya se desvanecía contra la columna del salón y que además era el último docente que había entrado por listado de Inspección de Enseñanza. No podía permitirle semejante falta de respeto. Debía ubicarlo y hacerle saber quién era el jefe en esa Institución.
-Martínez, por favor!- le gritó la Directora en proceso de jubilación-, deténgase no ve que está tomado?
-Jefe, no…no. No se moleste en pegarle. Es busca pleitos- le dijo con voz de autoridad la Secretaria.
-Si. Por eso le decimos “montaña de escombro”, donde está molesta.- gritó la hacedora de perfiles, anotándose un poroto para sus adeptos y retomando la fiesta con música en vivo.
Los de música, que les dicen “conejo negro” porque no los hacen trabajar ni los magos, decidieron que en ese clima no podían tocar sus canciones entonces conectaron el equipo de la escuela y se armó el baile. La sacaron a bailar a la Directora nueva, como para probarla, y la cumbia atronó en el patio de la escuela.
Pero, generalmente los borrachos pendencieros, que se encuentran en cualquier ámbito escolar o no, se quedan con la sangre en el ojo. Y así fue como “montaña de escombro” se fue acercando al palco y, sin que nadie lo notara, tomó el micrófono. De fondo se escuchaba “Una cerveza voy a tomar, una cerveza para olvidar….” Y arrancó seguro de lo que iba a provocar
-Muy buenas noches queridos amigos y compañeros de trabajo!- gritó en el micrófono que ya estaba empapado de saliva alcoholizada-, se armó el baile!!!- gritaba y no soltaba el vaso.
Todos creyeron que iba a disculparse y recuperar el respeto que le tenían por ser uno de los mejores docente del área de Informática, pero además con una Licenciatura en Ciencias Sociales con capacitación universitaria y un doctorado en “La importancia de la inmigración en el desarrollo de la industria agroquímica en el litoral marítimo del Río Paraná”. Pero no fue así. El alcohol lo ponía bastante travieso.
-Qué bueno ver bailar a nuestros compañeros, felices en esta jornada de camaradería y confraternidad!. Acá vemos pasar a la pareja formada por –y comenzó el desbande- el portero alias “balde plástico”…se raja cuando más lo necesitás, jajajaja, acompañado por la preceptora de turno tarde que le dicen “estribo” sirve para meter la pata, jajaja, más allá como queriendo escaparse para el arbolito del fondo, la pareja de “San Cayetano” si te acercás te da trabajo y el de Literatura que le dicen “Cable de plancha”, parece piola pero es un forro, y acá el no menos importante Profe de matemática que le dicen “filo de sartén” porque…- y alguien con acertada decisión cortó el sonido ya que “filo de sartén” era el esposo de la nueva Directora.
Quedaron agobiados por los insultos. Algunos lloraban de la risa porque el micrófono se apagó y no les tocó el turno, y otros aguantando las carcajadas entendiendo que era un juego de motes y diversión mezclada con venganza del borracho de informática.
Se entregaron las flores, foto grupal donde el borracho le hizo los cuernitos al Jefe “sopa gorda”, también estaba la de Geografía que le decían “Unidad coronaria”, porque no la podían ver ni los parientes, la de lengua “Dólar azul” porque era muy falsa y el de Biología que le decían “papa verde” porque no sirve ni para ñoqui, plaqueta de plata y muchas lágrimas de emoción por el retiro de la que había sido una de las mejores Directora en esa escuela de provincia.
El lunes cada uno ingresó a Sala de Profesores, saludó con absoluta normalidad y el de informática se disculpó con cada uno. A la Secretaria se le ocurrió que, para sanar las heridas, propender a la buena convivencia y regar la plantita del compañerismo (era maestra jardinera) podrían armar el juego del amigo invisible. Tal vez de esa manera se mejoraban las relaciones laborales. Todos estuvieron de acuerdo, salvo “alcancía de cerámica”.
El viernes, a última hora, todos debían pasar por Biblioteca a retirar su regalito. La bibliotecaria se encargaría de acomodarlos y generarles una estética llamativa.
Así fue como se llevaron el regalito a su casa. Dentro del envoltorio Amalia, la nueva bibliotecaria, hija de la hacedora de perfiles, les agregó a cada uno, el mote correspondiente.
11
En la nube
Sin lugar a dudas, las nuevas tecnologías se han instalado en el quehacer pedagógico de manera invasiva. Todos sabíamos que, de un momento a otro, el uso de lo virtual sería moneda corriente entre los docentes de cualquier institución educativa.
Pero nadie pensó que iba a ser de manera abrupta de un viernes a un lunes. Y así los que estaban acostumbrados al uso de una plataforma, una red virtual o a las clases on line desde cualquier aplicación, lo veían como algo natural, otros estaban en una etapa de transición en la que incursionaban con mucho temor en los distintos vericuetos de las pantallas portátiles y finalmente estaba el gueto de aquellos docentes que se aferraban a la tiza y pizarrón negro como la salvación del mundo docente. Ellos fueron los primeros que sucumbieron cuando vino el diluvio.
9 de la mañana del lunes
-¡Hola chicas y chicos! ¿Cómo están?, qué gusto conectarme con ustedes por primera vez luego del desastre.-dijo la directora llenando el resto de la pantalla del whatsApp con un sinfín de corazoncitos.
-Hola!!! Qué lindo que nos conectemos Mercedes. ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu familia?-sostuvo Mirta, la docente de informática
-Hola!!! Chicas que lindo!!!! Podemos comunicarnos por este grupo!!!-agregó Susana docente de Sociales llenando los pequeños enunciados con múltiples signos de admiración.
-Hola.-agregó el de Matemática
-ok- incorporó efusivamente y en un ahorro de espacio el de Contabilidad
Y así un sinfín de holas y qué alegrías hasta llegar a los treinta y nueve docentes sobre cuarenta de su planta funcional.
-Chicos les comunico que el jueves a las ocho tendremos la primera reunión virtual por zoom. Ya les enviaré la URL y la contraseña para que ingresen sin problemas. Tengan en cuenta que por la nueva dirección correo les envié la planilla de seguimiento. No tienen que guardar nada, se carga automáticamente. Luego les pido que suban al drive los datos de algunos alumnos con dificultades y se comuniquen vía skype con la Psicóloga de Ernestito de cuarto “C”, recuerden sus inconvenientes. Por último les pido acomodar la cámara con tiempo porque hay un juego para hacer y así relajarnos un poco. Beso grande. Los quiero un montón!!- informó la Directora.
Seguidamente hubo una catarata de ok y de emojis con distintas manifestaciones de afecto. Luego algunos docentes hicieron consultas sobre las dificultades de conectarse a esa hora porque coincidía con otras escuelas. Todo fue subsanado con buena voluntad de las partes.
3 de la tarde
-Hola. ¿Cómo están? Tenía cargando el teléfono- dijo Marisol, docente de plástica, con mayor antigüedad en la escuela y a seis meses de la jubilación,- No entendí qué hay que hacer!
-Hola Marisol! Tenés que entrar el jueves a la mañana por zoom para tener una reunión virtual con el personal- le informó Etelvina, Profe de Inglés.
-Hola. ¿Quién sos?- dijo preocupada Marisol
-Etelvina de Inglés!!!!
-Ahhh es que no me aparecen los nombres en la pantalla asique no sé con quién estoy comunicada.- dijo
-No hay problemas, besitos.- le contestó gentilmente su colega
-¿Qué es eso de zoom?- insistió Marisol
-Marisol, la Directora va a enviar ID y la contraseña o el link para unirte a la reunión. No te hagas problemas, besitos- reiteró Etelvina
- ¿?.!! No te entendí nada Etelvina- contestó
- Es una plataforma de videoconferencias Marisol!!!- agregó Etelvina un poco alterada
-¿No entiendo para qué necesitamos una plataforma para reunirnos? ¿Y qué son esas siglas que me mandaste? ¿Tengo que agregarlas a las planillas de evaluación? - seguía el diálogo Marisol
-Bueno comunícate con la Directora Marisol, besitos- y dejó de responder
-Bueno pero si este grupo es para sacarse las dudas me parece que tenemos que ayudarnos entre todos. Recuerden que me cuesta mucho el uso del teléfono. La semana pasada borré todos mis contactos sin querer…así que se ve que no tengo tacto para esto de la plataforma. Digo no sé. ¿Si alguno me ayuda?
Nadie usó ese grupo por varios días.
8 de la mañana del jueves
-Buenos días Profesores!-fue el primer mensaje de la Directora a través de la pantalla de su portátil.
-Buenos días!- dijo la Secretaria para colaborar con su colega de gestión.
Fueron apareciendo todos los docentes en sus pantallas. Algunas con imágenes de personas arregladas para tal acontecimiento y otras como seres abandonados al encierro, la desprolijidad y la falta de respeto. Sin afeitarse algunos y otros con indumentaria poco acorde o con poca indumentaria.
La reunión se desarrolló en un clima de tensión pues las redes decidieron desaparecer de cuando en cuando para algarabía de los pocos agraciados con los dones del trabajo, aunque la mayoría protestó porque no entendía, el audio era muy bajo, la de Sociales hablaba sin parar explicando sus clases magistrales e impedía que otros pudieran dialogar, las pantallas se apagaban o las cámaras mostraban lugares insólitos de los hogares de los docentes, provocando la risa de muchos que optaban por apagar sus cámaras para reírse para sus adentros. La reunión- meeting duraría 40 minutos.
Directivas, sugerencias, aportes, datos de últimos momentos, recomendaciones especiales y escucha atenta de muchos que no quisieron más que dar el presente con sus caras redondeadas producto de las harinas y cantidades indescriptibles de horas frente a las pantallas, permitió que la reunión estuviera llegando a su fin. Faltando cinco minutos…
-Hola, holaaaa. ¿Hay alguien ahí?- asomó la cara Marisol. Estaba arreglada como para una cena de gala y como fondo de pantalla había elegido su cocina.
-Hola Marisol-dijo la Directora-, se incorporó un poco tarde ya estamos por cerrar la reunión. ¿No pudo comunicarse antes?- con tono amigable pero marcando con fuerte entonación la palabra “antes”.
Mientras tanto en su cocina los gatos deambulaban por la mesa con restos del desayuno y un hombre en elegante bóxer negro tomaba el café mirando el jardín desde la ventana.
-Marisol, tendría que girar la cámara- dijo la Directora
-¿Así?- le preguntó, mientras giraba su máquina alrededor de la mesa mostrando la otra parte de su casa. Al fondo estaba la puerta del baño y un joven saliendo de la ducha.
-¡Marisol!, por favor controle la cámara porque está mostrando familiares en paños menores- apuró el comentario la Directora
El resto de sus compañeros acercaban sus caras a la cámara para no perderse detalles sobre todo porque, ella, siempre sostuvo que era soltera y vivía con su anciana madre.
-Marisol. Bueno mire, no puedo seguir la reunión y además era a las ocho y ya se nos termina el tiempo- comentó apurada la Directora mientras observaba espantada la imagen de los otros docentes extremadamente sonrientes.
-¡PERDÓN!!! Es que me dijeron que tenía que conectarme de esta manera y no sabía qué hacer, entonces le pedí ayuda al vecino del 5to “C” y él me dio una mano y también llamó a su sobrino que vive en el 2do “D” y entre los dos me ayudaron toda la noche para que yo entendiera en pocas horas como era esto de las aplicaciones y las plataformas y, le digo más, ahora ya sé subir cosas a la nube. Ellos me hicieron entender todo y me tuvieron en las nubes toda la noche, ay Estela cuánto le agradezco esto. No sabe lo feliz que me ha hecho conocer esto a punto de jubilarme y en plena cuarentena. Pero le pido que no se enteren mis compañeros. Me da mucha vergüenza!
-¡¡ Marisol!!- gritó la Directora mientras se veía cómo salían de la llamada todos sus compañeros, no sin antes dar muestras de profundo asombro por la declaración de, a partir de ahora “La Marisol conoció las nubes”.
12
Con la gallega descompuesta
Es muy común encontrar en las escuelas a personas peligrosas que suelen alterar el normal desenvolvimiento de la Institución.
Desde la docente que nunca llega a horario hasta la que, en el apuro por correr de una escuela a otra, lleva consigo los cuadernos de tema, registros de inasistencias o llaves de los salones de clases. El apuro, la necesidad económica ha permitido que tanto docentes como directivos tengan que deambular cual profesionales enloquecidos, de un edificio a otro para dar una clase.
Pero este es el caso de María Margarita Garmendia . Una docente de Historia de la guardia vieja. Estricta, solemne, de aplazo fácil, de mirada y porte de soltera sin ninguna noche buena en su haber. Todas la conocían como “La Garmendia” Era el naipe en la manga del directivo de turno, a la hora de pavonearse con el ítem “calidad pedagógica institucional”. Con los años, toda la escuela se había acostumbrado a sus modos y desplantes, entendiendo a los mismos como productos de su rígida educación y formación académica. Pero tenía un problema: era distraída.
Trabajaba mucho, tenía todos los cursos de Ciclo básico y se trasladaba de una escuela a otra en un pequeño Fiat 600 rojo, con tapizado negro y todos los detalles cromados originales. Era notorio cómo, junto al portero, todos los mediodías debían adivinar dónde había estacionado el Fitito, hacer llamar a la policía denunciando el robo del auto o culpar a los alumnos del último año sobre el hurto que en realidad no existía pues el problema era que no sabía dónde lo estacionaba, en otras oportunidades debían llamarla por teléfono para preguntarle si se había llevado el libro de temas o si podía devolver la llave de biblioteca.
Quedó registrado en la historia de la Sala de Profesores, el día que, sentada plácidamente en uno de los sillones de cuero, cuestionó por qué algunos docentes venían a terminar sus clases en la escuela, ocupando lugar a los que tenían un miserable tiempo de recreo. La escuela se había transformado en una colmena con pequeños sabios y genios del saber metodológico que la desesperaban y provocaban grandes desavenencias a la hora de las jornadas de capacitación. Sentía su escuela muy lejana.
Luego de un buen rato de silencio reflexivo, consultó qué día era. Todos la observaron un poco aturdida. En realidad había contado la cantidad de docentes que había en la sala durante ese recreo, relacionó la cantidad de salones y el día y llegó a la conclusión que alguien sobraba.
Entró la Preceptora apurada y con los ojos desorbitados le comunicaba que la llamaban urgente del Colegio Nacional. Allí entonces se dio cuenta que la única fuera de lugar era ella.
Todos disfrutaban verla cruzar la plazoleta, al mejor estilo competencia de caminata ligera, desparramando hojas que caían de su portafolio y gesticulando sola, tal vez discutió con el viento y decidiendo, corazón adentro, que todo esto ya estaba bueno.
13
No hay enemigo pequeño
I
Clavó el filo del acero en la carne. Tenía esa necesidad imperiosa de saciar un hambre de dos semanas.
Salió de la sala de operaciones feliz.
Ese Profesor de matemática no molestará más a su hijo.
II
Habían estado conversando toda la mañana sobre el asunto. El mate se estaba poniendo nervioso en el vaivén de manos.
El tintineo de la campanilla de la puerta dio entrada a la próxima clienta. Ella la conoció desde que se sacó los anteojos oscuros.
-Yo la atiendo a la señora- dijo la dueña, desplazando de esa manera a la nueva empleada.
Y allí fue la Profesora de Historia a la camilla para depilarse sus intimidades, junto a la mamá del alumno aplazado en febrero.
III
El joven Ciampettrini entró a la mesa de Economía con los nervios propios de las circunstancias.
Frente al tribunal examinador estaba el docente ansioso de hacerle conocer los beneficios de haber aprendido, del Sargento Ciampettrini, el dolor de las miles de lagartijas en invierno.
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